FICHA TÉCNICA



Título obra El péndulo

Autoría Aldo Nicolai

Dirección Maricela Lara

Elenco Raúl Bóxer, María Balzares

Espacios teatrales Teatro el Granero

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El péndulo de Aldo Nicolai, dirige Maricela Lara]”, en Siempre!, 14 julio 1971.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   14 de julio de 1971

Columna Teatro

El péndulo de Aldo Nicolai, dirige Maricela Lara

Rafael Solana

Se van poniendo de moda las obras “cómodas”, como para hacer una gira en bicicleta, porque tienen pocos problemas de reparto y de presentación, por ejemplo, Las manos de Eurídice, con un sólo actor, ha vuelto, y está los lunes en el teatro Hidalgo (ya Carlos Ancira dejó instituido el lunes como el día del monólogo); el actor que ahora la hace tuvo con esta obra un buen éxito de taquilla y uno muy honorable de aplausos en la noche de su presentación.

Y ha surgido ya otra nueva pareja matrimonial, como la de Óscar Morelli y su señora, o la de Willebaldo López y la suya, la de Miguel Córcega y Bárbara Gil, para hacer obras de dos personajes, sin tener que repartir la taquilla con nadie; se trata ahora de Raúl Bóxer y María Balzares, que tras de probarse en provincia, al parecer con muy buen éxito (en Morelia hasta fueron premiados) se han presentado en el teatro del Granero con El péndulo, de Aldo Nicolai, bajo la dirección de Maricela Lara.

En esta obra dos envejecidos esposos, en la soledad y el aburrimiento de su hogar, recuerdan, en forma un tanto agria, algunos pasajes de su vida, y critican acerbamente los “tiempos modernos”; cualquier semejanza con Esta noche juntos, amándonos tanto, de Maruxa Vilalta, representada hace poco en el mismo local por Pilar Souza y Roberto Dumont, será producto de la coincidencia de escenario, únicamente.

Maricela, María y Raúl, tres jovenazos, casi tres criaturas, nos dan una versión bastante simpática, y hasta cómica, de cómo se imaginan ellos que serán los ancianitos de 52 y 55 años, tembeleques, encorvados, reblandecidos y necios; arrastran los pies, se les sacude la barbilla, y se les cae la baba de puro chochos a estos vejestorios; les dará a estos tres artistas, cuando lleguen a la edad de que hablamos, como les deseamos, acordarse de cómo en su juventud se imaginaban que son los quincuagenarios. Probablemente ninguno de ellos ha tenido en su vida la ocasión de conocer a nadie de esa avanzada edad, y de observar los síntomas morfológicos y fisiológicos de antigüedad tan respetable.

También son irascibles, esos ancianitos. Cuando uno de ellos habla, por ejemplo, de que ya hasta las legumbres vienen en lata, no lo dice con cierto tinte de melancolía, con irónica protesta, con desdeñoso asco, sino con una brutal indignación, con un estallido tan violento de furia, que no podemos imaginarnos cómo diría, por ejemplo, que su casa ha sido bombardeada y murió toda su familia; no podría estar por eso ni más deprimido ni más enojado que por lo de los chícharos o los ejotes enlatados, que es algo que lo ha sacado de quicio. Como se trata de un día de campo, hasta nos habríamos atrevido a pensar que, por el contrario, lejos de encontrarlo indignante y vejatorio, hallaría cómodo y práctico el que hubiese botes de comestibles.

Maricela ha puesto la pieza entera muy contrastada; nada de lo que les sucede a estos viejecitos resulta normal, sino todo es terriblemente trágico; Medea, Edipo, Antígona, con niños chiquitos jugando; ninguno de ellos se estremece tanto por lo que le pasó como este señor porque no le gustan los ravioles, o esta señora porque su marido vende menos excusados que antes de la crisis. Creemos que ha errado esta vez la señora Lara, de quien hemos elogiado otras posturas en escena. Tal vez la obrita, que pertenece al género realista, puesto que no habla sino de dramitas cotidianos en un matrimonio vulgar, habría ganado con una dirección realista, como las que Gorostiza ha hecho de obras argentinas en el Sullivan; Maricela ha intentado obligar a los espectadores a usar su imaginación; los actores toman café sin taza, sin cuchara, sin café, así, lo chafa, lo llano, lo vulgar de la vida diaria se diluye, se volatiliza; como nada se dice en toda la pieza que no sea cotidiano, trivial, se echa de menos una realización fotográfica, realista; sólo con eso y no con estas pijamas celestiales, se llevaría bien un drama de comida, de hastío conyugal, de ascos por el embarazo, de ronquidos y de lo demás, igualmente casero, que es el meollo de la sencilla comedia doméstica.

Como era natural que ocurriese en una obra en que son ellos los dos únicos intérpretes, Bóxer y la señora Belzares hacen un enorme esfuerzo; han tenido que memorizar páginas y páginas, y han de caracterizar, por la voz, por la vivacidad de sus movimientos, el brillo de sus ojos, la posición de su cuerpo, la enorme diferencia que va, según ellos y su directora, de jóvenes veinteañeros a momias semiseculares; cuando tienen veinte años saltan y ríen alegremente, y cuando tienen cincuenta gruñen, se estremecen, se doblan y carraspean, de manera que todos podamos darnos clara cuenta de que el tiempo ha pasado; también el texto cambia es cierto; el amor se ha desvanecido; pero ni la directora ni los artistas se fían del texto; prefieren hacernos notar ese paso de los años por medios más ostensibles.

Si Bóxer no gritara tanto... si no se salieran los dos artistas de sus límites... en fin, a lo mejor lo van afinando todo, lo van mejorando, y tienen con El péndulo un éxito. Lo deseamos sinceramente a tan juvenil y esforzada pareja y a la aguerrida directora; también podría Maricela corregir un defecto de gramática que tienen ambos actores: no se dice “dentrífico”, puesto que no se trata de ficcionar los “dientres”, sino “dentífrico”; esta es una errata diminuta que estamos seguros de que de inmediato quedará corregida.