FICHA TÉCNICA



Título obra Un proyecto para vivir

Autoría Noel Coward

Notas de autoría Emilio Carballido / tradicción

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Fanny Cano, Miguel Suárez, Ada Carrasco, Carlos Bracho, Guillermo Murray, Morris Gilber, Myrna Noble, Vicky Tanus

Escenografía David Antón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Un proyecto para vivir de Noel Coward, dirige José Luis Ibáñez]”, en Siempre!, 18 febrero 1976.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   18 de febrero de 1976

Columna Teatro

Un proyecto para vivir de Noel Coward, dirige José Luis Ibáñez

Rafael Solana

Hasta ahora gozamos del privilegio de no haber tenido que reseñar en lo que va del año sino obras teatrales excelentes y de magnífica realización. Estamos ya un poco como aquel amante al que su dama escondió a la llegada inoportuna del marido en el clóset de los perfumes, y que al día siguiente, cuando el marido se marchó, salió pidiendo por favor que le facilitaran para llevárselo a la nariz algo maloliente. Ya nos da algo de temor aburrir a nuestros lectores con solamente elogios para lo que llevamos visto; pero esa situación no ha de prolongarse mucho, pues en esta misma semana hemos visto una pieza digna de los mayores elogios y otra que se prestará al ser comentada para romper la monotonía de los encomios.

Echaremos por delante, como hacen algunos toreros, el toro bueno, y dejaremos para el final el otro. La obra magnífica y de brillantes actuaciones a la que primero vamos a referirnos es Un proyecto para vivir(1), del acreditado autor-actor Noel Coward, digno sucesor de Wilde, de Maughan, contemporáneo de Rattigan, en fin, uno de los mejores escritores de teatro (y de cine) de su época... que ahora nos damos cuenta de que ya no es la nuestra. Coward era un autor moderno cuando lo eran los franceses Deval y Giraudoux, los italianos Bontempelli y Betti, los españoles López Rubio y Jacinto Grau, sobre poco más o menos; han pasado los años y ahora aquel autor moderno sigue pareciéndonos excelente, pero no podemos ocultar que ya resulta algo anticuado. Sus obras, y tiene muchísimas, son de las que los cómicos llaman “de guante blanco”, en las que los personajes aparecen vestidos de frac, y ellas de soirée; así eran las de Oscar Wilde, y en España muchas de las de Benavente; ahora los terrenos han cambiado y ya no se visten así los actores, ni las comedias ocurren en salas bien puestas, sino en cárceles, muladares, en tabernas, o debajo de los puentes y el vocabulario ya no es elegante o ingenioso, sino deliberadamente vulgar, tabernario, carcelario o prostibulario. Tal vez decepciona a algunos espectadores, que gozaron con La pulquería o con Cárcel de mujeres el que en esta comedia nadie mencione irreverentemente a la madre de nadie, ni se llamen unos a otros los personajes con calificativos que vayan más allá de “idiota”, ni siquiera se desnude nadie, y si bien se plantean problemas no muy inocentes de un menage a trois y de un matrimonio blanco, por razones que no quedan demasiado obviamente subrayadas, el picante no va más allá de lo que un paladar de buen gusto podía tolerar en 1933. Hoy si caca le dan al público, caca come.

A nosotros nos ha parecido muy graciosa, bastante fina, muy bellamente dialogada (la excelente traducción es de Emilio Carballido) esta comedia, aunque tiene algunas concesiones para lo que habría podido llamarse el público grueso de antes de la Segunda Guerra: hombres en pijama y escenas de borracheras que para su época pudieron ser vulgares, pero que después de todo lo que se ha visto posteriormente, resultan un encaje de Bruselas. Una sola cosa nos dejó descontentos, y fue el final. No encontró el experimentado autor un remate digno de su amable comedia. Tal vez eso también tiene su parte en que haya quienes abandonen la sala incompletamente satisfechos.

Se anuncia como el mayor atractivo de Un proyecto para vivir la presentación teatral de Fanny Cano, que hace 10 o 12 años fue una sensación juvenil en el cine. El paso de tiempo la ha perfeccionado como actriz sin dañar en nada sus encantos naturales, algunos de los cuales, los que en mayor proporción contribuyeron para hacerla famosa, muestra ella generosamente con dos o tres de sus bien escogidos trajes, que además de hacerla lucir muchísimo, encajan en la época Virginia Manzano tanto como la magnífica escenografía de David Antón, que esta vez nos parece que, volviendo a su costumbre, ha acertado plenamente en su trabajo.

