FICHA TÉCNICA



Título obra Yo... William Shakespeare

Autoría Giacomo Barabino

Dirección Héctor Azar

Elenco Tere Velázquez, Sergio de Bustamante, Ana Ofelia Murguía, Ana Ofelia Murguía,Eduardo Alcaraz, Jorge Lavat, Sergio Klainer, Carlitos Vázquez

Escenografía Antonio López Mancera

Música Jacob S. Trommer

Notas de Música La Orquesta Sinfónica Nacional / interpretación; Luis Herrera de la Fuente / dirección

Espacios teatrales Teatro del Palacio de Bellas Artes

Productores Giacomo Barabino

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El espectáculo Yo... William Shakespeare de Giacomo Barabino, dirige Héctor Azar]”, en Siempre!, 10 mayo 1972.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   10 de mayo de 1972

Columna Teatro

El espectáculo Yo... William Shakespeare de Giacomo Barabino, dirige Héctor Azar

Rafael Solana

Nunca, en los treinta y siete años que tiene de edad el Palacio de Bellas Artes, se había presentado allí un espectáculo teatral tan lujoso como Yo, William Shakespeare, estrenado la noche del 22 de abril de 1972 en función de gran gala a beneficio de la Cruz Roja. En 1948 se puso un gran espectáculo, El sueño de una noche de verano (precisamente de Shakespeare) con orquesta sinfónica, y preciosa decoración de Marichal y bailables; pero el reparto se completó con alumnos de la escuela de teatro, que, aunque hoy algunos de ellos sean celebridades, no eran entonces sino simpáticos jovenzuelos desconocidos (algunos hasta ya vieron ponerse su estrella, y se han retirado, al convento o a la vida privada); unos doce años más tarde se puso, bajo la dirección de don Celestino Gorostiza, Der besuch der alte dame, de Dürrenmatt, con gran reparto; que incluía a Rosita Díaz Gimeno y a Carlos López Moctezuma, pero sin música; antes de estas dos cosas hubo un gran Cyrano de Bergerac, con Fernando Soler, Sagra del Río y Rodolfo hoy Echeverría Álvarez (en aquel tiempo Landa), pero nada parecido a una orquesta sinfónica acompañó aquella fastuosa representación.

El estreno de Yo... Shakespeare (nos ahorraremos el William para economizar papel) marca pues un récord de lujo, de esplendor, allá arriba, en el escenario, y también en la luneta, pues ni en la ópera se ve gente tan ricamente vestida como lucieron esta vez las damas de la Cruz Roja. Allí estaban, por ejemplo, deslumbrantes, Dolores del Río y María Rivas, tomando notas para la función de ellas que se avecinaba, el estreno de La corista a beneficio de la guardería de la ANDA, juzgamos difícil que hayan superado el boato de este estreno; aunque de seguro lo habían intentado.

La Orquesta Sinfónica Nacional, con su director Luis Herrera de la Fuente (pero no completa, pues echamos de menos, por ejemplo, en la sección de los chelos, un greñero que queríamos proponer como ejemplo a un joven para que viese a qué extremos horripilantes puede llegar la moda de no ir a la peluquería) nos pareció... excesiva, para la partitura de don Jacob S. Trommer que consiste en una obertura algo ruidosa, un par de intermezzi, y algunos compases sueltos y muy sigilosos, para acompañar algunas escenas; he aquí un lujo de que pudo prescindirse. También nos pareció exagerado el vestuario de Tere Velázquez, que sacó un kilómetro de velos de diversos matices y varios plumeros folliesbergerianos; pero estos son indicios de que la producción, lejos de ser modesta o apretada, fue sobradísima, torrencial y agobiadora.

Además de lucirse amplísimamente como productor, don Giacomo Barabino cosechó muchos aplausos como autor. Ha escrito una obra interesante a pesar de su longitud, movida no obstante su verbalismo; por supuesto, brillan en ella como joyas (how many a geme of purest ray serene) las frases del propio Shakespeare, que Barabino recortó de algunas obras y montó como piedras preciosas en su contexto; por momentos tuvimos la impresión de que citaba demasiado datos sacados de las enciclopedias o de las biografías, algunos de ellos indiscretos o fuera de cacho, como esos números que algunos secos eruditos han encontrado sobre cuentas que Shakespeare tuvo con sus deudores o acreedores, pagos que hizo, recibos que firmó; pero tal vez eso con el tiempo se marchite y se desprenda, cuando la obra, para poder ser representada con menos gente y menos gasto, vaya reduciéndose a más humanas proporciones.

