FICHA TÉCNICA



Título obra Un pequeño día de ira

Autoría Emilio Carballido

Dirección Felio Eliel

Elenco Pilar Souza, César Castro, Alejandro López Hill, Felio Eliel

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Un pequeño día de ira de Emilio Carballido, dirige Felio Eliel]”, en Siempre!, 9 junio 1976.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   9 de junio de 1976

Columna Teatro

Un pequeño día de ira de Emilio Carballido, dirige Felio Eliel

Rafael Solana

Veinticinco años de autor cumplió Emilio Carballido el año pasado (Sergio Magaña los cumple este año, a menos que estemos confundiendo las fechas) y los festejó con el estreno de Las cartas de Mozart, obra excelente, a la que pusimos sólo algún leve reparo, pero a la que la mayoría de los críticos de varias uniones hizo “fuchi”, al preferir otra para el premio anual de la prensa especializada. No podemos imaginar qué pretexto podrá poner nadie para no premiar este año Un pequeño día de ira, a menos que de aquí a diciembre se estrene algo así como Hamlet, o que Vine, vi y mejor me fui, de Willebaldo, que está próxima a subir a escena, resulte una cosa como Peer Gynt o como El burgués gentilhombre.

Conocíamos la obra de lectura, pues la escribió Emilio hace años(1); pero nadie se había atrevido a ponerla, tal vez por la gran pluralidad de sus personajes. Resulta un poco fuera de moda, un poco como del tiempo en que hacía furor Brecht (pero aquí apenas ahora se está estrenando La resistible ascensión de Arturo Ui, que en París vimos a la compañía de Jean Vilar hace más de una docena de años, y Santa Juana de los mataderos es apenas cosa de hace no muchos meses). En esta obra, como en otras suyas, Carballido que es nuestro Pirandello, hace uso de sus facultades de comediógrafo y de las que también tiene, no menores, de novelista: ya Benito Pérez Galdós, y después de él Valle-Inclán, pisaban ese terreno de la novela realizada y el teatro novelesco, que mezclaban dos géneros hasta no saberse dónde estaban sus límites; un narrador, que se dirige al público, como si hiciera acotaciones o explicaciones, y una multitud, en la que se da vida a todo un pueblo, dan su carácter extrateatral a esto que de todos modos es teatro; en tal mescolanza, no fácil de lograr, Carballido, se muestra consumado maestro, en nada inferior a Frisch o a Dürrenmatt, que también la han intentado con éxito.

Aquí tenemos, y no necesitamos confesarlo, pues quien quiera que nos lea ya lo habrá notado, religiosa veneración por el maestro Usigli, y una admiración que va teñida de gran afecto a Luis Basurto, a Wilberto Cantón, a Fritz Inclán, tan excelentes dramaturgos como queridos amigos; sin embargo, hemos de proclamar, y ya lo hemos hecho antes, que tenemos por el mejor de nuestros comediógrafos vivientes a nuestro paisano Carballido, y que, de sus dos fases principales, preferimos la del sainetero, pues dentro de un género que no es chico sino de nombre ha conseguido varias obras maestras, llenas de teatralidad, de belleza, de humanidad y aun de poesía. A Un pequeño día de ira el director Felio Eliel le ha dado una vida que le permite ponerse en parangón con otras bellísimas obras del mismo autor, como Un vals sin fin, Yo también hablo de la rosa, la deliciosa Te juro Juana... y tantas otras cuyos nombres están en la memoria de todos los aficionados al teatro mexicano, grabados con letras de oro, como los de los héroes en la Cámara de Diputados. Puesta por Eliel no suena la pieza a demagogia, ni parece agorera, ni profética; es una estampa de la vida, un fait-divers presentado con honestidad, con imparcialidad, y del que cada espectador puede sacar las enseñanzas que quiera. Mucho daño se le habría hecho a la pieza si se la hubiera querido convertir en política, en polémica (como alguna hemos visto que se ha hecho con). Así como está, no es de izquierda, ni de derecha, sino es humana, y con ello universal, de todos los lugares y de todos los tiempos, y todos tienen en ella razón, su razón; que es, decía Alfonso Reyes, en lo que consiste la grandeza de la tragedia griega.

Pero si continuásemos encomiando las bellezas de la obra (cuyo ambiente nos recuerda el de otra bella novela comedia: La plaza de Puerto Santo; de Luisa Josefina Hernández) no nos quedaría espacio para elogiar al director, Felio Eliel (también actor), ni a Pilar Souza, cuya actuación es perfecta, ni al brillante César Castro, ni al niño Alejandro López Hill, ni a algunos otros (no todos) de los 28 intérpretes. El alcalde de Zalamea? ¿Fuenteovejuna? ¿La vida es sueño Nos queda aconsejar a nuestros lectores que vean esta delicia, este ejemplo de comedia, que comienza, como Debiera haber Obispas del director alemán Hans Anselm Perten, con música típica, y que termina Silencio, pollos pelones... con una advertencia. Hay que oír las dos cosas, pues cada una de ellas tiene su significación y su importancia.


Notas

1. La obra fue premiada y editada en 1967 por la Casa de las Américas. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.