FICHA TÉCNICA



Título obra Bodas de sangre

Autoría Federico García Lorca

Dirección Xavier Rojas

Elenco Hortensia Santoveña, María Montejo, Aurora Molina, José Baviera, Alicia Palacios, Jorge Pondal, Gonzalo Vega, Raquel Olmedo, Carmen Montejo

Escenografía David Antón

Vestuario David Antón

Espacios teatrales Palacio de Bellas Artes

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Bodas de sangre de Federico García Lorca, dirige Xavier Rojas]”, en Siempre!, 4 febrero 1976.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   4 de febrero de 1976

Columna Teatro

Bodas de sangre de Federico García Lorca, dirige Xavier Rojas

Rafael Solana

Tenemos presente en nuestra memoria el estreno en el Palacio de Bellas Artes de Bodas de sangre como si ese hecho hubiera ocurrido la semana pasada. Sucedió hace más de 40 años. La poesía dramática de García Lorca era para nosotros un deslumbramiento. Acabábamos de conocerla, en Yerma, la obra con la que debutó la compañía de Margarita Xirgu; para entonces ya (los estudiantes) sabíamos de memoria el Romancero gitano y el Poema del canto jondo; ya comenzábamos a sospechar lo que hemos confirmado más tarde: que Federico es el poeta más grande que ha tenido España desde los siglos de oro.

Varias veces después hemos visto representar Bodas de sangre(1); pero ninguna como ahora. Hasta podríamos decir que la presentación actual de esa obra magnífica iguala en varios aspectos, y hasta tal vez supere en alguno, a la primera que conocimos, a la que conoció y aprobó el propio poeta, creador de tan hermosa pieza.

Lo que menos nos ha gustado, y lo echamos por delante, para dejar mejor sabor de boca poniendo lo bueno al final, ha sido la escenografía, que es de un artista muy talentoso y de exquisito gusto, a quien infinidad de veces hemos aplaudido y estamos seguros de que otras muchas más volveremos a hacerlo. Esta vez David Antón, quizá por miedo a la obviedad, y con el prurito de hacer algo original y nunca visto (pero nada hay más visto ni menos original que este prurito) se ha apartado de las indicaciones y del espíritu del libro y ha creado un monstruoso sueño infantil, una casa de dulce, como la de Hansel y Gretel. No hemos llegado a penetrar en el secreto de la significación de esos páneles de palanqueta, en cuya receta parecen entrar miel de abejas y mantequilla (póngase a fuego lento, en baño de María, y muévase con cuchara de palo hasta que alcance punto de almíbar). El acto mejor logrado es el del bosque, insinuado con chorros de luz, y con una luna trágica, roja como un inmenso comal de cobre; pero en las casas, sobre todo en la calle de la novia, donde hay una puerta a la que tocan, y un patio al que sale la novia a que la peinen, sentada en una sillita que tiene sabor andaluz, una sillita de esparto, de ese esparto que antes no daba el secano y que ahora da, sillita que se ahorró el escenógrafo, como todo otro mueble, en las casas sí se necesitaba un poquito de color local, y allí del talento del artista, para dar ese toque sin caer en la estampita, en el cromo, en la cursilería; Manolo Fontanals, que hizo la escenografía original de la pieza, no fue vulgar ni realista al hacer esas cosas, de blancas paredes, que indican la desolación de esa especie de estepa que es la baja cuenca del Guadalquivir; cuando lo acusaron de falta de verismo, pues la realista era todavía la escuela de moda en España, contestó: “¿y para qué voy a darles hachas de verdad a los leñadores, si los árboles que van a derribar son de papel?”. Antón exageró un poco, y a esos leñadores los dejó en cueros.

En la escenografía debieran quedar marcadas las distancias, para cuando se acercan los coros que despiertan a la novia la mañana de la boda. No tiene sentido esa aproximación si la novia, como doña Blanca, está cubierta de pilares, pero no de oro ni de plata, sino de turrón, Turris turronis davídica. Tendría tiempo David de volver a leer el libro, y de hacer, para el viaje a Centroamérica, otros decorados más acordes con lo que pide Federico, que sabía lo que pedía. Ya le guardará algún rencor en ultratumba el poeta al escenógrafo si hasta allá han llegado noticias de la casa de encaje en que vivía Mariana Pineda.

En cuanto al vestuario de un solo color, tampoco es mucha novedad; aquí hablamos hace más de 20 años de Suzanne Lalique, la escenógrafa francesa que vestía a todos de blanco (la única nota de color era una manzana roja en el segundo acto), otro de leonado; en Londres vimos un Macbeth con todos los actores vestidos de diferentes tonos de verde, y en Schewrin un Romeo y Julieta en que los Montescos eran azules y los Capuletos amarillos. Aquí vimos hace años al Fábregas Hanns Anselm Perten, el mejor director de la República Democrática Alemana, y vistió de morado, en distintos matices, a todos los actores de Debiera haber obispas. David Antón ha vestido a todos de negro, con lo que las mujeres parecen portuguesas, o griegas, y no andaluzas. Rompen la monotonía las botas del novio, pues el texto exige que no sean negras; pudieron ser amarillas, pero David prefirió el lorquiano “color Corinto” de los zapatos de Antoñito el Camborio. A nuestro juicio, el personaje que debió singularizarse, el que es distinto, de otra familia, es Leonardo, el único que tiene nombre; y el leonado en la pana del traje y en las botas camperas le habría venido muy bien, los habría separado de lo demás, que es algo que sí pudo suponerse que estuvo en la intención del poeta.

