FICHA TÉCNICA



Título obra Zaratustra

Autoría Alejandro Jodorowsky

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Carlos Ancira, Héctor Bonilla, Isela Vega, Álvaro Carcaño

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Alexandro Jodorowsky dirige Zaratustra de su propia autoría]”, en Siempre!, 20 mayo 1970.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   20 de mayo de 1970

Columna Teatro

Alexandro Jodorowsky dirige Zaratustra de su propia autoría

Rafael Solana

Tremendo entusiasmo, muy pocas veces visto, provocó el anuncio de una nueva obra de Alexandro Jodorowsky, que él mismo dirige: Zaratustra, en el muy poco conocido teatro de la Danza; quien esto escribe sólo recuerda cuatro casos parecidos, en la historia de México: el estreno de Hoy invita la Güera, de Inclán, en el teatro de la Esfera, el de Cada quien su vida, de Basurto, en el Lírico; el de La ópera del orden, del mismo Alexandro, en el teatro de los Compositores; y la inauguración del teatro Madame Rasimi, en la calle de Pajaritos, cuando teníamos zona roja, hace unos 35 años; en el primero de estos casos el interés despertado en el público fue puramente artístico, y fue exclusivamente morboso en el último de los mencionados; en los otros dos, mitad y mitad y más o menos en la misma proporción habrá estado la cosa esta vez; tiene mucho prestigio Jodorowsky como director y como autor; pero más deberá atribuirse al arrastre de Zaratustra a que se hizo correr la noticia de que por primera vez veríamos en esta obra desnudos integrales.

Nuestra memoria no alcanza hasta la presentación en el Iris del espectáculo Bataclán de París, hacia 1925; de seguro también aquello despertó expectación; se trataba de una revista musical lujosa y con bellísimas mujeres, y muchas; esta vez la promesa de los desnudos no era igualmente rica... pero también despertó curiosidad. El llenazo en el teatro de la Danza fue terrible; ni el Metro, a las horas de mayor afluencia, se ve parecidamente congestionado. Las escaleras mismas fueron insuficientes; el propio autor y director, y alguno de sus invitados importantes, tuvieron que sentarse en el suelo.

El triunfo fue grande, pero... no tanto. Los aplausos nos sonaron algo pálidos, como si hubiese habido en algunos de los concurrentes cierta decepción. Muchísimo más clamorosas fueron las ovaciones a La ópera del orden. Los desnudos probablemente no resultaron lo que la gente esperaba, a pesar de que don Carlos Ancira se tomó la molestia de bajar siete kilos para que el suyo fuese más interesante. Los femeninos, que no son sino dos, dejaron a la gente bastante fría. Los pensamientos que provocaron no fueron de carácter erótico, ni mucho menos pornográfico; a una persona cercana a nosotros oímos decir, cuando las dos actrices se quedaron cortitas: “ahora que me acuerdo, mañana tengo que mandar comprar toronjas para mi desayuno y unos limones para hacerle un collar a mi perro, que tiene garrotillo”. En cuanto a los desnudos masculinos, si bien es verdad que uno de los actores, Héctor Bonilla, podría entrar al concurso de Mister Universo, lo cierto es que representan poca novedad, pues por televisión se ven casi iguales en las peleas de box, o en las de lucha libre, cuando las proyectaban.

Sin embargo, si se nos preguntase, opinaríamos que debieran dejarse esos desnudos, tal como están, ni más ni menos; ni dar un paso más quitando los diminutos taparrabos a señores y señoras, porque eso conduciría tal vez hacia lo chabacano y lo desagradable, ni cubrir a las damas con otro pequeño trapito, como se hizo con las bailarinas de Guinea, pues eso no es necesario; tiene cierta explicación, un poco traída de los cabellos, el que la gente se quede en pelota, para lo que invoca Ancira un cierto “Evangelio de Santo Tomás” que no existe; el efecto, en vez de incitante o enardecedor, es melancólico; se agradece que se vuelvan a poner sus camisetas quienes se las ponen; pero... la obra es muy importante, muy interesante, se dicen en ella cosas de mucho mérito, y habrá de contribuir a llevar gente a oírlas el que se siga anunciando el desnudo casi total de las dos jóvenes actrices; propondríamos a las autoridades que dejaran los desnudos como ganchos o anzuelos para atraer incautos a que oigan el largo sermón que es en realidad la obra.

Porque... qué plancha se van a llevar los que crean que van a ver mucha carne, como pasaba en el Iris hasta hace poco, y en vez de eso se encuentren con un chubasco de filosofía, con una inundación de consejos, con un aluvión de recomendaciones, con una andanada de pensamientos jodorowskianos, sacados de Nietzsche o de otros libros igualmente inaccesibles al vulgo.

