FICHA TÉCNICA



Título obra El día que secuestraron al Papa

Autoría Joao Bethencourt

Dirección Rafael Banquells

Elenco Alejandro Ciangherotti, Aarón Hernán, Bertha Moss, Miguel Maciá, León Singer, Enrique Gilabert, Juan Antonio Edwards, Rocío Banquells

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El día que secuestraron al Papá, de Joao Bethencourt, dirige Rafael Banquells]”, en Siempre!, 15 agosto 1973.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   15 de agosto de 1973

Columna Teatro

El día que secuestraron al Papa, de Joao Bethencourt, dirige Rafael Banquells

Rafael Solana

Vivas recomendaciones hemos recibido, al regresar a México, sobre algunas obras teatrales de gran calidad estrenadas aquí durante nuestra ausencia, y que dan gran animación a la cartelera. Hemos de reconocer que el panorama teatral no es risueño en ninguna de las capitales europeas que recientemente visitamos. Atribúyanlo ustedes al calor, a que en los meses del verano cierran los mejores teatros; pero lo cierto es que en ninguna parte, ni en Madrid, ni en Roma, ni en Lisboa, ni menos en Atenas o en Estambul, hay actualmente ni tantos teatros ni tan buenos como los que tiene la capital mexicana. Podemos decirlo, como decíamos, a su tiempo, que el teatro aquí estaba muerto o que no tenía calidad alguna el poco que subsistía.

Entre las tres o cuatro obras que nos fueron recomendadas como excelentes, hemos escogido en primer lugar la comedia del brasileño residente en París Joao Bethencourt (la traducción es argentina), que se representa, con gran aplauso, en el teatro Hidalgo, del Instituto Mexicano del Seguro Social.

Esta obra excelente, tal vez se vea actualmente en otras ciudades, en Londres, en París, o en Nueva York; pero dudamos mucho que en ninguna se la represente mejor que como aquí se está haciendo. Alterando un orden que solemos seguir, antes que de la obra, de la que adelantamos que nos parece magnífica, vamos a hablar del director, y de los actores.

Mucha gente se llevará dos grandes sorpresas, que nosotros no nos llevamos; la de descubrir (nosotros, comprobar) que Rafael Banquells es un gran director teatral, aunque su fama era la de un director meramente comercial, sin muy especial empeño por la categoría artística de su trabajo. Y la de que Alejandro Ciangherotti es un actor completo, y no limita su talento a la pachanga más o menos graciosa que ha tenido que hacer toda su vida, el astracán español con las Blanch, en el Ideal, hace cuarenta años, y desde hace unos veinte el vodevil francés, con Nadia. Quien solamente en esas comedias ligeras le ha visto estar chistoso, no sospecha el actor de primera clase, de gran escuela, del mayor talento, que hay en este profesional del teatro, hermano, cuñado, padre de otros del mismo oficio; pero quien a lo largo de casi medio siglo le haya seguido sin perderle obra o casi, algunas veces le habrá visto ya en papeles más serios que los que con mayor frecuencia representa, y ese no se llevará sorpresa alguna al verlo ahora triunfar en grande en el papel del Papa Alberto VI, personaje imaginario en torno al cual gira la bella obra Bethencourt.

Como una muestra del talento en director de Banquells debemos señalar el tino de escoger para este personaje a este actor, que a muchos no les habría ocurrido después, el haber integrado el reparto completo como lo hizo; y, finalmente, el haber logrado, lo que es nuestro ideal en materia de directores de escena (y no la invención de posturas nuevas, de extravagancias, de andar por el techo o de sentarse en el suelo) el que el público tenga la impresión de que todos los artistas (o casi) son igualmente buenos, y no hay entre ellos estrellas o principiantes; porque Banquells ha logrado esta vez, con una gran sencillez, con una gran naturalidad, sin pretensión de llamar la atención estridentemente, que artistas tan grandes, tan repetidamente consagrados ya, como Aarón Hernán y Bertha Moss, y otros muy buenos, pero a los que no se acostumbra mencionar en la primera fila, como Ciangherotti y Miguel Maciá, y otros menos célebres, como León Singer y Enrique Gilabert, y hasta jóvenes que dan sus primeros pasos en la escena, como Juan Antonio Edwards y Rocío Banquells, formen un conjunto tan parejo, en servicio de la obra, que consiguen borrar en el público la impresión de estar delante de un cuadro heterogéneo, con monstruos sagrados y con principiantes, con matadores y con bandilleros, sino han visto unas escenas de vida real, en que nadie es estrella, sino vive cada uno su personaje.

Banquells en esta obra, que es, por su delicadeza dificilísima de dirigir y de actuar (hacer reír a carcajadas, o llorar a lágrima viva, es muchísimo más fácil que hacer sonreír y que humedecer los ojos) hace una labor meritísima. Por mencionar solamente algunas de sus facetas, vamos a referirnos a sus pianísimos: cuando hace hablar a Bertha Moss, a Ciangherotti, a Hernán, en voz tan baja que apenas resulta audible, logra tal intensidad de emoción, tal intimidad entre artistas y público, como pocas veces recordamos haber visto; y en cuanto el matiz de las frases irónicas, ingeniosas, agudas, ninguna de las cuales llega a merecer el nombre de chiste, también es esto obtuvo de sus inteligentes actores tonalidades muy finas, que no solamente al talento de los intérpretes han de ser atribuidas, sino a la sensibilidad del director, que las ha medido en milímetros y las ha pesado en milagros.

