FICHA TÉCNICA



Título obra El cambio

Autoría Paul Claudel

Notas de autoría Rosario Castellanos / traducción

Dirección Manuel Montoro

Elenco Javier Mark, Ana Ofelia Murguia, Mabel Martín, Salvador Sánchez

Escenografía Billy Barclay

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El cambio de Paul Claudel en traducción de Rosario Castellanos, dirige Manuel Montoro]”, en Siempre!, 28 octubre 1970.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   28 de octubre de 1970

Columna Teatro

El cambio de Paul Claudel en traducción de Rosario Castellanos, dirige Manuel Montoro

Rafael Solana

Un inteligente y joven director español a quien conocimos en Xalapa, Manuel Montoro, invade la capital, como antes lo hizo desde Monterrey la señora Salinas Iranzo, y sigue los pasos que por muchos años marcó Rafael López Miarnau, en el mismo teatro Orientación al que Montoro ha venido: es decir, un gran éxito artístico, y uno muy pobre de taquilla.

La obra escogida por Montoro ha sido la de Paul Claudel El cambio, para la que don François Baguer nos da la fecha 1884; la traducción, de doña Rosario Castellanos, no nos pareció tan limpia ni tan castiza como de tan celebrada escritora podíamos esperar. Confiábamos en que veríamos una preciosa escenografía de Billy Barclay, autor de las de Yo también hablo de la rosa y Mariana Pineda; en efecto, nos pareció bella la que vimos; pero absolutamente divorciada de la obra. Creímos estar en el prólogo de Cuarenta kilates, es decir, en una soleada isla griega; y estábamos en un bosque norteamericano, donde se habla de que las cosas son de madera y el clima es frío, nada de lo cual captó el escenógrafo.

La obra es deliberadamente poética y poco teatral; es Claudel uno de esos grandes escritores, que conquistan su celebridad en diversos géneros literarios, y que nunca dan con el ritmo del teatro (L´annonce fait a Marie es un nembutal, si ustedes la recuerdan). A García Lorca o a Giradoux lo poético les sale mezclado con lo teatral en una emulsión perfectamente aceptable; en ellos la poesía realiza y enriquece la teatralidad (como en sus antepasados Lope y Racine, Calderón y Corneille); pero en Claudel los párrafos poéticos son antiteatrales y estáticos. El primer acto, el más poético, es el menos teatral; lo que en las páginas del libro resulta inspirado, en la escena parece rebuscado, fuera de sitio, amanerado y aun ridículo. Los otros dos actos, que como teatro suben, como poesía bajan, y por ello gustaron menos a algunos críticos.

Montoro se ha puesto en el plan Claudel, que es un plan que ya ni aguanta, para llegarle a El cambio; respetuoso de sus valores originales, y ya algo trasnochados (con Freud en un teatro y Claudel en otro la máquina del tiempo nos lleva medio siglo atrás), y poco ha buscado barnizarlos con otros. Tal vez podríamos llamar modernización, desde el punto de vista de la dirección, el sacar al primer actor desnudo, de manera que se le vean hasta sus más nobles partes por debajo de la trucita que le queda floja, pero tal zaratustrianismo no impresiona a nadie, ni está contribuyendo a hacer taquilla.

Alguien ha dicho que en esta producción teatral todo es bueno menos la obra. Notoria exageración; ni la obra es mala, sino solamente poco teatral (pero tiene otras virtudes literarias) ni todos los actores están maravillosos; el mejor, sin duda, es Javier Mark (ahora con K; mucho tiempo lo hemos escrito con c); tiene juventud, fuego interior, proyección, entusiasmo desbordante; vive sus papeles, pone en ellos el alma, es inteligente y sabe dar los matices necesarios; en esta ocasión, como en otras anteriores, da cátedra.

También nos ha parecido que está muy atinada, y muy bien vestida, Ana Ofelia Murguía, aunque no da mucho el tipo; mejor lo habría dado su tocaya Galindo; la Murguía resulta demasiado joven y hermosa para un papel que tendría que haber sido de mujer madura, abundosa, algo pesada y desagradable; por contraste, el que hace Mabel Martín, que es un papel de ingenua y dulce, aunque no demasiado joven, está hecho por una actriz cuya apariencia física es algo seca y descarnada. Las dos están muy bien de actuación; pero ninguna de ellas perfecta de tipo.

Nos queda mencionar a Salvador Sánchez, joven actor versátil a quien en poco tiempo hemos visto en muchos muy distintos papeles: en todos bien, pero en ninguno genial; son horas de vuelo, está enriqueciendo su experiencia, hasta que encuentre una personalidad más vigorosa que la que ahora tiene; no queremos decir que llegue a estereotiparse y a ser el mismo en todas las obras, como el maestro López Tarso pero, sí que proyecte una identidad artística en el público, como actualmente no hace.

En una lástima que El cambio, que a pesar de su lentitud y su pastosidad es una las mejores obras teatrales que hay en cartelera, esté haciendo entradas tan flojas, que hasta el cuidador de los coches, cuando ve que no están a la puerta sino los de los actores y alguno más, se desanima y se va a otra parte con lo que impunemente pueden darle a uno cristalazos como el que tuvo que lamentar este cronista. Ojalá que no se corra la voz que asaltan, porque menos va a ir la gente a tan descaminado teatro; lo menos que podría hacerse para no acabar de convertirlo en tumba es pagarle a un cuidacoches que no dependa de los cuatro o cinco pesos que puede sacar de propina. Sin eso, hasta la poca gente que ahora va por allí dejará pronto de hacerlo.