FICHA TÉCNICA



Título obra La dama de las camelias

Autoría Alejandro Dumas

Elenco Dolores del Río

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Gran actuación de Dolores del Río en La dama de las camelias de Alejandro Dumas]”, en Siempre!, 2 diciembre 1970.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   2 de diciembre de 1970

Columna Teatro

Gran actuación de Dolores del Río en La dama de las camelias de Alejandro Dumas

Rafael Solana

Verdadera emoción produjo en este anónimo cronista, hace pocos meses, en una exposición de cuadros y grabados de Goya que vio en la ciudad de La Haya, el recordar un dibujo en que representó don Francisco a un venerable monje, con los hombros inclinados por el peso de la edad, con la barba hasta la cintura, y apoyado en dos bastoncillos, dibujo al que puso por nombre y lema el autor estas dos conmovedoras palabras: “Todavía aprendo”. ¡Qué admirable lección en tan corto número de sílabas! No desmayar, continuar estudiando toda la vida, nunca dar por alcanzada la meta, esforzarse por mejorar en todo tiempo, ¡qué estupendo programa para una vida!

Dolores del Río, una actriz cuya juventud deslumbra, cuya belleza ciega, cuyo esplendor apabulla, una actriz que figura entre las consagradas por el aplauso del mundo entero desde un tiempo en que algunas de las que hoy presumen no habían nacido todavía, lejos de recostarse en su diván de laureles, de conformarse con evocar, en una biografía televisada, sus victorias de antaño, decide, como lo haría una niña, seguir estudiando, seguir aprendiendo, invadir campos nuevos, y pulirse y mejorarse, cuando lo humano sería pensar que ya era un diamante tan pulido y tan esplendente que nada podría agregársele. Pocos años hace que la que ha sido inmensa gloria del arte cinematográfico decidió probarse en el teatral, en el que entró no como un general ya victorioso, sino como un soldado, que poco a poco se va ganando los grados. Su belleza primero, en todo momento su elegancia, siempre su talento, la han ido ayudado a abrirse paso; pero con nada se ha conformado, y siempre ha seguido estudiando con rigor, perfeccionándose, de manera que a cada nueva actuación, la vemos superarse, crecer ante nuestros ojos, convertirse en algo cada día más irreprochable y más perfecto.

Al reaparecer en el teatro Hidalgo, hace poco, con La dama de las camelias, Dolores del Río se ha sometido a dos pruebas: una, la de ser comparada con todas las demás actrices a quienes hemos visto en ese papel; otra, la de compararse con ella misma, tal como la hemos visto en otros papeles. Y en los dos encuentros su triunfo es clamoroso y definitivo.

De algunas de las jóvenes Margaritas Gautier que hemos visto, sería cruel hablar ahora: a ésas, olvidémoslas; pero sí podemos recordar a Vivien Leigh, que fue una gran dama del teatro; y podemos decir con la boca llena que Dolores la supera en todo momento. Qué lástima no haber conseguido boletos para ver a Edwige Fueillére en este papel, la última vez que lo estuvo haciendo en París, y en que estuvimos allí días; tal vez esa distinguidísima y bella señora, y gran actriz... En el cine podemos recordar a Greta Garbo; y a pesar de su enorme encanto, de su poder carismático, de su genio, se nos disminuye y empalidece en nuestro recuerdo, ahora que hemos visto a Dolores; tampoco pueden compararse las muchas sopranos, algunas de ellas buenas actrices además, que hemos visto en el papel de Violeta, en Traviata. En cuanto a las otras actuaciones de Dolores, la que tuvo El abanico, excelente, nos parece ahora la de una principiante; y la de La vidente, la mejor que le recordamos, se opaca, y se achica la de la señora Alvig en Espectros.

Tal vez la del primer acto de La dama de las camelias sí sea la Dolores que ya conocíamos: bellísima, estupendamente vestida, garbosa, majestuosa, elegante, hiriente e ingeniosa, brillante y lúcida, una gran señora, una princesa; pero la del segundo acto, tan humana, tan emotiva, tan tierna, tan intensamente dramática... ésa pocas veces la habíamos visto; apenas en alguna escena de La malquerida, en el cine, nos convenció tan hondamente, nos sacudió en forma tan viva y tan sincera; en cuanto a la del tercer acto, ésa sí que es una gran actriz; desde la forma en que escucha, silenciosa, la escena del juego de cartas, hasta la maestría con que, en un estilo realista, actúa las escenas de la agonía; ha alterado hasta la medida de su respiración, para imitar la disnea del enfermo, ha adecuado el tono de su voz, ha medido sus movimientos, hasta hacer, sin explosiones de tos, que habrían sido demasiado obvias, y de mal gusto, la exacta reproducción de la moribunda, marchita sin perder su belleza, desvaneciéndose en el crepúsculo de la vida sin dejar de conservar su lucidez y su gracia.

No, nunca habíamos visto una "Dama de las camelias" igual a la de Dolores del Río, ni tampoco nunca habíamos visto a Dolores del Río en ninguna obra, ni del cine ni del teatro, como está en el papel de Margarita Gautier, que es el mayor triunfo artístico de su vida. Y más hermosa... ¿la habíamos visto alguna vez, ni en Resurrección, ni en Ramona, ni en Evangelina, ni en Madame Dubarry? Tal vez no, tal vez nunca la habíamos visto, tampoco, más hermosa.

Sólo por obstinación, por satánico orgullo, podrán algunos resistirse a caer de rodillas ante esta inmensa actriz, ante esta reina.