FICHA TÉCNICA



Título obra Las mariposas son libres

Notas de Título Julissa / traducción

Autoría Leonard Gershe

Dirección José Luis Ibáñez

Elenco Julissa, María Teresa Rivas, Benny Ibarra, Enrique Atonal

Escenografía Antonio López Mancera

Espacios teatrales Teatro del Músico

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Las mariposas son libres de Leonard Gershe, dirige José Luis Ibáñez]”, en Siempre!, 25 agosto 1971.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   25 de agosto de 1971

Columna Teatro

Las mariposas son libres de Leonard Gershe, dirige José Luis Ibáñez

Rafael Solana

Qué hermosa experiencia. El teatro estaba completamente lleno de público, y el público estaba completamente lleno de teatro. La sala, que no es pequeña, abarrotada, agotada, en la noche de un jueves cualquiera, y sin estar en el cartel ningún ídolo irresistible; no se trataba ni de Don Juan Tenorio, ni de La dama de las camelias, ni de Las Leandras, ni se anunciaba a doña Amparo ni a doña Silvia, a don Ignacio ni a don Mauricio, ni a don Manolo ni a doña Lola; un público burgués, el propio del teatro mexicano, la clase media un poco alta, que puede pagar veinticinco pesos, colmaba el lunetario; y el autor, a través del triple obstáculo, o con ayuda del triple trampolín, de la traducción, de la dirección y de la interpretación, estaba llegando al fondo de aquel público, inundándolo, absorbiéndolo, llevándole su creación dramática y literaria y embebiéndolo en ella, haciéndolo tomar partido por unos u otros, o por todos sus personajes, alternativamente, interesándolo en los problemas, conmoviéndolo. Era la perfecta comunión teatral entre creadores y espectadores, pocas veces lograda tan intensa y perfectamente.

El teatro era el del Músico, y la obra, Las mariposas son libres, de Leonard Gershe, pieza de la que informamos ya aquí que triunfa actualmente en París, en Madrid, y de seguro en otras ciudades más. Es una comedia bellísima, original sin extravagancia, novedosa en su ambiente y en su lenguaje, que no necesita ser tabernario para resultar moderno; hábil en su construcción, que no reniega del tradicionalismo; no temió el escritor parecer “fresa”, por el hecho de no fragmentar en veinte sketchs su obra, barajando los tiempos y atiborrando el escenario de personajes sin importancia; con apego a las viejas y desacreditadas, pero por lo visto válidas unidades aristotélicas de tiempo, de espacio y de acción, ha hecho, como los griegos, una pieza muy hermosa. Y, también en esto, que es más difícil, imitando a los helenos, ha conseguido dar vigor a su tragedia haciendo que todos los contendientes tengan la razón. El público escucha los alegatos de las dos generaciones en conflicto, y se va inclinando por una o por otra, comprendiendo que cada uno de los personajes en choque blande conceptos y sentimientos que son justos y plausibles. ¿Quién gana, al final; la juventud o la momiza? No lo revelaremos, pues debe ir a saberlo en el teatro mismo cada uno de nuestros lectores.

Esta pieza será el éxito del año, la que todos querrán ver y nadie dejará de recomendar, la que a muchos hará pensar, y a no pocos volver; la que dejará enseñanzas, tocará fibras, y hará brotar sentimientos en los espectadores. La que a la vez que divierte, pues es cómica, y dramática, y tierna, enseña, pues toca puntos, por ejemplo, las relaciones familiares, y las sexuales, que a todos atañen, porque, si bien puede haber quien no sea padre o madre, o esposo, o novio, nadie hay que no sea o haya sido hijo. Así el público al que se dirige no nada más es amplísimo, sino es total, es todo ser humano que haya nacido de una madre.

A los aciertos del autor, que son muchos y muy grandes, hay que agregar los de la traductora, que son enormes. Ha logrado Julissa, además de dar al léxico un sabor de modernidad, con los giros más al día entre la juventud, conservar toda la inteligencia que contienen ciertos diálogos tan agudos, chispeantes y rápidos, que podríamos decir que desde Wilde y Maughman no escuchábamos unos iguales en un teatro; la gran escena entre las dos mujeres del reparto hace pensar en la clásica del segundo acto de La importancia de llamarse Ernesto, un torneo de afiladas agresiones disfrazadas, un duelo con rosas en las puntas de los floretes y los tres personajes del drama, para hablar así, tienen que ser inteligentes, y el público para seguirlos y disfrutarlos; una traducción indiscreta o sin alas pudo haber marchitado todo este encanto, disipando todo este perfume; la de Julissa, admirable, los conserva, y tenemos por eso que aplaudirla muy sinceramente.

