FICHA TÉCNICA



Título obra Aquel tiempo de campeones

Autoría Jason Miller

Notas de autoría Peggy Mitchell / traducción

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco José Gálvez, Carlos Ancira, Héctor Bonilla, Claudio Obregón, Ricardo Blume

Escenografía Julio Prieto

Productores Peggy Mitchell

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Aquel tiempo de campeones de Jason Miller, dirige Rafael López Miarnau]”, en Siempre!, 8 mayo 1974.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   8 de mayo de 1974

Columna Teatro

Aquel tiempo de campeones de Jason Miller, dirige Rafael López Miarnau

Rafael Solana

En el teatro, como en los toros, sostener un prestigio es más difícil que conquistarlo, y cada artista vale lo que la más reciente de sus actuaciones. Hay veces que el renombre de un director, brillantemente ganado y con esfuerzo sostenido o se empaña con un sólo desacierto, y queda ese director mal parado o cancelado del interés del público, y cosa igual ocurre o puede ocurrir a los productores y a los intérpretes; más con curiosidad, y hasta con sobresalto, que con seguridad se asiste a cada nuevo estreno, por muy prestigioso que sean los nombres que pueden leerse en el programa.

Para el estreno de Aquel tiempo de campeones de autor, Jason Miller(1), desconocido para nosotros, nos inspiraban confianza tanto la productora (y traductora) Peggy Mitchell como el director, Rafael López Miarnau, pues ambos tienen una trayectoria que solamente éxitos, sin que se recuerde de ninguno de ellos no nada más ningún petardo, sino ni siquiera algo mediano o insípido; y esa confianza se reforzaba con los nombres de los cinco intérpretes de la pieza, cuatro de ellos repetidamente triunfadores y varias veces premiados en el teatro y famoso el otro entre las personas que conocen de televisión; sin embargo, todo podía pasar, y la confianza de que hablamos dejaba de todos modos margen a cierta inquietud, pues si bien se podía dar por un hecho que ese estreno sería un triunfo era muy difícil predecir de qué tamaño habría de resultar ese éxito.

Resultó del mayor de todos los tamaños posibles, es decir, una victoria clara y total, desde el momento en que vimos la escenografía perfectamente aprobada para el carácter de la pieza, del maestro Julio Prieto, hasta que la luz se apagó sobre la última escena de la magistral pieza, que nos pareció perfectamente merecedora de los premios que ha obtenido, entre los cuales el muy codiciado Pulitzer correspondiente al año pasado. Es una obra bravía, violenta, de vocabulario áspero y de acción cruda, con la tónica que parece unificar el teatro más moderno; pero no tiene la superficialidad, la grosería gratuita, la pornografía innecesaria de otras piezas de autores jóvenes, sino hay en ella, junto a una admirable solidez de construcción y una maestría indiscutible en el desenvolvimiento de la acción y en la caracterización de los personajes, una idea central básica de gran profundidad, y, perdón por utilizar una palabra que detestamos, un mensaje. El autor se ha valido de una forma literaria difícil de manejar, la ironía, para hacerse entender que es su pensamiento el completamente opuesto al que expresa y defienden sus personajes, que están llenos de vida y de verdad y de ninguna manera pueden ser calificados de caricaturescos. Se necesitaba del talento, de la cultura y del exquisito buen gusto de un director como el de Rafael López Miarnau para hacer llegar al público estas ideas a través de la emisión de las opuestas por boca de personajes tremendos, violentos y ásperos, y que sin embargo de su dureza y de su antipatía hacen reír en no pocos momentos, que siempre son los más oportunamente escogidos.

Es cierto que se rodeó el director de artistas de capacidad e inteligencia muchas veces probados; pero habrá que convenir en que tuvo que emplearse a fondo para obtener de ellos interpretaciones tan justas, tan vívidas, tan llenas de color y, sobre todo tan emotivas, que el público se identifica con todas ellas y llega al final de la obra sin saber cuál ha sido el que más ha brillado de los cinco grandes actores que han ido sucediéndose en el lucimiento personal a lo largo de la obra, según les fue siendo repartido ese lucimiento por el autor de la obra y por el director de ella. Si hubiese que escoger a uno para comenzar por él la letanía de los elogios, quizá tendría que ser ése José Gálvez, o porque en efecto sea su papel un poco mejor que todos los otros, o porque es el centro de la acción y el único diferente a los otros en edad de los personajes tan hábilmente creados por este segundo Miller, que al paso que va pronto ha de emular a su tocayo Arturo, otra de las glorias del teatro norteamericano contemporáneo.

Lo que da mayor realce a la extraordinaria actuación de Gálvez es el estar enmarcada por las cuatro no menos admirables de Carlos Ancira, Héctor Bonilla, Claudio Obregón y ese Ricardo Blume de quien habríamos podido sospechar que fuese solamente un galancito de la televisión, pero que nos resulta en esta obra un actor de cuerpo entero, capaz de medirse, sin desventaja, con las otras cuatro experimentadísimas fieras de la escena a quienes hemos mencionado.

La obra tiene un sentido antinietzscheano muy marcado, y que muchas veces han de subrayar las frases y la conducta, nietzscheasnas del coach y de sus cuatro basquetbolistas campeones. “No te conformes con nada que no sea el éxito” es frase que varias veces se escucha, atribuida a Teddy Roosevelt, y también habla mal el coach (pero todos entendemos que no el autor) de los negros, de los comunistas, de los judíos, excepto cuando se trata de la guerra de Israel con los países árabes, a quienes aborrecen más que a los judíos mismos; y del senador McCarthy, lo que le define como a un americano típico de hace un cierto número de años, por más que la acción de la obra esté situada en nuestros propios días. Triunfar, a costa de lo que sea fue el móvil de aquellos deportistas 20 años atrás, y sigue siéndolo cuando ya no están en la lucha del deporte sino en la de la vida, y persiguen carreras políticas, industriales, financieras o literarias. La vanidad y la sequedad de ese triunfo es lo que el autor ha pretendido llevar a nuestra conciencia, y con ello no es amable, ni para con sus paisanos ni para con sus contemporáneos, pues ese mal del éxito es enfermedad típica norteamericana y muy propia de nuestra época.

Con un sentido moral debemos recomendar la estupenda obra de Jason Miller a todos nuestros lectores, y con un sentido estético insistiremos en la recomendación de ella misma, de su dirección impecable y talentosa y sus cinco formidable interpretaciones. Muy difícil será que se vea este mismo año nada mejor en ningún teatro de nuestra metrópoli, y que no caigan gran parte de los premios de la crítica en este grupo de actores que bajo una dirección llena de fuerza y matizada con exquisitez dan una lección de buen teatro que quisiéramos que recibieran todos los habitantes de la ciudad de México y del país, si cuando al fin termine de representarse aquí va la obra de gira al interior de la República.


Notas

1. El 18 de abril. Invitación al estreno. A: Biblioteca de las Artes.