FICHA TÉCNICA



Título obra Alfa Beta

Autoría Whitehead

Notas de autoría Brígida Alexander / traducción

Dirección Dimitrios Sarrás

Elenco Miguel Córcega, Adriana Roel

Escenografía Félida Medina

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Alfa Beta de Whitehead, dirige Dimitrios Sarrás]”, en Siempre!, 25 septiembre 1974.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   25 de septiembre de 1974

Columna Teatro

Alfa Beta de Whitehead, dirige Dimitrios Sarrás

Rafael Solana

No es nuevo el teatro que los franceses llamaron, hace 80 años, de ménage, es decir, de problemas matrimoniales; fue una de las columnas del teatro naturalista de los últimos decenios del pasado siglo y de los primeros del actual; y no ha pasado completamente de moda; cada diez años se vuelve a ver una obra de ese tipo, y algunas de ellas no necesitan más personajes que los dos que forman la pareja; de Francia nos llegó por los años treinta El señor Lamberthier, que hace poco repusieron Noé Murayama y su señora, Noelia Noel; de la América del Sur, hace 25, Del brazo y por la calle, que exhumaron recientemente Oscar Morelli y su señora; de Chile, hará apenas un año o dos, El cepillo de dientes, que todavía trae en gira por los estados, cuando no está ocupada aquí, Lucy Gallardo.

Ahora se nos presenta una versión inglesa de estas discusiones familiares, que si tienen la desventaja de ser aburridas y sabidísimas, la compensan con el atractivo de hablarle al público de sus propios asuntos, pues casi no hay espectador que no se vea parcialmente retratado en alguno de los personajes. Esta versión está perfectamente de acuerdo con las nuevas corrientes del teatro inglés, iniciadas con Look back in anger, y en las que Pinter, Osborne y otros jóvenes dramaturgos reaccionan contra el teatro de Wilde, de Maugham, de Coward y de Rattigan, de diálogos correctos, inteligentes y aun ingeniosos, y de costumbres por lo menos superficialmente civiles y de salón.

Lo que ahora vemos y oímos en Alfa Beta, de Whitehead, traducida por Brígida Alexander, es algo para poner los pelos de punta; un vocabulario que en La pulquería y en Cárcel de mujeres nos pareció en su sitio, pintoresco, parte del colorido local (aunque no conocemos mucho esos lugares) en la sala de un matrimonio de la clase media (y eso sí lo conocemos mucho) nos sonó falso, o fuera de lugar; de 100 casas de esa clase en que hayamos entrado, en ninguna hemos oído hablar así, por más que hay amigos nuestros que nos dicen que sí escucharon diálogos de este corte en algún hogar, lo que, en todo caso, viene a ser excepcional. Por cierto, nos preguntamos, ¿dónde habrán aprendido estas señoras y señoritas traductoras el léxico que utilizan? No en una escuela de monjas, probablemente, aunque todo es posible en la paz. Hemos recordado el encuentro de aquella parvulita que preguntó a su mamá qué cosa es pene; y la mamá, escandalizada, se fue a ver a la monja para reclamarle por pronunciar delante de las niñas semejantes vocablos, a lo que dijo la hermana: “yo solamente le pedí que fuera buena, para que su alma no pene”.

Basta de cuento. Ojalá las palabras que se dicen en Alfa Beta fueran así de inocentes. Una que López Lagar por una sola vez en una obra en la sala 5 de diciembre, y que hizo que la mitad de la gente se tragara los dientes postizos, ahora la gritan los protagonistas 100 veces, en una casa en que se supone que los están oyendo los niños. ¿Son así los hogares ingleses de hoy? Es interesante saberlo.

La obrita no es buena; además de ser desagradable su léxico son excepcionales sus caracteres, patológicos; si él es un borrachín, obseso sexual, ella es una histérica insoportable, una loca; sin embargo, las opiniones van a dividirse, pues de que aquélla sea un infierno las espectadoras culparán al marido, y los espectadores a la esposa, y esta división de opiniones podrá contribuir a mantener las entradas en una medida aceptable.

Es correcta, realista, pero esta vez sin imaginación, la escenografía de Félida Medina, y no a ningún otro fin que al naturalismo tiende la dirección de Dimitrios Sarrás, que habrá ido a estudiar entonaciones a casa de alguna amiga suya chiflada, o bruja. Esta vez no raya a gran altura este director, como ha hecho otras.

Lo único que hace a la piececilla digna de ser vista es la excelente actuación de sus dos únicos intérpretes, Miguel Córcega, que, a nuestro juicio, está hasta simpático, a pesar de la poca gracia de su agrio papel, y, sobre todo, Adriana Roel, que luce soberbia, de una pieza, en un papel que ciertamente no contiene matices, pero que exige una gran concentración y una proyección vigorosa; se hace odiar, enerva a los espectadores, sostiene el tipo de principio a fin, y triunfa con un personaje amargo y antipatiquísimo. Los dos, por supuesto, son largamente aplaudidos al final de cada representación.