FICHA TÉCNICA



Título obra Malcom contra los eunucos

Autoría David Halliwell

Dirección Alejandro Bichir

Elenco Héctor Bonilla, César Bono, Octavio Galindo, Rosalba Brambila

Espacios teatrales Teatro el Granero

Productores Peggy Mitchell

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Malcom contra los eunucos, de David Halliwell, dirige Alejandro Bichir]”, en Siempre!, 29 agosto 1973.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   29 de agosto de 1973

Columna Teatro

Malcom contra los eunucos, de David Halliwell, dirige Alejandro Bichir

Rafael Solana

Otra de las obras teatrales de reciente estreno que nos fueron recomendadas (la primera; El día que secuestraron el Papa) es Malcom contra los eunucos, de David Halliwell, que la productora siempre acertada Peggy Mitchell ha hecho estrenar en el teatro del Granero por el director Alejandro Bichir y un corto grupo de jóvenes actores.

Quienes ven teatro desde hace cuarenta años recordarán que en el Ideal todas las obras se parecían; la acción, en Madrid, con un señorito de mascada al cuello, una criada muy lista, o una monja que se las sabe todas... quienes sólo van a teatros desde hace veinte años saben que todos los vodeviles franceses del Arlequín están cortados por la misma tijera; una recámara con cinco puertas, una cama debajo de la cual se mete el amante, todos en pijama o en calzoncillos en cierto momento, uno entra en el instante en que otro sale, etc.

Pues bien: nos amenaza ahora la época de las comedias inglesas, después de que hemos padecido (o disfrutado) de las españolas y de las francesas; un sótano, o una buhardilla, con toda la mugre que el escenógrafo pueda convocar, pedazos de papel de periódico por el suelo (también pasa esto en obras cubanas modernas), ropa astrosa y pestilenta, pelo crecido, barbas hirsutas, gritos destemplados, y un vocabulario carcelario, tabernario o prostibulario que de las tres maneras puede decirse; así, una comedia de Pinter se parece a otra de Halliwell, al grado de que con el tiempo no recuerda uno de cuál comedia era tal escena, como le pasaba a uno con los astracanes o con las capuchinadas.

Malcom contra los eunucos se inscribe en esta escuela; los mugrosos autores gritan majaderías que vienen o que no vienen al caso; cuando el público acaba por darse cuenta de que se trata de una obra cómica (satírica, mejor dicho) suelta el trapo y ríe algunas escenas que lo merecen. Que hay exageración, se da por descontado, pues se trata de una caricatura. Pero como Alejandro Bichir ha tenido la fortuna, o el talento, de reunir un cuadro adecuado de jóvenes que tienen buenas gracias y sangre ligera, el rato se desliza si bien no sin algún momento de hastío, en general alegremente; y si no hay mucho que elogiar en la pieza, que nos ha parecido más frívola que seria y en la que encontramos más un pasatiempo que un retrato psicológico de un semiloco, tampoco sería justo condenarla; tiene una virtud incuestionable, que es la de brindar oportunidad de lucimiento a sus intérpretes, quienes, ciertamente, saben aprovecharla.

Debiéramos comenzar por Héctor Bonilla, que es, de entre ellos, el que ya ha conquistado la celebridad local; pero vamos a hacerlo por César Bono, que es el que obtiene más risas y más fuertes aplausos. ¿porque es mejor actor que sus compañeros? No, sino porque tiene los párrafos más cómicos y brillantes de la obra, los dos "solos", el monólogo de la negra y la descripción del viaje en autobús, que son, en prosa, lo que la muerte de Torrijos y la corrida de Ronda son, en verso, en la Mariana Pineda, de García Lorca; dos viñetas, dos ilustraciones, dos estampas, Bono saca de estas escenas el partido posible, que es mucho, y así cosecha carcajadas y ovaciones.

A Bonilla, a quien nunca hemos visto mal, y excelente muchas veces, le correspondió en esta ocasión un papel menos propio de su personalidad y de su edad que otros que ha hecho con brillantez, como el de Golden boy, en que particularmente le recordamos; es el papel central, pero no el más simpático ni el más lucido; habla más que los otros, pero no se hace igualmente interesante.

Octavio Galindo (qué bien estaba en Los albañiles) da nuevas muestras de estudio y de talento natural, y de impacto en el público; tiene proyección y si es constante en su esfuerzo acabará por ser uno de nuestros mejores actores como ya es uno de los más brillantes entre los de su edad; su papel, del que sostiene la levantada tónica admirablemente, la brinda ocasión de agregar a su carrera un nuevo triunfo.

Hay sólo un personaje más: Rosalba Brambila cuyo papel es muy breve, y no muy nítido; parece puesta en la escena como una mosca en la sopa, o como un predicador en una noche de farra; seria, sobria, cumple sin brillar, no por falta suya, sino por falta de colorido y de vigor en el personaje.

No queremos comparar esta obra con otras que Margarita Mitchell ha montado, pues la calificaríamos de inferior a varias de ellas; pero la recomendamos, con algunas reservas, a quienes con cierta frecuencia van al teatro y ven lo mejor, o, en el peor de los casos lo menos malo que les ofrece, para escoger, la cartelera.