FICHA TÉCNICA



Título obra Todo en el jardín

Autoría Edward Albee

Dirección Dimitrios Sarrás

Elenco Martha Roth, Rosario Gálvez, Miguel Corcega, Wolf Ruvinskys

Escenografía Julio Prieto

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Todo en el jardín de Edward Albee, dirige Dimitrios Sarrás]”, en Siempre!, 1 septiembre 1971.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   1 de septiembre de 1971

Columna Teatro

Todo en el jardín de Edward Albee, dirige Dimitrios Sarrás

Rafael Solana

De entre las obras de Edward Albee que conocemos, nuestra preferencia se inclina hacia Todo en el jardín como la más cuajada, la más madura, la más hecha; las primeras fueron hervores, explosiones, en las que el joven tintorero de Brooklyn mostró su natural talento, su vigor, pero en esta última que llega a nosotros, a través de una afortunada traducción de la señora Mitchell, ya hay más que eso: hay oficio, hay seguridad en el manejo de los elementos dramáticos, hay intención. Tal vez ya ha podido Albee leer algo, o enterarse de lo que existe; esta pieza nueva tiene el espíritu de las algunas de la Edad Media que se llamaron “moralidades”, o “enxiemplos”; no se trata de copiar la vida real, de reproducir sobre la escena un fait divers (que es el anticuadísimo sistema de quienes hoy pretenden ser muy modernos haciendo “teatro documental” con recortes de periódicos), ni de una “escena de la vida conyugal” tal como entendía eso Balzac (y la primera obra de Albee no iba más allá de ese intento), sino el escritor se ha propuesto decir algo, ejemplificarlo, llevarlo a sus últimas consecuencias, por la reductio ad absurdum de la que hace cinco años no tenía idea; todo esto significa más elaboración, más cultura, más habilidad por parte del autor, que no es ya el salvaje de las primeras piezas que llevaron su firma, sino un literato profesional, enterado y dueño de sus recursos.

Todo es maestría en la construcción de esta pieza, que va de la mera, trivial, cotidiana conversación de dos únicos personajes, marido y mujer, a la gran orquestación de una fiesta de esos mismos con nueve más, en un crescendo que recuerda el del Bolero, de Ravel; la tesis, porque la hay, es que no se puede poner un pie en la escalera del vicio sin acabar por rodarla hasta el fondo. Albee ha utilizado para su ejemplo uno de los vicios peor vistos, la prostitución, y como móvil, la más abyecta de las pasiones, la ambición de dinero. Balzac mismo, que con tanto deleite se regodeó en este tema, no llegó a cuajar una fábula tan perfecta como la que Albee ha imaginado.

Rasgo de genio ha sido en Albee no poner a sus ambiciosos en una clase social en que esa ambición pudiese confundirse con la necesidad; no, no son los pobres quienes más anhelan el dinero, sino quienes menos lo necesitan; Julio Prieto construyó la casa cómoda y hasta algo lujosa de quienes viven con desahogo, no padecen hambre ni frío; pero están comidos por esa ambición ridícula de tener más que Albee ha ejemplificado, casi cómicamente, en jardín, invernadero, podadora manual, podadora motorizada, jardinero japonés, compañía cuidadora de jardines, todo tan absurdo, tan necio, tan estúpido que pone de resalte la vanidad de aquellas ambiciones que conducen hasta la abyección y hacia el crimen a las idiotizadas personas que son sus víctimas.

Dimitrios Sarrás ha dirigido perfectamente, en plan de “moralidad” o de “enxiemplo”, y no de comedia dramática, esta obra, cuyo sentido supo penetrar perfectamente. De uno de los personajes, la señora Toothe, hace, por medio de sus extravagantes tocados, una especie de aparición, de alegoría, que se parece a la Muerte que aparece en obras de Casona, de García Lorca o de Cocteau de hace cuarenta años. Los personajes principales no hablan como lo harían en casa, de una manera natural, cotidiana, sino recitan subrayadamente, como si estuviesen trabajando en el atrio de una iglesia y quisieran ser escuchados con claridad por el pueblo. Estos diálogos redichos, marcados, en boca de Martha Roth, nos hacen sentir que Albee y Sarrás no ven en ella a una señora, sino a un símbolo, a un personaje, como los genéricos de algunos autos de Calderón. Así podemos entender que ese último acto, que ha parecido tan inmoral a algunos, no es algo que el dramaturgo nos esté presentando como cosa que sucede, o que ha sucedido, sino como lo que “podría suceder”, si se parte de la premisa inicial, la adoración del becerro de oro, el deseo de más dinero, a cualquier coste, con el sacrificio de lo más notable y de lo más puro, de lo más elevado o lo más diáfano, hasta llegar al lodo más infecto, con tal de fumar una mejor marca de cigarros o de tener una más cara podadora de pasto.

Hay que ver esta obra, hay que escuchar su lección, hay que entender su moraleja, hay que admirar la maestría del autor, la habilidad del director, el talento de los intérpretes principales; algunos son secundarios, meras figuras decorativas del movido cuadro final; dos o tres tienen alma (el niño está perfectamente jugado, para llevar el contrapunto) y otros dos son entelequias o simbolismos, el diablo celestinesco y el ángel guardián, tan incorpóreo, que a veces habla a los espectadores sin ser visto ni oído por los personajes. En estos dos artistas no estamos de acuerdo con Sarrás; pensamos que debió escoger personas de mayor edad, más intemporales, para sacarlas más del contexto social de la obra. La señora Toothe debió de haber sido una vieja, para hacer más efecto; ya sabemos que no hay ni una sola vieja en la ANDA; pero, en fin, una de esas muchachas que ya tienen la medalla Nanche Arozamena por cincuenta años de carrera (la Virginia Fábregas, por veinticinco, la tienen hasta algunas niñas); Rosario Gálvez desentona porque representa a una mujer más atractiva físicamente que las que ella misma administra; si ella hubiese representado más años, y Córcega también, se habría justificado el que al verla Miguel recordase tiempos muy remotos; una vieja y un viejo seculares o casi habrían puesto una nota lírica más justa y más apegada al espíritu aleccionador de la pieza.

A quienes hemos encontrado perfectos en sus interpretaciones, con mucho las mejores que les recordemos, es a Wolf Ruvinskys y a Martha Roth. Ellos dos, pero sobre todo él, dan el intenso dramatismo de algunas magistrales escenas. Hay alguna de gritos y palabrotas que están perfectamente sacados que no hay entre el público quien no encuentre necesarios así el tono exaltado como el vocabulario soldadesco.

Creemos que de cuanto hay actualmente en cartelera, es Todo en el jardín la mejor obra, y uno de los dos mejores espectáculos (el otro es Las mariposas son libres), y recomendamos no nada más a los amantes del teatro, sino a todos los habitantes de la ciudad, que la vean porque no se trata sólo de un excelente producto artístico, de la más fina calidad, sino de una lección de vida que a todos nos hará bien escuchar, para meditar sobre ella.