A medida que avanza en edad y saber Jorodowsky ya dejando de ser el niño terrible que asustó a muchos hace una decena, o una docena de años; se va convirtiendo en un predicador, en un apóstol; una especie de Calvino a gogó, o de John Knox teatral, con sus puntas de bonzo. No es cierto que tenga afán de originalidad; al contrario; nunca temió imitar a Marceau, ni ahora se detiene ante el plagio de alguna escena de Hair (la de las píldoras, aquí aspirinas, parodia de la comunión) o de Fando y Lis (se plagia a sí mismo, en la escena del parto, cuando Ancira da a luz); tampoco le da miedo incurrir en el lugar común; sus críticas a la televisión, muy divertidas, se han hecho ya antes mil veces en comedias mexicanas, argentinas o cubanas; una de las escenas más felices del primer acto de Zaratustra es una animada repetición de frases vulgares, una especie de aquel Diccionario de las trivialidades que proyectaban reunir Bouvard y Pécuchet, en la obra de Flaubert. Tampoco se detuvo Alexandro ante la copia del teatro Noh por la colocación y el uso de los músicos en su desnudo escenario (¿también al escenario sería bueno ponerle un pequeño bikini, un trasto cualquiera?).

Pero detrás de todo esto, de esas escenas divertidas y fáciles, que arrancan risas, y hasta palmadas, Jodoroswsky ha puesto mucho, muchísimo, de seriedad, de valor, en sus dos sentidos de mérito y coraje; los textos que tomó de Nietzsche, y que adobó a su manera, son interesantísimos, sacuden al espectador, lo hacen penetrar en sí mismo, someterse a examen de conciencia. Desechó algunas de las frases nietzscheanas más crueles (como, por ejemplo; “al que no puedas enseñar a volar, enséñalo a caer más de prisa”); solamente ridiculizó, con una marcha hitleriana, las ideas de dominio del autor de El origen de la tragedia; sacó la almendra de otras, y nos la ofrece de la mejor fe; porque Alexandro, más que un gran director, más que un autor eminente, o que un actor de talento, es un hombre honrado, un hombre de buena intención, dignísimo de respeto y de aprecio.

Merece la obra ser vista, oída, pensada, reflexionada; pero como cuando se sepa que contiene un chaparrón de ideas se asustará el público grueso, más valdrá correr la voz de que lo que hay que ir a ver es la anatomía estival de Isela Vega, o la primaveral de la señorita Kamini; a ver si así cae más gente, y se traga el Así hablaba Zaratustra, que de otro modo jamás abriría.

Algunos críticos negaron a Carlos Ancira el premio del mejor actor, que el año pasado se tenía merecidísimo, porque el papel en que brilló mostraba muchos asideros; no sabemos que van a decir ahora, cuando el papel de Zaratustra no tiene ni bolsillo en que meter las manos; desnudo, seco, serio, sin escena alguna de ficción, tan despojada de todo adorno el alma como el cuerpo, Ancira tiene que decir textos profundos, y sabe decirlos con inteligencia y con penetración; otra vez, triunfa, en un papel áspero y austero; vestido o desnudo, con maquillaje o sin él, Carlos Ancira es un gran actor, y una vez más lo demuestra.

Los otros papeles son menos importantes. Los actores, además de enseñar “las tepalcuanas” (oímos esa expresión a nuestro vecino de butaca) se mueven, se agitan, bailan, saltan, hacen grupos escultóricos, y hablan con cambiantes voces; unas veces se juntan todos para hacer un águila, o una serpiente, u otras se individualizan para mimar la muerte de Kennedy, la de Luther King, la del Che Guevara (se adelantan a Marcela del Río y su Pulpo, pero se atrasan con respecto a Leñero y su Compañero); a Isela Vega la encontramos algo quebrantada de voz, y no muy dúctil; su triunfo, si existe en esta obra, es de otro género, y toca reseñarlo al cronista de escultura o al de burlesque. La señorita Kamini está mejor (como actriz) y Álvaro Carcaño vuelve a dar muestras de ductilidad y de entusiasmo, si bien de personalidad no muchas; acertaron en todo los músicos.

Quisiéramos que todo México viera, y, sobre todo, oyera, esta obra de gran altura, importante, filosófica, profunda, valiente, y por ella muy de veras felicitamos a su promotor, autor y director, el inquieto, inteligente y brillante Alexandro Jodorowsky.