FICHA TÉCNICA



Título obra La posada de las siete cabrillas

Autoría Manuel Eduardo de Gorostiza

Notas de autoría Emilio Carballido / traducción

Dirección Dagoberto Guillaumin

Elenco Margarita Isabel, Mabel Martín y Ana Ofelia Murguía

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La posada de las siete cabrillas, de Manuel Eduardo de Gorostiza en adaptación de Emilio Carballido, dirige Dagoberto Guillaumin]”, en Siempre!, 16 diciembre 1970.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   16 de diciembre de 1970

Columna Teatro

La posada de las siete cabrillas de Manuel Eduardo de Gorostiza en adaptación de Emilio Carballido, dirige Dagoberto Guillaumin

Rafael Solana

Todavía en las últimas horas del difunto sexenio el licenciado Jesús Salazar Toledano, jefe del Departamento de Acción Social del Departamento del Distrito Federal, seguía infatigablemente trabajando, sin desmayo, con ardor de debutante que quisiese llamar la atención sobre su llegada, con tesón de quien no supiese que de un momento a otro le iba a apagar la luz. La última de sus invenciones fue un enorme camión, tan grande como los de la CONASUPO en el que, sabedor de que no sólo de pan vive el hombre, llevó el arte teatral a las diferentes colonias suburbanas; si otros mandan tiendas móviles a distribuir en los barrios periféricos la leche y los corn flakes, se habrá dicho, ¿por qué no voy yo a mandar un teatro móvil a regar esparcimiento y cultura?

El teatro, ahora sí carro, como en tiempos de Tespis, o en los de “Pagliacci”, más recientes, es estupendo; tiene planta de luz propia; le contamos dos escenarios, o tres, uno en medio, otro arriba, y otro al ras del suelo; como esas iglesias que tienen segundo piso, o cripta, como era el Salón Rojo cuando aquí debutó el cine; contamos diez micrófonos, como parte de un sin duda muy costoso y complejo, pero eficaz equipo de sonido; un marco de focos de colores, espejos, mucha ropa, músicos, y... ¡30 actores!, entre los que tenían que decir y los, más jóvenes, que solamente salen a dar animación al final con sus bailes.

A Emilio Carballido, nada menos (el mejor de los actuales mexicanos actuales[sic], según nuestro juicio, del que hasta podríamos retirar la palabra “actuales”) le fue pedida la obra para el estreno de este teatro en movimiento, y la dirección fue encargada a Dagoberto Guillaumin, que si no es el mejor de nuestros directores es uno de los 10 o 12 mejores; y la compañía no es de meros aficionados o inocentes primerizos, de lo que sin base la ha acusado Marco Antonio Montero, sino pudimos reconocer en ella (programas sí no vimos, la verdad sea dicha, y la falta de este detalle podría ser reparada) a figuras ya conocidas en el teatro, aun en el profesional, y de ya muy comprobado mérito; como, por ejemplo, por citar sólo a tres, Margarita Isabel, Mabel Martín y Ana Ofelia Murguía, que son tres chicas de muchas veces probado talento, tampoco se observa pobreza en el vestuario; es decir, que el espectáculo que gratis se ofrece (o se ofreció en los últimos días del extinto régimen; ahora a lo mejor el nuevo jefe que llega manda meter en un garage este camión) no es un peor es nada artístico, sino una función de cierta calidad, igual por lo menos a la que se ha alcanzado en algunos espectáculos profesionales y con taquilla abierta que la crítica de México ha comentado recientemente con elogio.

La posada de las siete cabrillas es una adaptación ligera y de muy buen humor que Carballido ha hecho de la obrita Don Bonifacio, de Gorostiza el viejo (don Manuel Eduardo), y a la que ha conservado mucho de su sabor original; lo cierto es que divierte en grande al público que se acerca, primero desconfiado, temeroso de que todo vaya a resultar en propaganda del PRI o algo parecido, pero que se va entregando a la sana diversión poco a poco, y que al final, que llega pronto (no se tiene a la gente bajo las estrellas invernales sino por el breve espacio de una hora) aplaude con la mayor satisfacción y hasta algún agradecimiento.

Margarita Isabel hace de su papel pequeño en esta fonda una magnífica creación cómica, y Ana Ofelia, en el tono de farsa, alcanza la mayor excelencia, pues hace uso, sin límites, de su comicidad abundosa y de fácil acceso; cumplen a conciencia todos los demás artistas, unos más experimentados que otros, y los aplausos se extienden más allá de los actores, del director, del autor, hasta los organizadores y creadores de tan acertado espectáculo, auténticamente popular, y que no fue sino uno más de los muchos, excelentes todos, que el Departamento Central preparó y distribuyó por todo el Distrito, especialmente en los últimos de los seis recientemente completados años.