FICHA TÉCNICA



Título obra Los arrieros con sus burros por la hermosa capital

Autoría Willebaldo López

Dirección Miguel Córcega

Elenco Dolores Solana, Ricardo Deloera, Enrique Muñoz, Eva Calvo, Martín López, Ángela Villanueva, Roberto Alexander, Luciano Hernández de la Vega, César Augusto Carrasco

Espacios teatrales Teatro Legaria

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los arrieros con sus burros por la hermosa capital de Willebaldo López]”, en Siempre!, 23 junio 1976.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   23 de junio de 1976

Columna Teatro

Los arrieros con sus burros por la hermosa capital de Willebaldo López

Rafael Solana

Se acostumbraba a principios del siglo pasado, reservar una silla en la orquesta, en medio de los cellos, al autor de las óperas que se estrenaban, a menos que el autor mismo dirigiese; allí se sentó Rossini la noche del estreno de El barbero de Sevilla, sudando mil sudores; no pudo dominar sus nervios y huyó, pensando que la obra sería un fracaso; un gato había atravesado el escenario en el primer acto, y eso había provocado desorden, y risas donde no las esperaba el autor. Lo que ocurrió lo sabemos todos; la ópera resultó un triunfo colosal, que todavía dura; la gente, al no encontrar a Rossini en el teatro, lo fue a buscar a su hotel, y desde la calle le tributó vivas y ovaciones que el compositor, que ya se había acostado, tuvo que salir a agradecer al balcón.

Nos hemos acordado de esta vieja costumbre porque nos habría gustado ver al regente de esta ciudad, al licenciado Octavio Sentíez entre los asistentes a algunos de los estrenos de la quinta temporada de teatro popular mexicano que él patrocina; nos habría gustado que escuchase los aplausos, las risas, que observase el interés apasionado del público, su delicia; y que participe, porque lo merece, de las ovaciones, así de la de la noche del triunfal estreno de, como de Un pequeño día de ira, como de la de El hombre que hacía llover , o la de la primera representación en el teatro Legaria de Los arrieros con sus burros por la hermosa capital; a esa función ni siquiera asistió el autor, Willebaldo López, que sin duda El hombre que hacía llover a esa hora estaría ensayando en el Granero otra obra suya; pero le habrán llevado la noticia: fue un éxito arrollador.

Qué gusto ver un teatro así, y cuántas bendiciones elevamos para quienes lo hacen, autores, directores, intérpretes, y ese patrocinador, que no aparece para recoger las palmas que le tocan, que tal vez ni siquiera ha visto ni verá estas obras, pero que está haciendo una obra fecunda, generosa y magnífica con su amplio mecenazgo.

La obra Los arrieros...(1) ya la conocíamos, del Comonfort, hoy Celestino; nos gustó mucho cuando la vimos por primera vez; pero ahora, ahora nos ha parecido estupenda, con una dirección magnífica y un grupo de intérpretes formidables. Escribió Willebaldo una farsa bastante pesada, en el sentido de dura, de fuertemente crítica, no el de fatigosa o falta de gracia. No se detuvo ni ante el derramamiento de sangre (hay muertitos, como en una tragedia), y cargó férreamente la mano en sus sátiras, que por momentos son feroces. Tiene la singularidad la obra de que no embota la sensibilidad de los espectadores con la insistencia de su comicidad, como ocurre con la mayor parte de las obras del mismo género. Van a más la crítica y la hilaridad. Pero no es el de hacer reír el único propósito del joven autor michoacano; quiere que sus pedradas nos duelan; no dispara cascarones con agua florida, sino hirientes guijarros; su obra es una premonición de la Ley de Asentamientos Humanos y un eco de Menosprecio de Corte sin ser Alabanza de Aldea; no pinta los horrores de la vida urbana y las delicias de la bucólica, como en A cidade e as serras, sino su caricatura es sombría también para el ratón del campo como para el ratón de la ciudad. Tenemos la impresión de que la ha puesto un poco a la moda inyectándole una docena o poco más palabras gordas, que antes no tenía.

Llena de buen humor la dirección de Miguel Córcega, sobre todo al utilizar a los actores como escenografía; no necesita de más decorado que ellos mismos; con ellos hace ventanas, muebles, setos, rejas, cactus, magueyes, nopales, perros, chivos, un aparato de televisión y hasta una fuente (un “pismaneten”) y una fogata. Con qué alegría, con qué alma juvenil le ayudan sus artistas en este simpático juego.

Y en la interpretación de los personajes, qué admirables están todos, los veteranos y los bisoños, los que se inician y los que ya gastaron muchos pares de zapatos en las tablas, lucen más, claro, los que asumen los papeles más destacados; soberbia está, en un tipo de trabajo que nunca había hecho, la guapa y multi premiada Dolores Solana; formidable, despertando en el público eco con cada bocadillo, Ricardo Deloera, que se hace el héroe de la fiesta; nos entristece ver que por tantos años se haya desaprovechado a Enrique Muñoz, que tiene con qué estar más alto que muchos que se le han adelantado; eficaz en todos sus papeles la experimentada Eva Calvo; prometedores Martín López, Ángela Villanueva, Roberto Alexander, todos; y como nunca, increíble, para quienes ya lo han visto mucho, pero nunca así de bien, el balaceado Luciano Hernández de la Vega; hasta un niño, César Augusto Carrasco, acierta en todo. Se rompe las manos la gente aplaudiendo, y ríe de todo corazón, y disfruta del admirable espectáculo auténticamente popular, y teatral, y mexicano.

Sean bendecidos quienes hacen posible esta cruzada de la mexicanidad y de la cultura, que está dando tan sápidos frutos.


Notas

1. Se había estrenado el 18 de julio de 1967 en el teatro Jiménez Rueda en la temporada de primeros premios del Festival de la primavera. Currículum de Willebaldo López. CITRU-INBA.