FICHA TÉCNICA



Título obra Una reverenda madre

Autoría Antonio González Caballero

Dirección Maricela Lara

Elenco Consuelo Frank, Gloria Morel, María Belzares, Aurora Alonso, Marichú Labra, Pedro Damián, María Montejo

Escenografía Leoncio Nápoles

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Una reverenda madre de Antonio González Caballero]”, en Siempre!, 27 agosto 1975.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   27 de agosto de 1975

Columna Teatro

Una reverenda madre de Antonio González Caballero

Rafael Solana

Con un tema particularmente dramático, trágico, crispante, que horrorizó al país desde las primeras planas de nuestros diarios, hace años, y hasta alcanzó a ser mencionado en los de Europa, como sólo ocurre con las cosas negativas sucedidas en México, el sainetógrafo, Antonio González Caballero ha escrito una farsa de formidable fuerza humorística y de no escaso efecto melodramático; este escritor guanajuatense, a quien ponemos, como sainetero, en segundo lugar en nuestro parnaso, inmediatamente después de, ha acertado, en materia de comicidad, con sus Señoritas a disgusto, con Una pura y dos con sal, con El medio pelo (si bien falló en Los jóvenes asoleados y en alguna otra pieza), y como melodramaturgo nos parece que dio en el clavo con Nilo, mi hijo, aunque esa obra, no por ser ella floja, sino porque está algo pasado de moda el género, no tuvo el mismo éxito Emilio Carballido que otras suyas. Ahora ha recargado la comicidad hasta salirse no digamos de la comedia, sino del sainete también, para ir a dar (no tenemos por qué decir caer, que sugiere descenso) en la farsa, que en manos de Molière o de Valle Inclán ha producido obras maestras. La joven e inteligente directora Maricela Lara nada como pez en este género, y le saca todos sus brillos; pero no consiste solamente en eso la obra de don Antonio, quien, como han hecho algunos autores argentinos, gusta de volver la tortilla y de pronto introducir escenas intensamente dramáticas, situaciones en que es sumamente difícil meter al público, para conseguir de pronto su silencio y su emoción, en medio de cuadros de bullicio y de jácara, de regocijo y de chufla.

Dudaba el autor entre poner a su farsa el nombre, algo vulgar, de Una reverenda madre o el más discreto, pero mucho menos expresivo, de El convento de las Palmitas; los tiempos le aconsejaron dejar el primero, que ya no suena mal, y hasta nos parece, de cuando leímos esta pieza, que le han sido agregadas muchas palabras fuertes que hace poco tiempo no se usaban, y que las actrices no se habrían atrevido a pronunciar.

La noche del estreno, bajo la lluvia, media cuadra de cola estaba formada frente al teatro desde una hora antes de la anunciada para el inicio de la función. Ojalá hubiese visto esto la escritora doña Maruxa Vilalta, que con tanto desdén habla amargamente de las temporadas de teatro a las que ha llegado a calificar, con notorio exceso, de "nefastas". Media hora antes de alzarse el telón ya no cabía alma. Y apenas hace 10 años que era un lugar común (de algunos empresarios y ciertos críticos) afirmar que las obras nacionales eran veneno en taquilla, y que no quería verlas nadie, ni gratis.

Como sainete, que pinta con brocha ciertamente no muy fina a media docena de pobretonas provincianas, que se aprovechan de los delirios de una dipsómana, resulta la pieza graciosísima, si bien mucha parte de su gracia ha de atribuirse a las excelentes intérpretes; pero también sus escenas de melodrama son eficaces, logran del público las reacciones solicitadas; en el padrón de las obras de González Caballero se hace necesario poner a ésta entre las mejor logradas, aunque no sea tan perfecta como El medio pelo, ni tan humana.

Tras de insistir en la eficacia de la dirección de Maricela, y de mencionar la apropiada escenografía de Leoncio Nápoles, vamos con algunas de las interpretaciones, que hemos de dividir en dos grupos, el de la farsa y el del melodrama; de entre las actrices de la farsa, aunque todas a casi todas estén bien, nos pareció que sobresalían algunas; lleva el peso de la pieza, en el papel titular (el de la madre reverenda) Consuelito Frank, que todavía no acaba de borrarse de nuestros ojos como linda joven, ya sea en películas como Ora Ponciano y muchas más, o en el teatro, en el Ideal, donde estaba, con su voz gruesa y su estatura aventajada, en los tiempos en que allá reinaban Anita e Isabelita Blanch, y las hoy jóvenes abuelas Ofelia Guilmain y Magda Guzmán sacaban la charola. De aquella misma época es, por cierto, Gloria Morel, bella estrellita del cine mexicano de los buenos tiempos (invadió el teatro en época posterior, en que le recordamos una pieza de Jorge Villaseñor); Consuelito (no hace mucho la vimos en Las confesiones de sor Juana) se identifica plenamente con su papel chocarrero, y con entonaciones sabias, con matices inteligentes, le saca todo el partido posible, que es mucho, y mantiene al público en la hilaridad: con un papel menos brillante, la señora Morel tampoco deja nada que desear, ni María Belzares, que da un color diferente a su voz y su ritmo, para completar un cuadro muy animado, en el que con luces propias brilla, como nacida para este género, en el que es luminaria, Aurora Alonso, dueña de una personalidad cómica envidiable. Brilla también, con su dominio del oficio, y se hace simpática, Marichú Labra.

En la parte trágica, dos artistas se lucen: Pedro Damián, que además de muy apuesto es un joven actor muy estudioso e inteligente, con una fuerte proyección, y María Montejo, en el papel más importante en que la hayamos visto, y el más difícil. Se apodera del público, da hondura a su personaje, y tiene un triunfo del que pueden estar orgullosas ella misma y Carmen, su madre y su maestra.

Es posible que Una reverenda madre no sea traducida a otros idiomas, ni conquiste elogios de los críticos muy exigentes, ni gane, tal vez, premio; pero de que va a ser un gran éxito de taquilla, estamos casi seguros, y de que dio la noche de su estreno dos horas y media de delicia a un público que se la debió y la agradeció con aplausos, de esos, como testigos presenciales, no nos cabe la menor duda.