FICHA TÉCNICA



Título obra El mundo que tú heredas

Autoría Sergio Magaña

Dirección Julio Castillo

Elenco Gloria Mestre, Sergio Ramos, Arturo Alegro, Gabriel Pingarrón, Luis Torner, Homero Matturano

Escenografía César Pérez Soto

Espacios teatrales Teatro Reforma

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El mundo que tú heredas de Sergio Magaña, dirige Julio Castillo]”, en Siempre!, 7 octubre 1970.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   7 de octubre de 1970

Columna Teatro

El mundo que tú heredas de Sergio Magaña, dirige Julio Castillo

Rafael Solana

Alguna vez dijimos ya aquí mismo, y de eso no hará mucho tiempo, que el defecto que les encontramos a algunos de los jóvenes directores de México, tengan mucho o poco talento (y queremos reconocer que Julio Castillo tiene mucho) es que lo gastan en lo que aquí hemos llamado “vestir pulgas”; es decir, en laboriosas insignificancias, en estériles virtuosismos, que los agotan, que les sacan chispas del cerebro, para no conducir a nada trascendente, ni valioso, ni digno de estima o de respeto. A Julio Castillo esto le ha pasado algunas veces, y ha dejado que le pase una más, lo que nos entristece porque es dispendio, es desperdicio de inteligencia, de fuego, de inspiración, sin resultados plausibles; es pólvora gastada en infiernitos.

Julio Castillo, el director triunfante de El cementerio de automóviles(1), y controvertido en Así que pasen cinco años, es sin duda uno de los más explosivos talentos en la nueva generación de directores; pero hasta ahora pocas veces ha acertado con obras que se merezcan los grandes chorros de imaginación, las ráfagas de lo que tal vez sus amigos más cercanos llamarán genio, las llamaradas de talento que le brotan por todas partes para dirigir... cualquier babosada.

Nos resulta penoso referirnos con palabras despectivas a una obra que lleva la firma, para nosotros querida y respetada, de Sergio Magaña, en quien quisiéramos seguir viendo siempre al autor ilustre de la bellísima obra Los signos del zodiaco, y de la vigorosa y admirable tragedia de Moctezuma II; por desgracia él pone empeño en recordarnos que también es el responsable de Rentas congeladas. El mundo que tú heredas, su nueva obra, es la del autor de Rentas congeladas, no la del de Moctezuma ni del de Los signos del zodiaco. ¿Será esta revistilla lo que Sergio planeaba con el nombre de “Meneando el bote”? Es una ingenua pastorela basada en el manido tema del Fausto y Margarita, que ya era viejo cuando lo trataron Goethe y Marlowe, y que está en unas cuantas óperas (hasta Basurto tiene una obra sobre este asunto; se llama Faustina); pero tenemos la impresión de que Magaña aceptó “modernizar” (un pérfido consejo de Castillo, sin duda) su pastorela inocentona, poniéndole diabolismo, satanismo, apolionskándola, y convirtiéndola con todo esto, y con una buena carretada de palabrotas, que ninguna falta hacen, más los movimientos lúbricos que el director indicó a los actores, en un espectáculo vulgar, soez, procaz y salaz, indigno de la firma de Magaña, y de la de Castillo.

Más penoso fue ver que era arrastrada a esta infortunada aventura la encantadora Gloria Mestre, bailarina de cuerpo escultural, que hace 14 años se inició en el teatro de comedia, y ahora intenta reverdecer aquellos laureles, con la mejor fe del mundo, y ha invertido sus ahorros en una empresa en la que nos tememos que no va a obtener toda la gloria a la que aspira; tal como vimos la noche del estreno la obra, nos pareció que podrá hacer reír y aplaudir a los 200 admiradores que Julio Castillo tiene, pero ninguno de los cuales ha gastado jamás 25 pesos en un boleto de teatro; la gente que sí paga, la burguesía, se horrorizará con esta pieza, si se deja tal como se estrenó, y no aparecerá por las taquillas, con gran quebranto para la economía y para las ansias de triunfo de Gloria.

La belleza de Gloria Mestre, viviente estatua, luce en todo su esplendor; también, por momentos, su talento coreográfico, cuando le hace a la Tongolele en el primer acto; más tarde baila un vals que nadie ve porque a esas horas hay otra distracción más espectacular; pero como actriz luce nada más la mitad y como cantante, la cuarta parte de la mitad; viene al caso el viejísimo chiste de que es una cantante de primera fila... porque ya en la segunda no hay quien oiga.

Los actores que subrayan y exageran la procacidad de la comedia, y se refocilan y entusiasman con la obscenidad de los gestos y de los dichos, son principalmente Sergio Ramos y Arturo Alegro; este último da cátedra de vulgaridad carpestre; también se da vuelo y apachanga la cosa descocadamente Gabriel Pingarrón; otros gritan y vociferan, y acorrientan su actuación, como Luis Torner y Homero Matturano; y seis lindas y bien nutridas pin up girls enseñan cuanto tienen y lo mueven a discreción, para acabar de dar a la representación el aire de un espectáculo cabaretero, cervecero que nos fue llenando de tristeza a medida que avanzaba la noche.

¿Dónde, preguntarán algunos, brilla el talento del director genial, si casi todos los actores actúan como pachangueros, y la pieza tiene profundos baches, y se respira vulgaridad en toda ella? ¡Ah!, Castillo, que abandonó a los actores a sus más bajos instintos, cuidó en cambio de algunos novedosos detalles de dirección apantallante; ni la salida de los actores por el techo, que ya le vimos a Miguel Córcega en una obra de Argüelles que dirigió Rambal, sino, lo que no se había visto jamás en un teatro, la escena aérea, en que los artistas se revuelcan y saltan por sobre las cabezas de los espectadores, en una red circense insólita, y que viene a convertir con su originalidad apabullante en la solidificación del genio creador del director inusitado y creador. Una lucha, en el aire, de ángeles y demonios. Nada menos. ¿Irá a pagar la gente, por sólo ver esa novedad, los 25 pesos que cuestan las lunetas delanteras?

Un solo chiste hizo reír, de los dos mil que la obra contiene, casi todos vulgares o conocidos; una sola canción, que canta Ramos, nos pareció tener humanidad, ternura, y contener siquiera parte de la emoción del autor; para la escenografía de César Pérez Soto, probablemente costosísima, nuestra aprobación y nuestro aplauso; un cuadro, de sabor jodorowskyano, muy bien resuelto plásticamente, pero eterno en su inmovilidad. Y puede ser que haya otras cualidades en la obra; pero vale no seguir buscando, porque es posible que también encontrásemos otros defectos.

El problema es si Gloria Mestre podrá recuperar su inversión con una pieza que el día de su estreno (2) desagradó profundamente a una parte (la parte fresa) del público, y si vale la pena de sacrificar todo, hasta el posible éxito, por una boutade consistente en originalidades escalofriantes y en un léxico que después de como ya están las cosas, todavía pueda asustar al público.


Notas

1. Cuya crónica del 10 de julio de 1968 se incluye en este volumen.
2. El 18 de septiembre en el teatro Reforma. Sonia León, Julio Castillo-director. Archivo documental. CITRU-INBA.