FICHA TÉCNICA



Título obra La dama de la luna roja

Autoría Hugo Argüelles

Dirección Miguel Sabido

Elenco Luis Miranda, Elsa Aguirre, Héctor Andremar, Narciso Busquets, Socorro Avelar, Hilda Aguirre

Escenografía David Antón

Vestuario Armando Valdés Peza

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La dama de la luna roja de Hugo Argüelles, dirige Miguel Sabido]”, en Siempre!, 18 marzo 1970.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   18 de marzo de 1970

Columna Teatro

La dama de la luna roja de Hugo Argüelles, dirige Miguel Sabido

Rafael Solana

Porque mira que han vuelto las antiparras a la Schubert y las casacas a la Musset, y las pelambreras a la Berlioz, y los pantalones para señora a la George Sand (y hasta los puros), y las capas a la Mariano José de Larra, ¿se habrá creído Hugo Argüelles que también pueden volver los dramas a lo Víctor Hugo? Encontrará él lógico suponerlo; pero ahora hay que ver qué es lo que va a pensar el público. La dama de la luna roja nos ha resultado una ópera. Y no una ópera bufa, como para Carl Orff, o para algún tataranieto de Rossini, sino lo que solía llamarse, para burla de Hugo von Hoffmanstahl; (la literatura está llena de Hugos) “ópera seria”. Se ha olvidado Argüelles al escribirla, primero, de ponerla en verso, como Luis Fernández Ardavín sí hacía, hace apenas 50 años, y, segundo, y más grave, de que ya no queda nadie para ponerle música. Desgraciadamente, pues nunca serán bastante llorados, han muerto ya Verdi, en 1900, y Donizetti, en 1848, y Bellini, desde 1835; hasta Puccini, el más joven de todos, está inerte y frío desde 1924. ¡Cuánto les habría gustado a los autores de Don Carlo, de Lucrezia Borgia, de I puritani, y hasta al de Tosca, este dramón que ha escrito Argüelles, y que su tocayo Víctor no habría desdeñado tal vez, agregándole sólo, quizá, un acto más, en la caverna de la bruja, pues la criada, para lucimiento de la contralto, no se habría podido contentar con menos que con ser una hechicera, detalle en el que Argüelles no ha insistido mucho. Quizá se cansó de insistir en todo lo demás.

Quién sabe cómo parezca La dama de la luna roja leída; probablemente sólo medio siglo anticuada; parecerá contemporánea de La dama del armiño, o de Peleas y Melisenda; pero actuada, gritada a todo volumen, vociferada, tuvimos la impresión de que a una buena parte del público de la noche del estreno le pareció fatigosa. Hasta diríamos plúmbea. No esperábamos nada tan marmóreo, tan granítico, del agilísimo autor de esas comedias de ligero humor negro, estupendas y magníficas, que han sido Los cuervos están de luto, El tejedor de milagros, Los prodigiosos, y, en escala un poco menor, La ronda de la hechizada, (conste que para nada nos acordamos del Concierto para cuarenta cabezas y una guillotina, de infausta memoria). Ese no es el Hugo, es decir, el Argüelles, que conocíamos y que admirábamos. A fuerza de tratar de extenderse todo hombre, y particularmente todo artista, acaba por llegar a sus límites, Argüelles ha encontrado los suyos; debería insistir en seguir su propio camino, en el que es un maestro, y no pisar las huellas de su tocayo el autor de Hernani, de María Tudor, y de Marion Delorme.

Agrava la pesadez de la pieza, enormemente, la exaltada dirección de Miguel Sabido, que ha visto a casi todos los personajes tensos, eléctricos, en todo momento.

A Elsa, le va a romper la garganta los días en que haga dos funciones, pues la ha puesto a gritar como un náufrago. Andremar está tan irritado y tan violento, que su papel en La danza macabra nos parece ahora una ronda infantil, y en cuanto a Luis Miranda, se da vuelo interpretando un malvado de esos de cartón de Quezada, a los que tiene mucha inclinación. Hay obras que tienen esos papeles de pérfido; Iago, por ejemplo. ¡Qué delicia ha de ser para Luis interpretarlos, con todo ese fuego que él sabe poner en sus papeles mefistofélicos!

El único amigo que ha tenido Elsa Aguirre en esta aventura teatral a la que se ha lanzado es Armando Valdés Peza, su modista; pero él también ha exagerado, puestos todos a ver cuál exageraba más; seis vestidos diferentes para solamente tres actos, es un exceso, como los dos gritos y como los de las pasiones. El último se lo pone (eso se lo aprendió a doña Libertad Lamarque) solamente para salir a dar las gracias. Ahora que los seis son excelentes, diríamos que lo mejor de toda la obra, si no tuviéramos que poner por delante algo más bello todavía que los trajes: a la propia protagonista, a Elsa, a quien cada vez admiramos más y en quien creemos que tiene ya el teatro mexicano a una gran estrella; lució su belleza algo impávida en Nocturno a Rosario, de Cantón, y luego la vimos ya algo más en Corona de amor y de muerte, de Alejandro Casona; ahora está todavía más hermosa que en esas fechas, y que 20 años atrás, cuando comenzó en el cine; y tiene una voz más educada, más rica, más cálida; por eso nos asusta pensar que vaya a perder, o a gastarla, con la gritería a que Sabido la ha obligado. Sabido no se porta como un amigo de ella extorsionándola así, y haciéndole pregonar sus líneas, vocearlas, en una forma atronadora; es de mal gusto ese tono, al que también sus hermanos en la comedia han sido sometidos, y al que sólo escapa un poco Narciso Busquets, y por completo Socorro Avelar, que apenas tiene ocasión de temer cuatro palabras, e Hilda Aguirre, que no llega a decir con claridad ninguna; tampoco el autor ha ayudado a Elsa sino la pone en situaciones que a veces lindan con el ridículo (por ejemplo, las de hipocresía ante su hermano menor); David Antón, que intentó hacer un homenaje a Remedios Varo, y se quedó a mil leguas de ello en su escenografía, tampoco acierta del todo. ¿Por qué unas sillas cardenalicias, si no se menciona a ningún cardenal de la familia? ¿Por qué esa comunicación entre la habitación de Alda y el vestíbulo de la casa, pasaje que unas veces se utiliza y otras se evita?

Elsa la divina, por su belleza y su estudio, Armando Valdés Peza por sus trajes magníficos, y por su discreción Narciso y Socorro, se llevaron los únicos aplausos sinceros de la noche; ahora que de los otros, de los amistosos, o familiares, hubo muchos, para Hugo, a quien por cariño y respecto a su talento verdadero, que no es éste, escatimamos esta vez los nuestros, o para Miranda, que hasta bravos escuchó de su palomilla, cuando estaba rubricando una actuación como no habíamos visto otra desde la película El asesinato del duque de Guisa, puede ser que a Ruggiero Ruggieri, u otro gran actor de aquella época.

Para la señora Aguirre si es un triunfo, pero personal, esta Dama de la luna roja que ni Sabido, ni Argüelles, ni Miranda, ni Andremar, deberán contar entre sus mayores victorias. Y ahora la pregunta de los 64 mil pesos es: ¿Cómo la va a recibir el público?(1)


Notas

1. La obra se estrenó el 27 de febrero. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.