El único defecto grave que podemos señalar al señor Barabino, autor, es su pobreza como versificador; los prólogos que recita Tere Velázquez son en realidad aludes de participios, que nos anonadan con su sonsonete; casi no hay un octosílabo que no termine en ado o en ido; pero esto también es prescindible; el día en que esta ninfa prologal desaparezca, no solamente se registrará un ahorro en la nómina, sino el público dará una gran respiro; las informaciones que ella da pueden ponerse impresas en los programas, o suprimirse.

Otro defecto del escritor, esta vez venial, es que no logró dar suficiente vigor a la figura central, la de Shakespeare, que palidece ante algunas secundarias; nos hace saber la obra acerca del cisne del Avon todo lo que no nos importa, y nos escatima lo que sí habría podido interesarnos, su personalidad, su carácter. “No se puede estar en todo”, y Barabino se distrajo, en mover docenas de marionetas, del que habría debido de ser el objetivo principal de su trabajo literario.

Pero a pesar de estas tachas la obra es excelente, vivaz, en todo momento interesante, ágil, y merece ser conocida y disfrutada por todos lo públicos, pero más por los estudiantiles, que la encontrarán a la vez que amena, instructiva en grado eminente.

No es posible contar (por defectos del programa) el número de los artistas que toman parte en esta representación; por lo menos un par de docenas (sin contar las tres o cuatro de música): todos están bien vestidos y caracterizados, han sido movidos con talento por el director, Héctor Azar, que también lo entonó con tino; digamos, de paso, que su trabajo en Yo... es el de más aliento que hemos conocido a Azar director; no el más imaginativo, novedoso o sorprendente; pero sí el más sólido, el de mayor firmeza.

Brillan, entre estos veinte o treinta artistas, unos más que otros, y vamos a citarlos aquí por el orden de nuestra preferencia personal; creemos que quien más luce en la obra, aunque muera en el primer acto, es Sergio de Bustamante, que está lleno de animación, que vive con pasión su personaje, Cristopher Marlowe; canta y baila como si estuviera en el teatro de Manolo; pero eso es lo de menos; lo importante es cómo actúa, cómo dice su papel, con fuego, con entusiasmo; después de él citaremos a Ana Ofelia Murguía, que no tiene sino una escena, pero que la saca con admirable maestría, con pocas veces visto imperio escénico; se adueña de la situación, habla con gran riqueza de entonaciones, se mueve con desparpajo; en fin, triunfa en toda la línea; encontramos excelente también a José Gálvez, en su tórrido y tempestuoso papel de Ben Jonson (los programas agregan a ese nombre una hache, como una muestra más del despilfarro de la producción, que ni en letras economiza); muy bien hemos hallado a Eduardo Alcaraz, y sólo después de mencionar a estos artistas brillantísimos viene a los puntos de nuestra pluma Jorge Lavat, que encarna al protagonista de la obra, y que se queda un poco pálido, pensamos que por falta de líneas, sobre todo en el acto inicial; Lavat nunca ha sido un actor de mucha garra; la dirección ha sido siempre la mayor de sus virtudes, lo que es más plausible en un cura o en un secretario particular que en un astro del teatro o de las grandes y pequeñas pantallas.

El decorado, de don Antonio López Mancera (lo habíamos aplaudido ya en las shakespearina Falstaff y Romeo y Julieta) es muy apropiado para la obra, pide pocos cambios, y permite a Azar desenvolverse como pez en el agua, pues él tiene en su casa un “foro Isabelino” muy parecido.

¿Dijimos ya que Tere Velázquez luce muy guapa? Digámoslo, aunque no sea eso novedad. Va y viene por la escena un poco alocadamente, y dice sus corridos con algo de monotonía, lo que tal vez se deba más a la indigencia de la rima que a su propia inexperiencia en la recitación de versos. Y de las estrellas ya nos queda por mencionar sino a Sergio Klainer, a quien hemos notado lánguido y apagado por demás, como si fuese estereotipándose en papeles quebradizos, y juzgamos que éste no necesitaba serlo; le calificaremos de borroso. Luego vienen Carlitos Vázquez, correcto en varios papeles, y quince actores más; nuevos para nosotros, y que alargarían mucho esta nota si fuésemos a mencionarlos a todos por su nombre.

Con vivos aplausos fueron premiados al final de la función de estreno todos los artistas y músicos, el autor-productor, el director, el compositor... fue una verdadera noche de gala, como no recordamos otra en México.