FICHA TÉCNICA



Título obra La carpa

Autoría Vicente Leñero

Dirección Ignacio Retes

Elenco Enrique Rocha, Eric del Castillo, Eugenio Cobo , Willebaldo López , Judy Ponte, July Furlong, Adriana Roel

Escenografía Félida Medina

Espacios teatrales Teatro Reforma

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La carpa de Vicente Leñero, dirige Ignacio Retes]”, en Siempre!, 14 abril 1971.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   14 de abril de 1971

Columna Teatro

La carpa de Vicente Leñero, dirige Ignacio Retes

Rafael Solana

Un estupendo resultado ha dado al excelente novelista Vicente Leñero adaptar para la escena sus novelas magníficas. Por una extraña paradoja, cuando ha escrito directamente para el teatro los resultados no han sido tan altos, sus obras pensadas y redactadas en forma dramática han tenido defectos que parecían más propios de la novela, como la verbosidad, el parti-pris, la incorrecta medición de las escenas; la verborrea es propia de la novela; pregúntenselo a Thomas Mann, a Marcel Proust, a Tolstoi, a Balzac; aquellas infinitas conversaciones de Hans Castorp con el profesor Settembrini... el teatro exige unos diálogos más rápidos, más cortados, mayor acción, más vida.

Resulta curiosísimo que lo más teatral, lo superior, lo más perfecto y brillante de la producción teatral de Leñero sea lo que proviene de las páginas novelescas; Los albañiles, primero y ahora La carpa, que corresponde a la novela Estudio Q; Pueblo rechazado y Compañero, con ser piezas teatrales estimables, y que no hicieron perder crédito a su autor, de ninguna manera pueden compararse por su calidad, por su originalidad o por su fuerza con las dos obras nacidas de novelas. El teatro documental redobla su mérito, su universalidad y su vigencia cuando estudia documentos humanos, no políticos, religiosos, sociales, lo que lo achica y lo hace perecedero; y humanos, en el sentido de universales, son los problemas de Los albañiles(1), aquella obra teatral admirable, y los de La carpa(2),la que ahora vamos a comentar, con el más encendido elogio, pues nos ha parecido una pieza extraordinaria.

No vamos a medir La carpa con la producción mexicana de este año, porque no hay proporción; hay que compararla con el teatro universal de todos los tiempos, para decir que está emparentada, y ella misma con orgullo lo reconoce, lo confiesa, y llama la atención sobre ello a quien pudiere no darse cuenta de tal obviedad, con autores y con obras tan címeros en la historia del arte dramático como Calderón de la Barca y La vida es sueño, y Luigi Pirandello y sus Seis personajes en busca de autor, principalmente; otro parentesco más le hemos encontrado, esta vez no con un comediógrafo, sino con un novelista; con el Bioy Casares de La invención de Morel, a la altura de esas obras se pone por momentos La carpa, obra profunda, intensa, penetrante, audaz que cala muy hondo, y que demuestra una gran curiosidad filosófica en su autor, y bien dirigidas lecturas y una cultura sólida. El terreno que en ella se pisa, como la orilla del mar, “no es agua ni arena”; se pasa de realidad al ensueño, de la ficción a la certidumbre, de la fantasía a la tosca realidad, todo mezclado con magia, para crear un mundo alucinante con asombrosa maestría. Tan lejos como Leñero llega, han llegado pocos; los maestros ya mencionados, y solamente unos cuantos privilegiados discípulos suyos.

Hay dos personajes fundamentales, uno humano, diabólico el otro; el hombre, con todas sus dudas y sus debilidades; el demiurgo, con todas sus malicias. Nos ha parecido que el mejor interpretado de los dos, y el más difícil, es el primero de ellos, encomendado a Enrique Rocha, cuya grave responsabilidad está más frecuentemente en los silencios que en los textos; Rocha sabe hundirse hasta las mayores profundidades del asombro, sabe dar la medida, o, mejor dicho, la intensidad, de su ignorancia, de su pasmo; Eric del Castillo, por un contraste que tal vez el habilísimo director buscó, está en todo momento “pie a tierra”, se ve tosco, vulgar por momentos; y lo acentúa con sus defectos ideomáticos, que creemos espontáneos en él, y que nos hacen sentirlo corriente; por ejemplo, “se los dije”, o “no te sobreactúes”, con el acento en la e, frases que no puede haber escrito Gladys; uno de los motivos que existen para que la gente vaya a ver La carpa es la curiosidad por saber si esta vez sí se llevará el premio del mejor actor Eric del Castillo, o si volverá a hacer coraje; aquí pensamos que está muy bien, que tiene fuerza, que da a su personaje el trasfondo mefistofélico que en él ha sido puesto; pero tal vez no necesita estar tan basto, tan barato, ni mucho menos hablar como si estuviera en Los albañiles.

