FICHA TÉCNICA



Título obra Israfel

Autoría Abelardo Castillo

Dirección Héctor Azar

Elenco Sergio de Bustamante, Guillermo Herrera, Guillermo Herrera, Armando Coria, Velia Vegar, Alvaro Tarcicio, Jaime Manterola, Diana Bracho

Escenografía José Reyes Meza

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Israfel de Abelardo Castillo, dirige Héctor Azar]”, en Siempre!, 11 julio 1973.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   11 de julio de 1973

Columna Teatro

Israfel de Abelardo Castillo, dirige Héctor Azar

Rafael Solana

Algo nos impidió asistir al estreno de Israfel, probablemente la celebración, en la misma noche, de otros espectáculos, pues ahora la multiplicidad de ellos es para el cronista teatral o musical una tortura casi tan grande como era hace años la de no tener a dónde ir; ahora el tormento está en escoger entre varias cosas, lo que se hace, unas veces, por presunción de calidad, otras, por superponer lo mexicano a lo que no lo es, y también algunas por la mayor o menor oportunidad con que la invitación fue recibida.

A conocer Israfel, no pudimos ir sino muy avanzada su temporada; esto a veces lo agradecen los artistas, que ya están más firmes, más seguros en sus papeles, en los que titubean, en algunas ocasiones, en las noches de estreno, dicen unos que porque los ponen nerviosos los críticos, y otros reconocen francamente que es porque no habían estudiado bastante.

Israfel, extravagante título, poco afortunado, para La vida torturada de Edgar Allan Poe, no nos ha parecido una gran obra; su autor, el argentino Abelardo Castillo, nos cuenta algunos episodios de la biografía del gran poeta norteamericano, y encuentra ocasión de mencionar gran parte de sus obras, y de dar al público teatral una idea de cuál es el carácter de ellas; no va en nada de esto descaminado Castillo, a quien puede concederse aprobación como crítico literario; pero como dramaturgo no ha atinado a dar intensidad a su relato, al que falta continuidad; no llega el espectador no digamos a apasionarse, a emocionarse, ni siquiera a interesarse por lo que le suceda a quien no llega a parecer sino como un borrachín extravagante, nunca como un genio poético; recordamos la vida de Arthur Rimbaud, escrita por Miko Viya, y encontramos aquélla mejor construida, más teatral, y más emotiva.

En nada ayuda a acercar a los personajes hacia el espectador la dirección de Héctor Azar, que carece de naturalidad; en vez de pensar en hacer al público sentir la obra se ocupó el director en idear poses "originales", como, por ejemplo, presentar a la primera actriz casi siempre de espaldas al público, con lo que la aleja de él, que se desinteresa de su personaje; otra "originalidad", con la que tuvo recientemente éxito el director Montoro, es ya tener en escena, pero inmóviles, jugando a las estatuas de marfil, a los personajes que van a entrar; se sabrá que ha entrado porque rompen su encantamiento y hablan. Pero más que de pedantesca esta dirección puede simplemente ser tachada de fría.

Es obra para un sólo actor, un sólo, con apagado acompañamiento; ese actor es Sergio de Bustamante; pero alcanzan a dejarse ver otros; Guillermo Herrera, por ejemplo, o Armando Coria; excelente encontramos a Velia Vegar, que nos llama la atención que no sea más frecuentemente aprovechada. Alvaro Tarcicio está muy bien, y saca con vivacidad y buen tono su escena Jaime Manterola. Aunque Diana Bracho, esa linda niña a quien conocimos en brazos de su mamá, tiene un papel bonito, no logra sacarle todo el partido posible, por la manía del director de castigarla haciéndola esquivar el dar el frente al público, con lo que pocas veces tuvimos oportunidad de observar el juego de sus facciones o de escuchar en forma directa, y no de rebote en el fondo del escenario, el tono de su voz.

La escenografía de José Reyes Meza, nos pareció acertada. Nos queda hablar de Sergio de Bustamante, actor a quien mucho admiramos, pero a quien alguna vez hemos calificado aquí de desigual; los buenos actores necesitan de buenas obras, por lo menos de buenos papeles para dar la medida de su talento, como los buenos toreros necesitan de los buenos toros; un gran torero hace un papel decoroso hasta con un toro malo, y un buen actor defiende un papel flojo; pero para que se escriba una página histórica se necesita la conjunción de los dos elementos; hemos visto a grandes actores en órbitas descoloridas (a Sir Lawrence Olivier en Semidetached, a Ermette Zacconi en un melodrama mediocre sobre la colonización italiana del África Oriental); pero como los recordamos indeleblemente es en las obras grandiosas (a Olivier en Enrique V, a Zacconi en King Lear, a Richardon en El mercader de Venecia, a Messemer en Fausto y en El diablo y el buen Dios); Bustamante, que ha estado simpático con Nadia de Haro Oliva o en alguna comedia de Santander, cuando alcanzó la cumbre fue cuando hizo Calígula, de Camus. La verdad es que no ha vuelto a actuar en una obra de ese tamaño. Ahora está bien, y hasta muy bien, excelente a juicio de algunos, en el papel de Poe; pero nosotros tenemos el prejuicio de que los papeles de ciegos, de drogadicto, y, sobre todo, de borracho, se hacen solos, se construyen a base de trucos; claro que también presentan peligros y con ellos es fácil hacer el ridículo; pero... preferimos otros papeles al de borracho que se está cayendo y Sergio de Bustamante tiene talento para brillar en ellos. Ya lo veremos en alguna que nos obligue a aplaudirlo con el entusiasmo con que otras veces lo hicimos.