Esta comedia fina, que le proporcionó algunos asideros muy seguros, José Luis Ibáñez ha sabido dirigirla sin lastimarla; ha manejado a estas mariposas sin tirarles el polen de las alas; ha conservado la enorme velocidad que para su completa eficacia requiere el espejeante diálogo, y ha obtenido que los personajes despierten humana simpatía, que se sienta que son seres vivos, y no creaciones artísticas. Y ha podido matizar, distribuyendo en sus momentos justos la frecuente nota cómica, la sentimental, la dramática; un acierto absoluto. Lo es también, la escenografía, que responde visual y mecánicamente a la descripción que varias veces de ellas hace el texto, y crea los obstáculos necesarios para el difícil movimiento escénico. Por ella hay que felicitar a Toño López Mancera.

Por excelente que sea una obra, por fina que sea una traducción por inteligente que una dirección resulte, el público de nada de eso puede enterarse si todo no lo hacen notar los intérpretes. El gran público (no hablo de los críticos y los criticones que van el día del estreno) no ve ni oye sino a los artistas, y sólo a través de ellos conoce todo lo demás. Sin buenos intérpretes, la mejor obra o la mejor dirección difícilmente podrán sacar la cabeza.

Pero La mariposas son libres tiene intérpretes extraordinarios. Julissa, a quien conocíamos desde niña (y a su madre también, saltando la comba), nos había parecido hasta ahora un encanto de chica, linda y fresca, inteligente y cultivada; pero nunca una gran actriz; ahora... no diremos tanto, pero si que en este papel que ella misma se escribió (al ir traduciendo) encajó tan perfectamente, está tan justa, que parece inconcebible que otra actriz pueda hacerlo (sentimos no haber visto la obra en Madrid o en París, para comparar); todas sus virtudes personales de encanto, de gracia, de juventud, de belleza, de talento entran en el juego y la ayuda a crear su personaje, a hacerlo vívido. Está deliciosa, y nadie podrá dejar de perdonar, por méritos de la intérprete, las faltas, las ligerezas o las inconsecuencias del personaje que ella anima. Y estupenda, de una pieza, admirable está también doña María Teresa Rivas, gran actriz que ha tocado ya las cuerdas más altas de la lira, que ha hecho Eurípides y que ha hecho Strindberg, pero que ahora se ajusta a esta comedia de diálogo wildeano como si hubiese nacido para este género, no menos difícil que la tragedia de Séneca; sus respuestas aceradas parecen hacer de ella un personaje con más cerebro que corazón; pero detrás de una coraza de energía y de ironía siempre acaba por descubrirse la ternura de una madre, no sentimental, no dulzona, según el clisé cursi que tantos han aprovechado, sino un tanto pudorosa de sus sentimientos; un papel que requiere mucha inteligencia para ser bien matizado; sin duda director y actriz la tienen, puesto que han alcanzado un logro tan maduro y tan ejemplar en este papel, que no es el menos difícil de la obra.

Dejamos para el tercer lugar, como él mismo caballerosamente hace al salir a recibir los aplausos finales, a Benny Ibarra, a pesar de que es la estrella de la pieza. Su personaje es el central, aquel sin el cual la obra rodaría; está en escena casi siempre, provoca todos los incidentes, es el centro de ellos, la causa de todos los conflictos, y la cabeza sobre la que caen todas las consecuencias del drama. Sabe sobrellevar, a pesar de su cortísima experiencia teatral, todo ese peso, que sería enorme para un artista mucho más avezado que él; tal vez la suya no sea una interpretación genial, y no sería difícil a un crítico medianamente severo anotarle muchas tachas; pero hace Benny su papel con tal sinceridad, con tan fogoso empeño, con una devoción y un cariño tan grandes, en fin, con tal admirable sinceridad, que conquista al público desde la segunda escena, y se va adentrando en el ánimo de los espectadores para ganarse toda su simpatía; pocas veces hemos visto un trabajo tan honrado, una compenetración tan íntima de un actor con su personaje; todas las posibles imperfecciones de orden artístico quedan borradas, alejadas, pues la verdad de esta labor interpretativa las destierra; ni por un momento dudamos de que la crítica vaya a escoger a Benny Ibarra como la revelación artística del año, ya que para ese premio no se requiere la perfección, sino la sorpresa, y la promesa de futuro perfeccionamiento.

Nos queda por mencionar un actor más, que aparece en el último acto, Enrique Atonal, de quien sólo diremos que está exacto, de tipo y de actuación, en su rol pequeño, que completa, como la última rueda del reloj, una máquina intachable y magnífica, una creación en la que todos sus participantes colaboran para hacer brillar un acontecimiento artístico de la mayor luminosidad, algo que ha de ver todo el que ame el teatro, y que hará amar al teatro a todo el que la vea.