Nos hemos adelantado a mencionar a Ciangherotti no sólo porque su trabajo estupendo merece ese primer lugar, sino porque, como ya hemos dicho, habrá muchos espectadores habituales de nuestro teatro para quienes ello resulte inesperado. Repetimos que está eminente, humano, tierno, noble, inteligente, picante, en su personaje; pero ello no quiere decir que borre ni que achique a quienes encabezan el reparto, que son Aarón Hernán y Bertha Moss, en los papeles más importantes; ellos no dan ninguna sorpresa, porque siempre ha estado soberbios, en todas las actuaciones grandes o chicas que les recordamos; son dos consagrados, premiados, aclamados; pero el que ya se esperó de ellos un gran rendimiento no quiere decir que no sea necesario alabarlos por obtener un triunfo más, ahora en papeles más difíciles que otros que les hemos visto, pues no hay en ninguno de ellos, obviedad, machote, tópico, ni eso que los artistas suelen llaman "asideros"; hay papeles que se hacen solos como los de borracho, drogadicto, ciego; y otros que al no tener de dónde cogerse tienen que ser hechos a cuerno limpio, sin máscara, no con gestos, no con gritos, ni con saltos, sino solamente con la inteligencia y con el corazón; de este corte, que ya se ve poco en la escena, son los papeles que tienen Aarón y Bertha, que con su naturalidad y con su personal simpatía tienen que conquistar al público, apoyados en las palabras escritas y las situaciones creadas por un autor brillante, es cierto, pero sin el cómodo auxilio que brindan a los actores el hacer caricaturas y no finos retratos. En los dos judíos a quienes Hernán y Bertha incorporan no hay tipismo, no hay pintoresquismo (ella ha hecho con gracia una judía caricaturesca, en Violinista en el tejado), sino hay humanidad, hombría de bien, y ternura; es inevitable usar esta última palabra varias veces al hablar de esta obra, pues es el principal de sus ingredientes.

Maciá, que desde que se sacó la lotería ha engordado algo, saca magistralmente un papel antipático, el hueso de la obra; Singer borda su papel de rabino, él sí poniendo algo de gracejo en su interpretación, sin por ello estar a diferente altura de las otras; los jóvenes Edwards y Rocío Banquells en nada desentonan, se incorporan al ritmo y al tono de la obra. A Gilabert sólo hemos de censurarle su atuendo (el director debió de irle a la mano), pues el sheriff de un condado de la gran metrópoli neoyorquina, a cuya zona urbana pertenecen Brooklyn y sus alrededores, no tiene que vestirse de vaquero, como en las películas hacen el del condado de Webb, o los de algunos otros de Texas, Arizona o Nuevo México. Gilabert actúa casi todo el tiempo fuera del escenario, pues el director amplió sus áreas de trabajo extendiéndose por el lunetario, para dar la impresión de los alrededores de la casa, perfectamente lograda por David Antón (que no insiste en su pobreza o su incomodidad).

Nos hemos extendido tanto en las interpretaciones y la dirección de El día en que secuestraron al Papa que casi no tenemos ya espacio para hablar de la pieza. No es una obra maestra, ni genial; pero es una comedia muy grata, muy amable, muy bien intencionada, y que logra todos sus propósitos. Quizá haya alguna reiteración en el primer acto, y no falte la inverosimilitud en alguna de sus acciones, aunque este peligro está sorteado muchísimas veces con el mayor éxito; pero diremos en su honor que se desliza con suavidad, que su humorismo es fino, que abunda en frases acertadas, que no llega a extremos, no recarga en nada la mano. Por ejemplo, en ningún momento aprovecha las oportunidades que se presentan para hablar mal del país en que la cosa ocurre, lo que sin duda sería festejadisimo por todos los públicos; al enfrentar a católicos y judíos, por ninguno marca su preferencia, sino exaltar las virtudes de ambas religiones, y dejar complacidos y aun halagados a los fieles de las dos. Y, observación personal: ésta es la primera vez que oímos hablar en una obra de Vietnam sin obviedad, sin indiscreción y sin demagogia; viene al caso no arrastrada por los cabellos, la mención de esa guerra.

La obra puede clasificarse como pacifista, lo que es una buena intención; y nosotros siempre hemos sido partidarios de las buenas intenciones y de las morales, si van acompañadas de buena calidad artística y literaria; preferimos una obra inmoral, pero bella, a una lección de ética aburrida o vulgar; pero cuando encontramos una obra que además de estar bien hecha y ser hermosa nos deje una enseñanza constructiva, entonces, miel sobre hojuelas; mejor que mejor.

Ojalá que dure un año en el Hidalgo El día en que secuestraron al Papa, para que nadie deje de verla, y quienes así lo deseamos tengamos oportunidad de hacerlo tres o cuatro veces.