La dirección de la obra en su estreno pensamos que fue de don Cipriano Rivas Cheriff, o Xeriff, como en los últimos tiempos le dio por ponerse, persona a quien apreciamos y quisimos tanto. Era, vista desde ahora, un tanto pintoresquista, un tanto folclórica pero con eso en nada contradecía el espíritu de la pieza, y no dudamos que fuera del completo agrado de García Lorca. Al entonarla, dejó el director que se separara mucho la prosa y los versos, como subrayando los cambios, a lo que el público no estaba acostumbrado (o prosa, como en Benavente, o verso como en Fernández Ardavin). Ha pasado medio siglo, y hoy puede un director, sobre todo si es excelente, tener una sensibilidad más fina, y mezclar prosa y verso con menor brusquedad. Xavier Rojas, que vuelve triunfalmente por sus fueros después de un pasajero descalabro, supera, a nuestro juicio (pero pongamos cada cosa en su época) la dirección, que era magnífica, de don Cipriano.

¿Habrá que atribuir alguna parte de la dirección, la que llevaría el vago nombre de “plástica escénica” a Ana Mérida? Es posible; de la misma manera que alguna responsabilidad en lo que respecta a vestuario, además de la hechura, debe corresponder a Tao Izzo; algo más que aparecer, vestida de blanco, en bellas actitudes, simbolizando a la luna, mientras otro habla por ella, habrá hecho la señora Mérida para tomar la parte central del escenario, a la hora de los aplausos. Hay también un crédito, por música, para Elisa Velázquez, que utilizó, en escena y fuera de ella, canciones compuestas por el premio [sic] García Lorca, Los peregrinitos y El café de chinitas, esta última tocada al piano por su autor.

Pero lo más notable de Bodas de sangre, después de la obra misma, por supuesto, que se ve más joven, más perfecta y más brillante que nunca, es la interpretación, que casi punto por punto podemos comparar con la primera, aunque no recordemos los nombres de algunas de las actrices que la estrenaron. Quienes quiera que hayan sido las que hicieron los papeles de vecinas y de esposas y suegra, no pueden haber estado mejor que Hortensia Santoveña, María Montejo y, sobre todo, Aurora Molina, que hace de ese papel pequeño una creación y que da cátedra de sensibilidad poética y de arte escénico en la escena de la nana. Merecían una ovación ella y María por ese dúo, en que están verdaderamente resplandecientes.

En el papel del padre estaba don Alejandro Maximino, un gran actor, que tenía mayor oportunidad de lucirse en Doña Rosita la soltera; ahora lo hace, con sobriedad, don José Baviera. El papel de la criada, ese personaje que tiene máxima importancia en las obras lorquianas lo dibujaba, con arte extraordinario, doña Amalia Sánchez Ariño, aquella gran dama del teatro que posteriormente se incorporó al cine argentino. Con matices muy diferentes, pero también con maestría, lo hace ahora Alicia Palacios. Si por su actuación en La marquesa de Sade ha ganado un premio, ahora habría que darle uno doble, como cuando a los toreros les dan dos orejas en vez de una. Formidable de voz y de gesto está la señora Palacios, que entra en el cuadro de las más grandes interpretaciones en esta obra memorable y que parece destinada a ganar muchos premios este año.

Muy bien están, o, digamos, para no exagerar, bien, los dos galanes de la obra, Jorge Pondal(a quien no conocíamos) y Gonzalo Vega; pero no igualan a los primeros que hicieron esos papeles, Enrique Álvarez Diosdado y Pedro López Lagar.

En el papel de la novia nos hizo hondísima impresión Amelia de la Torre, hoy doña Amelia, primera actriz en Madrid. La recordamos por su voz cálida, de gran profundidad, intensa y expresiva. Pues bien, puestas en la balanza Amelia y Raquel Olmedo, que ahora hace el papel, no sabríamos a qué carta quedarnos. En todo caso, quedarían los platillos en equilibrio, si no supera la cubana a la española en el dramatismo y la energía de sus escenas fuertes. Tiene la Olmedo un triunfo enorme, muy superior a los que tuvo modestos, en Mujeres, o en Violinista en el tejado.

La obra está hecha expresamente para el gran lucimiento de una actriz dramática, y la Xirgu, a quien el autor la dio, era una de la mayor eminencia. Nunca olvidaremos su escena final, la del cuchillo, que era escalofriante y conmovedora. Pues bien, ahora, después de ver en el papel de la madre a Carmen Montejo, se nos despinta un poco doña Margarita; ahora nos parece que ella cantaba un poco por demás sus textos, que perdía naturalidad con su enunciación cantarina y falsa, levantada y algo hueca; eso nos parece ahora porque hemos oído a Carmen decir esos mismos versos y esa misma prosa, vibrar y hacernos vibrar con ese personaje, entretenerse y entretenernos. La carrera de la Montejo toda hecha en México, está cuajada de grandes éxitos, de triunfos clamorosos, en obras desde griegas hasta contemporáneas; pero nunca, creemos, había alcanzado las cimas que en esta ocasión pisa. ¡Qué lástima que ya no se usan las palabras excelsitud y sublimidad, porque ahora sí que habría venido al caso usarlas!

La Xirgu fue una actriz muy grande. La recordamos con admiración y con respeto; pero como saben muy bien los olímpicos... siempre acaba por llegar alguien que salta un centímetro más alto, o corre los 100 metros en una décima de segundo menos.


Notas

1. La que aquí se reseña se estrenó el 16 de febrero en el Palacio de Bellas Artes. Xavier Rojas medio siglo en la escena., p. 158