FICHA TÉCNICA



Título obra Hogar

Autoría David Storey

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Ignacio López Tarso, Carlos Ancira, Ofelia Guilmain, Virginia Manzano, Eduardo Liñán

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Hogar de David Storey, dirige Rafael López Miarnau]”, en Siempre!, 10 noviembre 1971.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   10 de noviembre de 1971

Columna Teatro

Hogar de David Storey, dirige Rafael López Miarnau

Rafael Solana

Vale como una regla general el que en el teatro lo principal es la obra (“The play is the thing”, dicen en Broadway); pero como todas las reglas ésta tiene sus excepciones; hay casos en que la gente va al teatro para ver a los artistas; recuerdo, hace muchos años, al inmenso don Ermette Zacconi, en el Quirino, en Roma, en una pieza malísima acerca de la colonización italiana del África, y hace poco, en Londres, a Sir Lawrence Olivier en una comedia muy floja, Semidetached, que sin embargo llenaba el teatro, por la fama de su intérprete. aquí, cambiando de tono y de producciones, cuántas veces la gente va sólo por ver a Garcés, a Malgesto o a Nadia, sin importar en qué bodrio actúen.

También el director tiene prestigio; pero rara vez taquilla; Rafael López Miarnau, a quien la inteligente Malkah Robell [sic](1)cita en su más reciente libro como el mejor “y el más noble” de nuestros directores (porque no trata de brillar en lo personal, sino de que brillen la obra y los actores) no se fía de su sólo nombre, y para estrenar una reciente obra inglesa reúne un cuarteto de artistas gigantes, a los que la prensa ha llamado, a la manera de Cocteau, “monstruos sagrados”. Esos artistas tienen su arrastre, y ellos llenan el teatro Xola. La obra... unos la entienden, o la disfrutan, y otros no; pero aun esos otros se dan por bien servidos con el concierto de actuación que dan los cuatro grandes intérpretes, y el espectáculo es un triunfo.

Home, se llama la obra de David Storey; aquí, Hogar; es una pieza del antiteatro, sin pizca de acción, de mera palabrería, pero está toda ella tan bien dicha, que no hay palabra que se desperdicie; a las más banales y con ellas están hechas largas escenas, les saben dar sus intérpretes una entonación tan magistral, que la delicia del público no cesa; nada ocurre en la escena, todo acaba donde empieza; al día siguiente de la que por mera costumbre llamaremos acción, todo podría repetirse exactamente igual, y se sospecha que el día anterior ya hubo diálogos muy semejantes, de buscada trivialidad, sobre el tiempo, sobre recuerdos familiares y personales... ¡qué grandes tienen que ser los actores, y las actrices, que a estos textos sepan sacarles brillo! Pero lo son los cuatro que López Miarnau escogió en las máximas alturas de nuestro medio teatral, tan prestigiosos todos que se ha convenido en anunciarlos por el orden en su aparición en escena, como reconocimiento de que ninguno es más grande que otro.

Pero... sí hay uno más grande, y ese es López Tarso; otra vez, como cuando se dio con la enorme Dolores del Río, se excede, se apodera del ánimo del público, impone su personalidad y su maestría; cierto que su papel tiene mejores líneas, pues el de su alternante Carlos Ancira, otro coloso, a ratos se limita a sentir, pero ya Ancira tuvo su día de gloria al lado de López Tarso cuando encontró un papel adecuado, en El precio; ahora le corresponde ceder, y lo hace, pensamos que sin tristeza ni envidia, como tienen que suceder estas cosas en esas cumbres. Ancira también está magistral y perfecto en el que llamaremos el segundo papel de la pieza, más difícil que el otro por tener menos asideros; pero todos los que tiene están aprovechados hasta el límite.

Y junto a estos dos tigres, dos leonas: Ofelia Guilmain, que está encantadora, y Virginia Manzano, felicísima en su creación; ponen estas dos reinas de la escena la nota cómica y alegre del primer acto, que se vuelve, con ellas, de comedia; algo de melancolía dará el tinte al acto segundo; la pieza nos ha parecido magistralmente construida e intesantísma; hay teatro moderno malo, y hay teatro moderno bueno; y este de Storey es bueno como el de su paisano Pinter y el de otros escritores de su tierra. No fácil, no amable, pero de buena calidad literaria y humana. Dice algo; hace reír, a ratos, pero también sentir y meditar en otros; quizá quienes la primera vez que la vean no capten del todo el sentido de la pieza, harían bien el volver a verla, pues le sacarían mejor provecho.

Julio Prieto ha hecho una escenografía, aunque sencilla (o tal vez por ello) perfectamente conveniente para el espíritu de la comedia. López Miarnau la ha dirigido con su preciosismo habitual, con el más vigilante cuidado del detalle en entonaciones, y actitudes o gestos; hay un quinto actor, mucho menos famoso que los cuatro grandes, que es Eduardo Liñán, quien en nada desentona; pero desde luego la gente irá al Xola por el prestigio de los cuatro nombres que encabezan el reparto, y por el rumor que de inmediato se corre de que todos ellos están enormes, pero una vez en la sala, irá el público apreciando las buenas cualidades de la obra, así no puedan todos descubrirlas en el primer momento, de modo que puede esperarse, si el público mexicano es ya tan inteligente como pensamos, larga vida en cartelera para Hogar.


Notas

1. Probable error tipográfico, pues se refiere a la crítica Malkah Rabell.