Otros dos actores más hay en papeles de importancia; Eugenio Cobo, que hace con tacto y sentido de los límites (aplaudamos por todo ello al director) una caricatura fina, la de un actor pagado de su pequeña grandeza; y Willebaldo López, que con fuego que por momentos llega a parecer excesivo interpreta el papel del esclavo, en algún instante el bufón, el paria, el rebelde, el descontento (pero lo toma con una mueca de amarga sonrisa) de la obra, de esa obra que es un mundo, en la que todo tiene implicaciones y repercusiones trascendentes; ese mundo del que una falsa autora (en este tipo de obras no puede haber sino un Autor, como Calderón de la Barca bien sabía) es expulsada con crueldad, después de que ha llenado su parco cometido de fingir que crea lo que está ya previsto y escrito que ella ha de escribir; en este papel, que es uno de los tres femeninos que la pieza contiene, cosecha elogios Judy Ponte, actriz rica en excelencias, emotiva e inteligente, a quien el teatro mexicano en los últimos años no había aprovechado.

Hay un papel de actriz pequeño, en el que luce su belleza un tanto escuálida, su juventud, y también un talento que no esperábamos de ella, la linda July Furlong, estrella de otra clase de espectáculos. Y hay uno largo y hondo, que hace Adriana Roel, actriz muy cumplida y eficaz, joven y bella, talentosa, en quien solamente desearíamos una más vigorosa personalidad, suele desdibujarse, opacarse, hasta por los tonos de sus vértices y el color de su pelo; más tarde, en la memoria se confunde con Patricia Morán o con cualquier otra actriz; habrá que encontrarle (alguien podría hacerlo: su modista, su peluquero, su director) la forma de que desarrollase una personalidad más propia.

Nos queda elogiar, como lo hacemos vivamente, la admirable escenografía de Félida Medina, que ha vuelto a encontrar una pieza a la medida de su talento, y desbordarnos en el encomio para José Ignacio Retes, cuya dirección de la obra encontramos excelsa. La pieza es dificilísima por su contenido, principalmente, que es oscuro, confuso, vago, y de alcances profundísimos; Retes sabe llegar al fondo, digerir, y hacer digerir, todo el cargamento filosófico que contiene la obra, y que podría echarla a pique mal asimilado; pero también problemas prácticos de movimiento escénico, de iluminación, de aprovechamiento del espacio, de entonación, de uso de efectos sonoros, tiene muchísimos, y ha sabido José Ignacio resolverlos todos con maestría, con audacia, con imaginación.

En un periódico de Suiza leímos hace dos o tres años más o menos lo siguiente: “Europa quisiera abrir sus teatros a un viento nuevo que llegase de la América Latina; pero sería una decepción que ese viento nos trajese solamente ecos de Brecht, o de Ionesco... lo que quisiéramos es algo joven, diferente y fresco...”.

Pues bien, creemos que la obra que podría no solamente tener aceptación y despertar curiosidad o simpatía en Europa, sino inquietar, asombrar, y hasta enseñar, sería La carpa; allá no hay ahora ningún hijo de Pirandello, ningún nieto de Calderón, que pueda igualarse con Leñero; cosas que allá se dan por muy modernas y que despiertan eco resultan intrascendentes, sucias, o chocarreras, comparadas con la solidez, la firmeza, el alcance que tiene La carpa (pero el título no sirve sino para México, no tiene sentido en otra parte alguna; y hasta para México, es lo más flojo de la obra: “Estudio”, como en la novela, habría sido un nombre muchísimo más acertado, porque La carpa casi no se refiere sino a la parte caricaturesca y documental que como cuchufleta contra el ambiente en que se hace la televisión contiene, sobre todo en sus primeras escenas, la obra). Creemos que esta vez estamos frente a una pieza de categoría internacional, que rebasa con mucho el ámbito del teatro mexicano (se decepcionarán nuestras familias de no encontrar aquí la gracejada de Señorito casadero, ni los sermones de Asesinato de una conciencia) y que tal vez no vaya a tener el éxito de público que se merece.


Notas

1. Cuya crónica del 9 de julio de 1969 se incluye en este volumen.
2. Que se estrenó el 31 de marzo en el teatro Reforma. Jovita Millán, “Registro de obra de Vicente Leñero” en Lecturas desde afuera. Ensayos sobre la obra de Vicente Leñero. Comp. Kirstein F. Nigro, El Milagro-UNAM, México, 1997. p. 262.