FICHA TÉCNICA



Título obra Los hijos de Sánchez

Autoría Óscar Lewis

Notas de autoría Vicente Leñero / versión

Dirección Ignacio Retes

Elenco Luis Miranda, Aarón Hernán, Salvador Sánchez, Lolita Beristáin, Joanna Brito, Silvia Caos

Escenografía Alejandro Luna

Espacios teatrales Teatro Jorge Negrete

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los hijos de Sánchez de Óscar Lewis, en versión teatral de Vicente Leñero, dirige Ignacio Retes]”, en Siempre!, 9 agosto 1972.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   9 de agosto de 1972

Columna Teatro

Los hijos de Sánchez de Óscar Lewis, en versión teatral de Vicente Leñero, dirige Ignacio Retes

Rafael Solana

La carrera de Vicente Leñero como autor dramático parece irse orientando, pero conste que no hemos dicho “lamentablemente”, hacia un comercialismo cada vez más a la vista. No lo lamentamos porque es bueno que haya autores comerciales, que vivan del teatro, para que a él se dediquen, y que hagan buenas entradas que dejen vivir a actores, tramoyistas, escenógrafos, etc, ¡Ojalá que hubiera muchos autores comerciales! Eso saldría ganando el teatro en general, aunque lo perdiera, en particular, la literatura dramática.

No somos fanáticos del teatro abnegación, del teatro para minorías selectas, del muy refinado y exclusivo; por el contrario, es nuestra creencia que el teatro es espectáculo de masas, y que su personaje principal es el público. Un autor que triunfa en el sentido de que arrastra público, y de que hace dinero en la taquilla, es para nosotros, por lo menos, un autor respetable.

Ese camino ha escogido Vicente Leñero; ha desdeñado la puerta estrecha, y se lanzado a buscar taquillazos, utilizando en sus obras personajes conocidos, rodeándolas de cierto escándalo publicitario, frecuentemente con el truco de la censura, y halagando los gustos populares, como no hacía en los tiempos de La carpa, obra sin duda más elevada más ambiciosa y mejor que Los hijos de Sánchez, pero ciertamente no igual de taquillera.

Los hijos de Sánchez apenas merece el nombre de obra de Leñero; con unas bien afiladas tijeras ha recortado páginas de un libro célebre, como el autor de ese libro con otras tijeras de no menor filo, recortó a su tiempo cintas magnéticas, con las que hizo una novela pretendidamente antropológica, y que ahora sirve para hacer un drama teatral, que el público se pasa muerto de risa. ¿Es una comedia? Por supuesto que no lo es. No tiene una sola escena humorística o graciosa; pero las carcajadas se oyen a lo largo de toda la función. ¿Es eso un éxito del autor? Sí... en el sentido de que ese público que tanto se ha reído con el sombrío drama, comunicará a sus amistades que ha pasado un rato divertido, y la gente seguirá acudiendo.

Leñero, al recortar, ha desvirtuado el sentido del libro de Oscar Lewis; el antropólogo norteamericano pretendió hacer un deprimente tratado sobre la cultura de la pobreza. Leñero ha hecho un cómico melodrama sobre la cultura de la lujuria. En la pieza nada de lo que pasa se debe a la miseria económica, sino todo a la miseria moral; cada vez que se habla de dinero, Sánchez saca de sus bolsillos el necesario, y Manuel, el flojo de la familia, se gana en unos segundos cien pesos, no solamente en el juego de cartas, sino en el comercio; en cambio todos lo personajes están sujetos a una “calentura” de la que son esclavos; pero lo mismo podría darse en medios económicamente muy diferentes; lo que le pasa al “Negrito” pudo pasarle a Lord Byron, y todos los otros dramas de la lubricidad habrían podido albergarse en palacios; esto cambia por completo el sentido y el objetivo del libro de Lewis... Pero hace más divertida y más taquillera la obra teatral de Leñero.

El éxito de taquilla que indudablemente va a tener esta obra(1),se deberá sin duda a la malicia y a la habilidad del dramaturgo para dar al público más soez la bazofia que pide (y de esto se acusa a la televisión solamente, nunca al teatro); pero el éxito artístico, que también lo hay, ese debemos localizarlo en otra parte, pues para alcanzarlo esta vez quien menos ha contribuido ha sido el comediógrafo, en otras ocasiones base del mérito de sus obras.

Dicen de Retes, quienes le conocen mal, que se olvida de los actores, por ocuparse de otros aspectos de la dirección, en lo que puede brillar más ostentosamente; en eso hay falsedad, pues en nada puede lucir más un director que en el manejo de sus artistas; las luces, los movimientos escénicos, los desplazamientos de carros escenográficos, son secundarios, con respecto al rendimiento que actores y actrices den, y eso nunca por sí mismos, sino bajo una dirección enérgica, sólida, congruente, bien concebida y llevada a término con eficacia.

En la dirección de sus actores brilla esta vez Retes más que nunca, puesto que logra que estén bien algunos de poco renombre o corta experiencia, y eminentes esa es la palabra, algunos que otras noches han estado bien a secas; el caso más notorio de esto último es el de Luis Miranda, que raya a altura extraordinaria, y que en otras obras se había limitado a defenderse con decoro. Para nuestra manera de ver las cosas Miranda da la sorpresa de la obra, conquista las mayores simpatías, muestra mayor ángel que nadie, y se hace el amo de todas las escenas en que interviene; dicho todo esto sin demérito para Aarón Hernán, que lleva el papel titular (el de Sánchez), pero que no sorprende a nadie, pues ya en otras piezas en El juicio, por ejemplo, había estado, recientemente, magnífico. También llama la atención Salvador Sánchez, que si no parece hijo, sino hermano de Aarón, tiene una actuación muy notable y muy colorida, con asideros tan nobles como una borrachera.

La mujeres no lucen tanto como los varones en esta pieza, de léxico eminente varonil; de entre ellas, aunque hay papeles muy lucidores, preferimos a algunos que no tienen los más sobresalientes, como a Lolita Beristáin y a Joanna Brito; de las que llevan los personajes de más viso la que nos ha gustado más ha sido Silvia Caos, sin que queramos insinuar que estén mal, sino solamente por momentos algo borrosas, las otras. El reparto es muy numeroso y contiene, para papeles pequeños, muchos nombres que nos resultan completamente nuevos.

Mucho se ha jaleado la escenografía, de Alejandro Luna, artista nuevo en este campo. De seguro que ha resultado muy costosa, y es muy realista; pero la encontramos ayuna de inspiración o de poesía, aunque sin duda no faltará quien se pregunte que habría tenido que ver la poesía con esta obra tabernaria, en que todos, autores, directores, intérpretes, a lo que le tiran es a obtener un naturalismo casi mal oliente (hay uso de excusado y bacinica en escena), que recuerda los ideales artísticos de los días de Zolá.

Cuando, en Jano es una muchacha, hace veinte años, se dijeron en escena unas cuantas palabras gruesas, la gente se asustó un poco; cuando en Los albañiles se dijeron muchas, el público se quedó muy serio; pero ahora en Los hijos de Sánchez se dicen tantas, que el efecto ha sido una juerga, un estallido constante de risotadas soeces en el lunetario; alguien que pasara por la puerta del teatro y escuchara el estrépito de las carcajadas, imaginaría que se está representando el más hilarante de los vodeviles. Y por reírse de su lenguaje se pierde el público de adentrarse en los diversos dramas de los personajes, que llegan hasta el dolor; el desamparo y la muerte. Y de una tragedia que hace reír, siempre hay que desconfiar un poco.