FICHA TÉCNICA



Título obra El efecto de los rayos gama sobre las caléndulas

Autoría Paul Zindel

Dirección Nancy Cárdenas

Elenco Carmen Montejo, Dunia Saldívar, Angelina Peláez, Conchita Martínez

Espacios teatrales Teatro El Granero

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El efecto de los rayos gama sobre las caléndulas de Paul Zindel, dirige Nancy Cárdenas]”, en Siempre!, 30 septiembre 1970.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   30 de septiembre de 1970

Columna Teatro

El efecto de los rayos gama sobre las caléndulas de Paul Zindel, dirige Nancy Cárdenas

Rafael Solana

Para el personal lucimiento de Carmen Montejo la directora Nancy Cárdenas ha escogido (o vaya usted a saber quién la escogió) una obra que por lo que se dice ha hecho ruido en el extranjero, y ha sido premiada, pero a la que aquí hemos encontrado poco interés, como no sea el de ver en acción a la gran Carmen, que ha encontrado manera de lucir una vez más su mucho talento, en un personaje que le viene como anillo al dedo.

La pieza, que se ha estrenado en el teatro del Granero, lleva el barroco nombre (así se usan ahora) de El efecto de los rayos gama sobre las caléndulas, y la firma Paul Zindel; se podría decir que pertenece al género novedoso y moderno de las leperadas y de las relaciones familiares tensas y airadas, si no recordásemos que ese género ya nos lo dio a conocer aquí Rodolfo Usigli (que posiblemente se había asomado a él en O´Neill) hace poco más de 30 años. De manera que ni tan nuevo. La verdad es que no acabamos de encontrar el gusto a ver a padres e hijos, en este caso madre e hijas, tirarse los platos a la cabeza, insultarse, aun golpearse, suprimiendo de las relaciones familiares no digamos toda sombra, de afecto pero aún la última sospecha de cortesía; de esto ya hemos visto bastante, en Pinter, y hasta en Wilberto Cantón, que también ha entrado en esta cuarentona moda.

No encaja mucho en nuestra sicología esta pieza; por ejemplo, todo aquello que en ella depende de que se rían o no se rían de uno, aquí cae por su base; a la frase de “Betty la zafada”, que es bisagra y eje del drama, aquí cualquiera contestaría “zafada su abuela”, aplicaría el par de bofetadas que toda la obra está necesitando la que profirió tal frase, y todos seguiríamos adelante; nosotros entendemos mejor las piezas españolas, las italianas, y aún las francesas, que las sajonas, con éstas sus reacciones peculiares que nos resultan tan extrañas.

Si la obra fuera de Basurto, ya la habrían puesto pinta nuestros colegas, diciendo que es falsísima, que no son así las madres, ni las hijas, que dónde vio el autor esa madre, que los malos son demasiado malos y la buena demasiado buena, una niña que va enseñando las alitas y dejando caer plumón de arcángel por toda la casa, y llenándola las otras, moralmente hablando, de pestilentes bolitas excrementicias, que sueltan cada vez que abren la boca; sobre todo le habrían quitado ese detalle tan obvio, tan artero, tan prefabricado y tan tópico de la aparición de un inocente conejito blanco que desde que lo vemos ya sabemos lo que le va a suceder. Pero con un autor de habla inglesa, no se atreverá nadie a decir nada. Sobre todo si ya lo premiaron los críticos de quién sabe dónde.

Pero falsa como es, aburrida a ratos, dulzona en otros, sentimentalona o repugnante, la obra tiene este mérito enorme: que tiene papel para Carmen Montejo, que está enorme de eminente, como siempre que hace este tipo de viejonas borrachas o taradas (en este caso, una tabacómana empedernida, que no ama a sus hijas); la gran calidad de esta actriz vuelve a brillar. ¿No teníamos todavía candidato al premio de actriz este año? Pues ya tenemos uno, Carmen está exacta, vivida, y arranca ovaciones en algunos oscuros, muy merecidamente.

No están igual las actrices que la acompañan. Dunia Saldívar es un encanto de criatura, dulce, resignada, sufrida, encantadora; una paloma, un ángel; pero sin duda han sido recargadas las tintas de su inocencia; y, sobre todo, se le ha pasado la mano a la directora en las otras tintas, las de la maldad de la hermana a quien interpreta Angelina Peláez; una malvada de película, con todo el sarcasmo diabólico de una ópera; no era para tanto; un poco menos subrayada, tal vez habría parecido más humana, y habría convencido más. También trabaja Conchita Martínez, que en un papel mudo se luce en grande, y merece aplausos, y otra chica, algo fingida, aunque muy mona, para la que también hubo palmas.

Pero la Montejo es el todo de El efecto de los rayos gama sobre las caléndulas, y por admirarla a ella es por lo que hay que ir a ver esta obra.