FICHA TÉCNICA



Título obra Jesucristo Superestrella

Autoría Andrew Lloyd, Tim Rice

Notas de autoría Julissa / traducción

Dirección Charles Gray

Elenco Julissa, Luis de León, Jorge Abraham, Enrique del Olmo, Manuel Gurría, Luis Torner, Homero Wimer, Héctor Ortiz, Roberto Nieto, Lauro Pavón, Carlos Derbez

Escenografía Octavio Ocampo

Iluminación Eduardo Palomino

Coreografía Charles Gray

Música Marcos Lizama

Vestuario Márquez del Rivero

Espacios teatrales Teatro Ferrocarrilero

Productores Julissa

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Actuación de Julissa en Jesucristo Superestrella de Andrew Lloyd]”, en Siempre!, 2 julio 1975.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   2 de julio de 1975

Columna Teatro

Actuación de Julissa en Jesucristo Superestrella de Andrew Lloyd

Rafael Solana

Distó mucho el llamado "estreno" de Jesucristo Superestrella de parecerse a los que Fela Fábregas organiza; parece ser que fue un estreno diluido, es decir, precedido de algunas funciones en las que se repartió el público que se suele reunir en una primera noche; el enorme teatro Ferrocarrilero se llenó; pero no de gente que tuviera cara de haber pagado 50 pesos, ni de existir motivos para que se la invitara especialmente, como se hace con los periodistas o con las estrellas teatrales, cinematográficas o televisionudas. El publiquito, en gran parte, era de greñudos, de esos que fuman aunque haya letreros que recomiendan no hacerlo, y que ellos fingen no leer, como si no supieran. Alguien comentó: "qué bueno que no hay otros avisos que digan no orinar, porque ya todos éstos se estarían meando".

Pero en fin, sí había algunas estrellas, sólo que se perdían en ese galerón que es el Teatro Ferrocarrilero, lleno hasta los topes. La función a que estamos refiriéndonos comenzó con 75 minutos de retraso sobre la hora anunciada. Una antesala más larga que las que se hacen en algunos hospitales o en ciertas embajadas para conseguir visa.

Fue una función que queremos calificar de histórica. Como la del estreno de Cada quien su vida hace 20 años, o la de Mi bella dama, hace 15. Fue un cañonazo, una explosión, un terremoto. Nos habíamos atrevido a sospechar que la obra resultase ya algo vieja; que habría sido mejor estrenarla hace un par de años, y que ahora, vista en el teatro de Arquitectura por unos miles de personas, en película por unas decenas de miles, y oída por radio o en discos por centenares de miles, estaría por lo menos algo quemada. Nos dio la sorpresa de gustarnos más que cuando la conocimos, aunque ahora la escuchábamos por sexta o séptima vez; eso sólo les pasa al Murciélago y a La Traviata. Claro que influyó mucho para causarnos esta impresión el estar ahora soberbiamente interpretada por una buena orquesta, si no tan grande como las que requieren otras óperas (de Wagner, por ejemplo) sí suficiente, y muy bien matizada, con instrumentos especiales para el rock y otros idóneos para dar cuerpo a la partitura. Vaya nuestro primer aplauso, por alguien teníamos que empezar, para Marcos Lizama, el estupendo director, y para su dinámico y brillante conjunto.

