FICHA TÉCNICA



Título obra El juicio

Autoría Vicente Leñero

Dirección Ignacio Retes

Elenco Aarón Hernán, Silvia Caos, Salvador Sánchez, Willebaldo López, César Castro, Marcos Ortiz, Jorge Mateos, Demetrio Sodi, Eugenio Cobo

Escenografía Félida Medina

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El juicio de Vicente Leñero, dirige Ignacio Retes]”, en Siempre!, 17 noviembre 1971.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   17 de noviembre de 1971

Columna Teatro

El juicio de Vicente Leñero, dirige Ignacio Retes

Rafael Solana

Se hizo una agitación periodística de cierta importancia en torno a la posibilidad de que fuesen prohibidas las representaciones de El juicio(1),una nueva obra de teatro documental, de Vicente Leñero. Esa agitación fue un tanto artificial, provocada por los organizadores del espectáculo con miras a despertar interés y estimular la taquilla. Un truco publicitario que no tiene nada de ilegítimo, y que produjo el resultado apetecido, pues la obra ha tenido en sus primeros días llenos absolutos.

La escenografía, de la inteligente y laureada Félida Medina, consiste en cámara negra, unos cuantos desniveles de tablones apoyados en tubos, y... unas sillas; todo lo más desabrido y neutro posible; sin embargo, será sin duda la escenografía más cara del año. Para montarla quitó la escenógrafa la fila A de butacas; veinte a veinticinco pesos, son quinientos por función, 100 mil pesos para cuando lleguen a las doscientas representaciones; lo que cuesta hacer una casita. Esto no significaría nada si esas butacas fuesen a permanecer vacías; pero el público pregunta por ellas, y se queda a las puertas del teatro sin poder entrar; ahora les dolerá a los empresarios el haber autorizado a Félida esta tala de sillas.

La obra es estupenda; distinta de las dos mejores de Leñero, Los albañiles y La carpa(2), sin aliento poético, sin espíritu de creación, sino contenida dentro de los límites de un reportaje; es a las otras lo que un libro de historia sería a una novela; los personajes hablan con su propio estilo, y el dramatismo de los hechos no lo inventó el escritor, sino sólo lo tomó de los periódicos. No creó a esos personajes, sino los recortó de una página de la historia, hasta con sus propios nombres, y con sus palabras exactas; una labor de mosaicista más que una de poeta; se ha limitado don Vicente a juntar las piezas de un rompecabezas; pero aun para eso se necesita talento; ha escogido los momentos de mayor dramatismo, los ha hilvanado de manera que tengan secuencia y ritmo; el acierto de Leñero es mucho mayor en el primer acto que en el segundo, en el que se han deslizado muchas repeticiones, y en que la figura central (la madre Conchita) tiene menos fuerza que la del acto inicial (Toral). También resultan reiterativos y prolongados algunos discursos del acto final.

El público, en el que abundan las cabecitas blancas, sigue con vivísimo interés la narración; hemos escuchado a algunas personas decir: “yo lo conocí” (Padilla, a Orcí, a Aarón Sáenz, a Valente Quintana; nosotros mismos conocimos y tratamos a varios de los personajes de esta obra); algunos espectadores susurran a su compañero de butaca: “es cierto, así fue eso”, o al revés “No es verdad lo que está diciendo ese señor; lo cierto fue que...”.

Inaugura, en realidad, Leñero, el teatro reportaje mexicano, con esta obra; hay antecedentes, pero ninguno tan logrado, tan exacto tan perfecto; como buen periodista, o historiador, no toma partido Leñero, sino procura ser imparcial y dejar a cada personaje describirse a sí mismo y juzgar la validez sus propios actos.

Muchas obras hemos visto acerca de jurados; las policíacas, desde El proceso de Mary Dugan o Testigo de cargo, hasta cien más, y las históricas, como El caso Oppenheimer o Los Rosenberg no deben morir (sin duda Leñero conocía estas últimas, y no temió imitarlas); pero nunca el asunto había llegado tan hondamente al público mexicano, ni los caracteres principales habían quedado tan bien descritos, ni se había logrado medida trágica en los protagonistas, el principal de los cuales, José de León, consigue interesar y aún estremecer al público, con la verdad de su drama.

Se ha prestado ese papel a una interpretación positivamente extraordinaria, por parte de Aarón Hernán, que tal vez pueda ser proclamado por este trabajo el mejor actor del año; no se ocupó únicamente por parecerse a Toral en el peinado o en la ropa, sino se ha adentrado en el personaje, lo ha sentido íntimamente, se ha incendiado en su fuego. Convincentísimos de honestidad interna son todos sus argumentos, y su forma de darles expresión. No escapa, por supuesto, a la condenación en que la obra termina y que no puede menos que parecer justa, aunque justo haya sido también, para quien lo cometió, el crimen que es motivo de la obra, la madre Conchita está menos bien delineada, está menos clara su conducta, hay cierta ambigüedad en algunas de sus actitudes. Silvia Caos, con estar bien, se resiente en su actuación de estas debilidades del personaje.

El director, Ignacio Retes, se vio ante el conflicto de montar una obra eminentemente verbalista, y que no consiste sino en un torrente de palabras, muy interesantes y fuertes, pero otras rutinarias e insípidas. Matizó, como tenía que hacer, tratando de proporcionar a cada personaje ciertas características fónicas que lo diferenciaran de los otros; en este reparto, unos salieron ganando, y perdiendo otros; nos han resultado poco agradables tres actores, no porque no sean ellos excelentes, o no cumplan muy bien con lo que les tocó hacer, sino porque les correspondieron en la orquestación instrumentos de timbre menos grato que el de otros; así, por ejemplo, Salvador Sánchez hace un procurador enojado por demás, Willebaldo López, un chichimeca cazurro, ladino y brusco, y César Castro un abogado defensor algo redicho y cursi; comprendemos que era necesario dar estas tonalidades extrañas para romper la monotonía de las peroratas. Marcos Ortiz en cambio hizo un orador brillante, y lo hizo bien, Jorge Mateos está excelente en el papel del licenciado Demetrio Sodi, y muy correcto Eugenio Cobo en el suyo.

El juicio es una pieza, que no queremos llamar teatral, interesantísima, un documento histórico importante, un reportaje que apasiona, y como representación, un triunfo del director y de varios de los actores, a la cabeza de los cuales aparece Aarón Hernán. Los bonos de Vicente Leñero como autor continúan subiendo. Es no solamente un escritor estupendo, sino, lo que raras veces va aparejado con lo otro, un autor de gran éxito de taquilla, que va a dar mucho dinero a ganar a sus empresarios.


Notas

1. La obra se estrenó el 29 de octubre en el teatro Orientación. Jovita Millán, “Registro de obra de Vicente Leñero” en Lecturas desde afuera. Ensayos sobre la obra de Vicente Leñero. Comp. Kirstein F. Nigro, El Milagro-UNAM, México, 1997, p. 262
2. Cuyas crónicas del 9 de julio de 1969 y del 14 de abril de 1971 respectivamente, se incluyen en este volumen.