FICHA TÉCNICA



Título obra El Cid

Notas de Título Las mocedades del Cid de Joan Guillén de Castro / inspirada

Autoría Adam Guevara

Dirección Adam Guevara

Elenco Salvador Sánchez, Marta Aura, Ramón Barragán, Eduardo López Rojas, Diego Laínez, Guillermo Gil

Escenografía Félida Medina

Espacios teatrales Teatro Tepeyac

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El Cid de Adam Guevara]”, en Siempre!, 3 mayo 1972.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   3 de mayo de 1972

Columna Teatro

El Cid de Adam Guevara

Rafael Solana

Quedamos ampliamente compensados al ser deslumbrados, tal es la palabra justa, por una representación de El Cid, de Adam Guevara, que vimos, menos que en familia, en el lejano teatro Tepeyac, a donde tan bella obra ha sido desterrada.

Nos inclinamos ante el talento del autor para espigar, con el mejor gusto, con el más atinado criterio, en Las mocedades, de Guillén de Castro, con algunas hojas arrancadas de otras obras, para componer esta pieza que legítimamente puede llamar suya, aunque no se le puedan atribuir ni la trama, ni el léxico, ni los caracteres, ni la versificación. Demuestra Guevara al armar este centón que se puede ser moderno, y aun ultramoderno, sin ser soez, ni procaz, ni morboso. Como director también tiene sólo aciertos; escogió admirablemente los tipos, y, sobre todo, las voces; su caracterización del rey Fernando casi como un astuto enano demuestra criterio histórico y talento dramático; el contraste de ese rey con sus vigorosos vasallos es uno de los elementos de gran fuerza con que cuenta la representación; han sido vestidos sin naturalismo, sin erudición, con meras pinceladas evocadoras, y movidos dentro de una escenografía que nos inclina una vez más, como alguna antes lo hemos hecho, a llamar genial a Félida Medina; no somos medinófilos a como dé lugar, y algunos trabajos suyos nos han parecido desacertados (nos chocó su decorado para Frida Kahlo, particularmente); pero esta vez ha usado de su imaginación fértil, y en vez de limitarse a encuadrar la acción en muros más o menos idóneos, ha colaborado para dar el ambiente psicológico, el sentido histórico de la pieza, además de componer un cuadro de la mayor visualidad; ha hecho más, una escenografía viva, que se mueve en ciertos momentos, que habla, al hacer ciertos ruidos; nunca hemos sentido por la hermosa Félida mayor entusiasmo ni admiración más grande.

Obra, director, escenografía, he allí tres elementos que hacen grande la representación de El Cid; pero queda por señalar uno más de la primera importancia; la interpretación; no vimos a Sergio Klainer, estrenar la obra; pero no creemos que haya estado mejor que Salvador Sánchez, que tiene en esta pieza el mejor de cuantos trabajos le hemos conocido, que no son pocos; se ha utilizado su buena figura, muy varonil, ya que no muy distinguida, y sobre todo, su excelente voz; la obra está puesta en tono épico, es decir, casi siempre gritada; pero ello viene al caso esta vez, y no como muchas otras, en que los alaridos resultan gratuitos; estupenda también, muy guapa, muy sensible, muy vibrante, está Marta Aura también, en el mejor trabajo de su vida; y magníficos los otros tres actores del reparto, dignos todos de mención afectuosa y de aplauso: Ramón Barragán, el rey; Eduardo López Rojas, Diego Laínez, y Guillermo Gil, que hace el doble papel del conde Lozano y de don Martín González.

Como una muestra de inteligente trabajo de dirección de Adam Guevara, cuyo nombre nos inspirará desde ahora curiosidad, y nos significará garantía de buena clase, queremos señalar su ingeniosa manera de utilizar a los muertos para que sigan en escena pronunciando palabras que les convienen, a pesar de ser difuntos; pálidas máscaras, que nos han recordado a la estatua del Comendador, en Don Giovanni, los identifican como seres de otro mundo, y no dejan al público caer en confusión. Tampoco la hay cuando un personaje pronuncia palabras que son del papel de otro, sino se percibe su carácter de resonancias en la mente de quien las escucha.

Sería una buena obra rescatar esta pieza excelente del desierto en que agoniza de soledad y de frío, y traerla a un teatro del centro, donde le sea más factible interesar al público, y sobre todo al culto, al universitario (esto sí que conviene a los estudiantes, y no otra dieta vomitiva, a la que con frecuencia se les sujeta) y el de personas que tuvieron a su tiempo lecturas. Se nos ocurre que el Reforma, que está vacío, sería un excelente local, mientras se le ocupa, o el Xola, que se ha quedado sin actor. Y valdría la pena también de enviarla a girar a la provincia, lo que no será muy caro, y sí en cambio muy instructivo; también quisiéramos llamar la atención de la Comisión de Radiodifusión acerca del acierto que sería filmar esta obra, que no será muy caro, para conservarla en el tiempo, y para exportarla a otros países, España inclusive, una vez limpiada de errores muy leves, como la supresión de alguna diéresis, que hace cojear unos cuantos versos.