Fanny es muy linda, eso lo saben todos y como actriz cumple a satisfacción si bien juzgamos que se mostró demasiado valiente al escoger para su debut un personaje difícil, como el de la Gilda de esa comedia. Es más fácil hacer llorar o reír, como puede hacerlo Virginia Manzano o Vitola, Silvia Derbez o Amparito Arozamena, que simplemente hacer sonreír, como a veces lo ha logrado en comedias de este tipo Bárbara Gil. A la señorita Cano le encontramos encantadora, pero sin la magia, sin el prestigio, sin la arrebatadora personalidad que su personaje requiere; debemos tener en cuenta que se trata de un debut, y mucho podemos esperar todavía de esta actriz para el futuro, con tal que no sea un futuro muy remoto, sino que se produzca antes de que comiencen a debilitarse sus actuales e irresistibles encantos.

No podemos darnos cuenta de cuál de los tres papeles masculinos más importantes fue el que Noel Coward escribió para sí mismo, ya que se acostumbraba, como Alfonso Paso, como Sacha Guitry, como Luis G. Basurto, como el Güero Castro (y también como Shakespeare y como Molière) interpretar sus propias obras; nos inclinamos a pensar que pudo escoger el de Ernesto, pues los otros dos son francamente de galanes y él no lo era. En ese papel, que es de gran importancia, brilla mucho, como siempre, Miguel Suárez, inolvidable en Mi bella dama y magnífico en tantas obras más; quizá se queda un poco corto en la insinuación de los motivos por los que su matrimonio con Gilda no llegó a consumarse; pero en todo caso es preferible en esto pecar de menos, como él lo hace, que de más, como casi todos los otros actores que asumen esas partes (con excepción de Benedico y un tanto la de Carlos Cámara) en una obra que actualmente está en el cartel). Para este actor no hemos tenido nunca, ni tendremos ahora, otra cosa que los elogios más sinceros así como para su talento y su buen gusto para su modestia que le hace siempre aceptar papeles que no lo ponen en las marquesinas, a la cabeza de los repartos. Mencionemos de una vez a Ada Carrasco, que tiene sólo un par de escenas, pero las hace deliciosamente; esta vez toca la cuerda cómica, y lo sabe hacer con medida y con gracia. Es la suya una de las actuaciones más irreprochables de la hermosa comedia.

Hay un duelo de galanes en papeles muy equilibrados y de los que no podría decirse que uno es mejor que el otro. Ponen para interpretarlos todo lo que tiene el joven y dinámico Carlos Bracho, el moreno, el latino, el apasionado y el más joven, y el experimentado, maduro, rubio, sajón y corrido Guillermo Murray; al principio hay otra diferencia más entre los dos: que uno es rico y tiene éxito y el otro es pobre y no lo tiene; pero a medida que adelanta la comedia como sucede en alguna reciente novela de Luis Spota, todos van triunfando y convirtiéndose, si no el curita en arzobispo, el sargento en general, el tendero en banquero, sí el escritor en bestseller, el mercachifle en marchant d´art, y el pintorcillo en celebridad por lo menos del tamaño de Un pequeño día de ira Matisse, a quien se menciona. Lo que comenzó en una buhardilla de bohemios en París y siguió en un decente apartamento de Londres termina en el piso 30 de una torre de lujo de Nueva York; este optimismo contribuía mucho hace 40 años a que los espectadores salieran muy contentos del teatro, esperanzados en que podría tal vez ocurrirles algo parecido; hoy salen horrorizados y dando gracias a Dios de que lo que ven en la escena no sucede en sus familias.

Bracho y Murray compiten en levedad y gracejo, en buen humor y en simpatía; dicen algunos que lleva las de ganar el más joven y guapo; pero no han de faltar señoras que le encuentren mayores encantos al que ha visto más mundo.

El reparto se completa con Morris Gilbert, que da su nota cómica en el tono preciso, Myrna Noble, quien tiene pocas líneas pero luce una hermosa espalda y Vicky Tanus, que tiene un tipo tan poco norteamericano que pensábamos que en vez de señora Torrence se llamaba señora Torres. Todos ellos bajo la dirección ágil, alegre y fina de José Luis Ibáñez; tal vez no habrá muchos entre nuestros directores que hubieran podido encontrar el matiz exacto de esta envejecida pero muy amable comedia.


Notas

1. La obra se estrenó el 15 de enero. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.