Pero en realidad no debemos dar estos saltos, sino comenzar por donde se debe; ya no por los autores de lo obra, que son la base, la piedra angular del éxito, pues ellos, Andrew Lloyd Webber y Tim Rice, ya fueron aquí elogiados cuando anteriormente nos hemos referido a su ópera, que es, lo creemos firmemente, una de las más bellas y más duraderas obras musicales escritas en este siglo, una ópera completísima, variada, y cuyos números sobresalientes jamás cansarán ni serán olvidados, y que se ajustan admirablemente a un libreto magnífico. Dejados de lado los autores como ya antes incensados, creemos que hay que comenzar esta crónica por Julissa, no con su carácter de actriz, ni con el de cantante, que con ellos tendría que ir en tercer lugar (así lo comprende, y así sale a recibir los aplausos), ni como traductora (Brígida Alexander va a proponer a la Unión de Autores que exija que también los traductores sean llamados al escenario a la hora de agradecer ovaciones) sino como promotora, como empresaria; a pesar de que no reunió estrellas famosas aquí, ni siquiera para la dirección o la escenografía (la única persona de gran renombre y gran arrastre, en todo el programa, es ella) ha conseguido una producción tan perfecta, tan redonda, como tal vez ni el propio Manolo Fábregas habría podido conseguirla; porque todo contribuyó a dar realce a la obra bellísima: el decorado, con sus toques a la Jerónimo Bosco (pero no sabemos si es original de Octavio Ocampo, o sólo fue copiado del de Nueva York, como ya algunas veces ha sucedido); la dirección escénica, de Charles Gray (suponemos que eso incluye coreografía); el vestuario, de Márquez del Rivero, a quien se da más crédito que al escenógrafo; la iluminación, de Eduardo Palomino; la música, a la que ya pusimos por delante porque nos pareció estupenda; y los intérpretes, que nos dieron no pocas grandes sorpresas.

Una nos la dio Luis de León, que además de una espléndida figura lució una impresionante voz de bajo profundo; otra, Julissa misma, a quien tal vez ya habíamos oído cantar, pero que ahora lo hace como una diva, en trozos que requieren afinación, dulzura de timbre y gran sentimiento; y otras, las mayores, los dos principales actores de la obra, Jorge Abraham, que se desenvuelve admirablemente en el imponente papel de Judas, que muchas veces ha sido ya quien se ha robado la obra, y, sobre todo, Enrique del Olmo, quien, después de estar a lo largo de la pieza decoroso, noble, justo, en el papel de Cristo, al llegar el aria grande, la Oración en el Huerto, se remontó a las mayores alturas con la emoción y la belleza de su canto; requiere el papel tres registros, uno dulce y fino, de tenorcito lírico; otro más imponente y duro, de tenor dramático, y, en ciertas partes, un falsete estridente, durísimo de conseguir y de sostener, y con el que aterra verdaderamente del Olmo al auditorio; es del que usa el personaje en los momentos de indignación o de angustia. La ovación que le tocó a don Enrique en su solo de Getsemaní fue la más grande ovación individual de la noche, y, a nuestro juicio, merecidísima.

Además, Manuel Gurría se fumó la deliciosa breva que es el papel de Herodes, en una de las escenas de mayor musicalidad; tal vez unas plataformas menos exageradas le habrían permitido mayor movilidad, una más lucida participación en el bailable; podría probarse; Luis Torner cumplió bien como Pilatos, pero tal vez sea exagerado el crédito que se le otorga; se desempeñan formidablemente las segundas partes (Homero Wimer, Héctor Ortiz, Roberto Nieto, Lauro Pavón, Carlos Derbez) y en forma digna de admiración las terceras, todos aquéllos que sólo cantan una frase, o miman una escena, o cubren la extensa variedad de los bailables.

Íbamos de sobresalto, de una sorpresa a otra mayor, a medida que la representación avanzaba; jamás un bache, una laguna, un momento de duda o de debilidad; siempre a más, de un primer acto espléndido a un segundo deslumbrante; todo no nada más impecable, sino grandioso.

Habría que poner aquí una letanía de bravos y de vivas para Julissa empresaria, Julissa traductora, Julissa soprano, Julissa bailarina, Julissa, actriz... y para todos sus compañeros de triunfos, sin olvidar al último de los que aparecen en el programa, y que son más de 30.

Si el público no hace de esta obra colosal un gran triunfo de taquilla, si no la sostiene en escena un año, si no va un millón de personas a verla, y de este millón, la cuarta parte dos veces, y muchos miles de personas tres, si no la ponen en su programa de la visita que hagan a la capital todos los provincianos... será que el público de la ciudad de México no se merece tener un buen teatro.