FICHA TÉCNICA



Título obra Imágenes

Autoría Carlos Ancira

Dirección Jorge Landeta

Elenco Carlos Ancira

Escenografía Enrique Reyes

Productores Carlos Ancira

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Imágenes, de Carlos Ancira, dirige Jorge Landeta]”, en Siempre!, 26 septiembre 1973.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   26 de septiembre de 1973

Columna Teatro

Imágenes, de Carlos Ancira, dirige Jorge Landeta

Rafael Solana

Ahora es cuando se ha desnudado Carlos Ancira, no cuando hizo Zaratustra con Alejandro Jodorowsky. En aquella ocasión solamente nos enseñó lo más superficial y lo menos interesante de sí mismo: la blancuzca piel de sus tepalcuanas y la algo bronceada de su hombros, sus muslos o su pecho; le habrá quedado, de aquella experiencia un cierto afán de exhibicionismo, y como los dramaturgos, al igual que los novelistas, y a imitación todos ellos de los poetas líricos, sienten a veces un impulso irrefrenable de mostrar a su público, a sus lectores, las maltratadas entretelas de su angustiado corazón, se puso a escribir, tras de veinticinco años de no hacerlo, tomando esta vez por tema su propio infierno, en una obra, pero no insólita, que pudo haber intitulado Memorias o Confesiones, pero a la que va perfectamente el bello nombre que le puso; Imágenes.

Esta pieza tiene unos orígenes que los historiadores del teatro contarán de dos maneras; unos dirán que la escribió Ancira para seguir por otros diez años haciendo un monólogo, pero esta vez sin pagar derecho de autor (es decir, puesto que eso es imposible, pagándoselo a sí mismo); muy extensas giras podría hacer con compañía tan barata (la obra anterior le permitió ir hasta a la lejana Rusia); pero también habrá quien opine que no solamente razones de carácter mercantil movieron al gran actor y buen escritor a hacer este strip-tease moral, mucho más interesante y atrayente que el físico, casi integral, que hace poco le vimos.

Hace un cuarto de siglo... (hemos notado que últimamente el giro "hace... años" se viene deslizando muy a menudo en estas páginas; pero preferimos no corregir esa manía, que es parte de la personalidad, del estilo y del tesoro nemotécnico de este columnista anónimo) Ancira debutó como escritor, con la pieza Después, nada, con la que hizo (y en la que hizo) un papel brillante; lució mucho esa bien escrita obra en un concurso; en ella puso el autor-actor, como suelen hacerlo los de su doble oficio (ahora sabemos que también es contador, de cuentas, no de cuentos) escenas de piezas ajenas, de Shakespeare esa vez; ahora la hace con breves muestras de casi una docena de otros escritores; pero esta vez se explica la inclusión de tales fragmentos porque Ancira nos está relatando su biografía y en ella figuran como episodios prominentes sus interpretaciones de esos once personajes que entre muchísimos escogió para traerlos a nuestra memoria.

Pero antes y después de esto que podría llamar la parte pública, ya de todos nosotros conocida, de la vida de Ancira, el artista nos hace saber, en forma de confesión o de creación literaria, cómo es su alma, o cómo quiere que creamos que es; se pinta como un amargado (nos permitimos suponer que ha cargado la mano en estas tintas por motivos de lucimiento artístico) que de todo y de todos habla mal, y que con nada de lo mucho y muy envidiable que su vida le ha deparado se conforma, sino piensa merecer más; cree (o cree que nos hace creer que cree) que la crítica lo ha tratado mal, que sus compañeros le envidian o le desprecian, que los empleados de los teatros le aprietan las tuercas, que los censores le chupan la sangre, que en la televisión no le dan su lugar, que el público no le sigue como debiera, sino prefiere obras y actuaciones de un gusto inferior; todas estas lamentaciones, golpeadamente dichas en forma de sátira fácil, le son reídas y aclamadas; si habla mal de los periodistas aplauden los actores, si echa pestes de los actores lo vitorean los tramoyistas, si arremete contra la Federación Teatral lo aprueban los empresarios, y si tira garrotazos a las empresas lo felicitan los funcionarios, y así tiene garantizados aplausos a todo lo largo de la función, lo que es un expediente más bien sencillo y primario; pero, teatralmente, muy eficaz, porque permite que los cien minutos de monólogo tengan altas y bajas, variantes, y en la sala broten risotadas, y palmadas, o reine un silencio consternado y casi trágico, cuando el actor cambia de registro y nos cuenta episodios melancólicos o penosos de su vida.

Como autor, ha hecho Carlos Ancira una pieza valiosa, emotiva por lo que suena a sincero, divertida por la maestría con que ha manejado los recursos cómicos; conoce a sus clásicos, y sabe que hablar mal de todo el mundo dio triunfos resonantes, en el pasado, a Beristáin, a Soto, a "Palillo". Como actor... bueno, eso ni qué decirlo; todos conocen a Ancira como uno de los primeros artistas de nuestro teatro, menos subdesarrollado de como él nos lo pinta. Como actor no tiene solamente un triunfo, sino tal vez supera a todos los que antes ha tenido; esta vez nos muestra la maquinaria de su relojería artística, nos deja ver los ejercicios físicos o verbales a que se ha sujetado, cómo fue aprendido la euritmia, la aulalia, la mímica, la fonética, la eubolia, la eutrapelia, y todos los otros estudios que son indispensables para el actor, aunque muchos de ese oficio ni por su nombre los conozcan. De tal manera bueno es el trabajo de Ancira que en más de hora y media de verlo sólo en escena no tiene uno ocasión de parpadear, mucho menos de desinteresarse o de aburrirse. Ya tomamos nota para proponerla como la mejor actuación de año, y la obra, como la mejor del año también, de entre las estrenadas por autores mexicanos. Aunque nos hayan gustado por amable El día (en) que secuestraron al Papa, por dinámica Vaselina, por otras cualidades, otras piezas, creemos que cuantas hay hoy en cartel en México la más valiosa y la más digna de verse es Imágenes. Le aconsejamos a usted apuntar en su agenda el ir a verla, para una de las noches de estos próximos nueve o diez años.

Sería injusto, después de elogiar al actor y al autor (y de una vez al empresario, que es el mismo) no mencionar también con aplausos al director Jorge Landeta, y al escenógrafo, Enrique Reyes; Landeta ha logrado que haya variedad, movilidad, en este monólogo, tal vez difícil de dirigir que una obra de masas. Con la ayuda valiosa de una escenografía que está viva, que participa activamente en el espectáculo, con entradas y salidas; pero también con la de luces, grabaciones, voces, canciones de distintas épocas, ha hecho Landeta hervir la escena de dinamismo y de movimiento; si intervino en los tonos en que Ancira va diciendo su bululú, también en eso atinó; y si fue él quien dispuso los descansos, tan hábilmente colocados, sin tirar el arpa, como los de las estrellas del ballet, que se toman sus minutos para respirar, también acertó en eso. Ha hecho Landeta un gran trabajo, muy distinto de los que en él son habituales, y muy merecida se tuvo la ovación que lo premió al final del estreno.