FICHA TÉCNICA



Título obra Fuenteovejuna

Autoría Lope de Vega

Notas de autoría Lorenzo de Rodas / modificación

Dirección Lorenzo de Rodas

Elenco Carlos Ancira, Jesús Colín, Manuel Zozaya, Karina Duprez, José Elías Moreno, Leonardo Daniel

Escenografía Guillermo Barclay

Espacios teatrales Museo de la Ciudad

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Fuenteovejuna de Lope de Vega, dirige Lorenzo de Rodas]”, en Siempre!, 23 julio 1975.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   23 de julio de 1975

Columna Teatro

Fuenteovejuna de Lope de Vega, dirige Lorenzo de Rodas

Rafael Solana

La obra no mexicana incluida esta vez en la temporada popular (ya una vez fue Un sombrero lleno de lluvia, otra Padre, otra Un enemigo del pueblo) ha sido en esta ocasión Fuenteovejuna, de Lope de Vega, muy conocida, pero dignísima de ser repetida constantemente, pues es una joya del teatro universal. Esta obra fue montada en el museo de la ciudad, un edificio espléndido. En otro todavía mejor, el templo de San Francisco Xavier, de Tepotzotlán, ha sido repuesta la pieza de Margarita Urueta Confesiones de sor Juana, que antes hemos visto en el teatro Hidalgo y en el convento de Churubusco. Ahora va la hermosa Sonia Furió en el papel de la monja jerónima.

Esto de la popularidad en el teatro tiene sus matices, sus altas y sus bajas; hay autores clásicos que desde lo alto de su grandeza pueden llegar en forma inmediata al pueblo, sin que haya que agregarles nada para que hagan gracia ni nada que quitarles para que no enfaden. Lope de Vega es uno de ellos; ni hay que hacer más chistosas ni que aligerar sus obras para poder llamarlas populares; y de entre ellas Fuenteovejuna es una de las que mejor pueden servir de ejemplo de esta vitalidad. Se apretujó la gente, invadió el local sin respetar trabas ni reservaciones, hasta en el escenario se metió, y tras de dar este lleno siguió la pieza con la atención más viva, fue aplaudiendo sus escenas, y al final de la representación, puesta en pie, prorrumpió en bravos y vivas y en una larga ovación en el que mucho entraba el Fénix de los Ingenios, si bien es necesario reconocer que gran parte correspondió a director, escenógrafo e intérpretes.

Lorenzo de Rodas, que dirige, se ha anotado un triunfo notable, por todos conceptos; sí, es cierto que agregó algo; pero no fueron nuevos versos, ni morcillas de actualidad, sino sólo un breve prólogo, tan conciso como sensato, para información prologal a los espectadores acerca de la persona del autor, y sobre la obra. Modificó el final, haciendo aparecer en la última escena coral hasta a los muertos: licencias son éstas perfectamente lícitas, y que la aprobación del público absuelve. El escenario natural, el patio del museo de la ciudad, con un mínimo de decorado (Barclay casi en realidad se limitó esta vez a dibujar la ropa) fue aprovechado en varios ángulos y en distintos planos por el director, que habrá de prescindir de estos recursos cuando la obra sea llevada a otro local que tenga visibilidad y acústica mejores, al teatro Hidalgo, por ejemplo, o al Jiménez Rueda, o al propio Palacio de Bellas Artes, que difícilmente otra pieza aparecerá más digna de ello. Desde luego se aprecia que Lorenzo contó con mayores recursos que los que se proporcionaron a otras compañías dentro de la misma temporada; él tiene conjunto, coristas, trajes, músicos; de entre los actores, el más ilustre de cuantos van en la temporada; y ha tenido la suerte, pero mejor llamaríamos a esto el acierto, de otros que son nuevos, que tienen experiencia corta o ninguna, hacerlos actuar excelentemente, como veteranos, y decir, con pocos tropiezos (tragarse de cuando en cuando algunas sílabas) los hermosos versos de Lope.

Ese actor ilustre que hemos mencionado, sin duda uno de los mejores de México, como tal ya varias veces premiado, es Carlos Ancira, que tiene una actuación soberbia como el orgulloso Comendador, un papel muy diferente de los bonachones de viejos amables o loco que muchas veces ha hecho; la altivez, la ira, la lujuria, entran ahora en su papel, y encuentran en él tan atinada encarnación como otras características humanas que tuvieron otros personajes a los que ha dado vida; es la espina, la columna de la representación, es quien da el tono. Otros artistas experimentados, Jesús Colín, Manuel Zozaya, el maestro don Antonio Bravo, que sufre de que le mata su algo disminuida voz por causa de la mala acústica del patio, le secundan; y al lado de ellos brillan muchos jóvenes, de los que solamente vamos a mencionar a algunos.

La primera, a Karina Duprez, que era novillera, que muchas veces ha actuado en papeles menores, pero que ahora recibe el espaldarazo, la alternativa, con uno grande, muy brillante, muy difícil, y en el que hemos visto a varias actrices muy buenas; da la hija de Julián y de Magda la dulzura, la belleza, la juventud y la gracia que Laurencia tiene en sus primeras escenas, y al llegar la grande, la que el público espera, esa especie de "aria de la locura" que es el monólogo, en que increpa a los vecinos de su villa, a comenzar por su propio padre, allí se creció Karina hasta apoderarse de la emoción de todos nosotros y sacudirnos. Deja de ser una actricita complementaria para entrar por la puerta grande; es ahora toda una actriz, que no ha de arredrarse ante la fuerza o la dificultad de ningún papel. Sea bienvenida.

Dos muchachos nos convencieron plenamente: fue uno de ellos José Elías Moreno, que va entrando en la carrera en que brilló su padre, y que está ligero, amable, jovial, fresco, en el papel de Mengo; y fue el otro el que incorporó a Frondoso, un personaje tan bellamente creado por el autor; este joven, de agradable presencia, de hermosa voz, y que actuó con sinceridad y con fuego, se llama Leonardo Daniel, y contamos con que de aquí en adelante habremos de ver su nombre en muchos repartos, en el teatro, en la televisión, en el cine.

Se podría decir que algo hay de desproporcionado y de injusto en poner a competir a los autores mexicanos más populares, es decir, a los más sencillos y sin pretensiones literarias, nada menos que con Lope de Vega (o con Ibsen, o con Strindberg); sin embargo, incluir a estos autores en las temporadas teatrales para el pueblo no es censurable; son los grandes maestros, y sus enseñanzas son muy valiosas, y puede esperarse que resulten fecundas.