FICHA TÉCNICA



Notas Comentarios de la función del teatro en la sociedad y de los indígenas como personaje teatral y su exclusión como espectadores

Referencia Armando de Maria y Campos, “Hace falta el indio en el teatro como personaje y como espectador”, en Novedades, 15 enero 1948.




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Novedades

Columna El Teatro

Hace falta el indio en el teatro como personaje y como espectador

Armando de Maria y Campos

No sería posible admitir seriamente que el teatro sea tan sólo una diversión sin trascendencia, un medio de pasar la velada o, cuando más, el cuadro frívolo de una actualidad ligera. No es tampoco una forma agradable para ciertas personas –el indio, por ejemplo–, por ser rápida, impresionante y directa, pero condenada a desaparecer, como los demás juegos del espíritu, en los periodos de la vida de los individuos en que ya no hay lugar para los juegos, sino únicamente para el combate.

El teatro es otra cosa, y es mucho más. Es no solamente un testigo valioso de la vida de los pueblos, de su manera de pensar, como de su manera de caminar, de vestirse o de amar, sino que es también una forma de actuar, con eficacia y poder, sobre esa vida de los pueblos. El teatro es el guía por excelencia. Pero es el guía en la medida precisa en que no busca serlo.

Es curioso observar que casi siempre la producción teatral de una nación toma su más bello impulso, reviste su forma más perfecta, en el momento en que esta nación conoce la gloria y la prosperidad. En efecto, ¿cómo no advertir que el admirable teatro español, el teatro de oro naturalmente, de sangre y de sombra de los Lope y los Calderón, florecía en tiempos de la hegemonía ibérica? ¿Cómo ignorar que el curioso repertorio inglés del siglo XVI, ramillete algo extraño y desordenado, en medio del cual brilla ese venenoso sol: Shakespeare, se desarrolla simultáneamente con el poderío isabelino? ¿Y no vemos, acaso, al teatro francés ordenarse, armonizarse, tomar su forma más alta y perfecta en la tragedia clásica bajo Luis XIV, que dicta su ley al universo? De este modo la vida teatral corre paralela a la vida de los pueblos; la grandeza de las monarquías arrastra, ordena la grandeza de los dramaturgos, y éstos, a su vez, añaden gloria a aquellos a quienes exaltan.

No es mera casualidad que en los seis o siete primeros meses del gobierno del licenciado Miguel Alemán se hayan estrenado, con éxito vario de taquilla, cinco excelentes piezas de autores mexicanos –Corona de sombras y El gesticulador de Usigli, La huella de Lazo, El pobre Barba Azul de Villaurrutia, Perogrullo de Castorena–; dos de ellas extraordinarias –las de Usigli, la segunda de las mencionadas de este autor entronca, en su origen social, con las amargas sátiras de Aristófanes–; magnífica una de ellas –la de Villaurrutia– y muy estimables las otras dos; no es mera casualidad, digo, es que parece que ha cesado el divorcio, largamente mantenido entre nosotros, entre la existencia de los hombres y lo que se les ofrece en la escena. Creo, sinceramente, que la hora del teatro hecho por mexicanos ha llegado. Esta que empezamos a vivir, iluminada por la sonrisa enérgica del presidente Alemán –profesor de energía y optimismo le acaban de llamar–, es ¡debe ser!, la hora del teatro mexicano, suspendida –¿parada?– desde la caída del presidente Lerdo de Tejada, o si el lector prefiere evadir la alusión política, desde la muerte de Peón Contreras...

Lo que hace falta ahora es acertar con los argumentos teatrales, y con los personajes que los representen, que los viven en la escena. De las cinco obras citadas arriba, cuatro son esencialmente mexicanas; claro, que unas más, otras menos, ¿Que en ninguna de ellas aparece el indio? Ya aparecerá. Se ha dicho que el indio no interesa en el teatro. Es falso. Desde el primer siglo colonial el indio fue llevado al teatro por los mayores dramaturgos españoles, y antes que por éstos, por nuestro Juan Ruiz de Alarcón. En nuestros días, un gran poeta y comediógrafo Miguel N. Lira, ha escrito, por lo menos, dos obras con argumentos en que figuran indios que juegan con los sentimientos–tipo del hombre: amor, odio; sobre sus grandes empresas: guerra, gloria; o sobre sus vicios capitales: avaricia, mentira, concupiscencia. Los títulos de estas piezas son Vuelta a la tierra y El camino y el árbol.

He mencionado al corcovado de Taxco como el primer autor del siglo de oro que llevó el indio al teatro. En efecto, Juan Ruiz de Alarcón escribió Las hazañas del marqués de Cañete, cuya acción pasa en Chile y entre sus personajes figuran Caupolicán, Tucapel, Colocolo, el Mago Locotán, Guacalda y otras mujeres araucanas. A su vez, don Pedro Calderón de la Barca escribió La aurora de Copacavana, cuya acción pasa en el Perú, y entre sus personajes también intervienen indios: Guascar, Yupanqui, Glauco, y con ellos masas de aborígenes. Ambas piezas hállanse dialogadas en verso y se inspiran en el poema de Ercilla, en las crónicas de América que a la sazón imprimíanse, o en lo que al regresar contaban allá los conquistadores.

Más recientemente, muchos son los autores que han llevado el indio a la escena. De los mexicanos contemporáneos basta con citar a Marcelino Dávalos, autor de Águilas y estrellas; a Antonio Mediz Bolio, el gran poeta de La flecha del sol, epopeya y drama del indio.

Hace falta el indio en el teatro; pero no sólo como actor, sino también como espectador. Y no será espectador de un espectáculo en que no se vea copiado, con sus vicios y virtudes, con sus triunfos y sus derrotas. ¿Os imagináis el auge que alcanzaría nuestro teatro si lográramos incorporar en él al indio, a los millones de indios que no han ido nunca al teatro, porque, claro está, no les interesan ni los hermanos Quintero, ni Benavente, ni "el último éxito de Madrid", ni menos Giraudoux u O'Neill.

Rubén Darío, en el prólogo de Prosas profanas, hace cuatro décadas, dijo: "Si hay poesía en nuestra América, ella está en las cosas viejas en Palenque y Utatlán, en el indio legendario, en el inca sensual y fino y en el gran Moctezuma de la silla de oro"...