FICHA TÉCNICA



Título obra Asesinato de una conciencia

Autoría Luis G. Basurto

Dirección José Solé

Elenco Rafael Llamas, Luis G. Basurto, Willebaldo López, Gloria Mestre, Magda Guzmán, Germán Robles

Escenografía David Antón

Vestuario David Antón

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Asesinato de una conciencia de Luis G. Basurto , dirige José Solé]”, en Siempre!, 17 septiembre 1969.




Título obra Kean

Autoría Alejandro Dumas

Dirección Héctor Azar

Elenco Carlos Bracho, Enrique Bécker, Valerio Garza, Julio Monterde, Tamara Garina, Carmen Molina, Gloria Ortiz

Escenografía Benjamín Villanueva

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Asesinato de una conciencia de Luis G. Basurto , dirige José Solé]”, en Siempre!, 17 septiembre 1969.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   17 de septiembre de 1969

Columna Teatro

Asesinato de una conciencia de Luis G. Basurto, dirige José Solé

Rafael Solana

Basurto se fue estrenar a Guadalajara, mientras Sonia Amelio le desocupa el teatro Xola, su nueva pieza, que se llama Asesinato de una conciencia(1), y para la que se ha mandado hacer una nueva sotana, ahora blanca (como la que sacaba en su papel de Papa en la obra de Cantón Tan cerca del cielo) pero con botones rojos; dice que ya averiguó que los cardenales pueden usar esa sotana “de verano”, que más que aligerarles el calor les avisará las ambiciones de llegar a vestirse con las albas ropas del Sumo Pontífice.

Otra vez andamos, como en Con la frente en el polvo, y como en Pueblo rechazado, y como en Lodo y armiño, y como en la película Las sandalias del pescador, entre la púrpura. Hay dos grandes corrientes del teatro mexicano, por lo visto: una que se inclina por las muchachas, golfas, ficheras, manicuristas y similares y otra que se va por el lados de la sotanas y de los más altos grados de la jerarquía eclesiástica. Cuestión de modas. Basurto, que no desdeñó ser el fundador, con Cada quién su vida, de una de esas corrientes, es también el precursor y el apóstol de la otra.

Pero en Asesinato de una conciencia el cardenal que aparece no es histórico, como el de Locura de amor, ni como el obispo de Corona de luz, ni tampoco es melodramático, como el que hace el padre Mojica, sino es alegórico, pues la nueva pieza basurtiana a lo que más se parece es a un auto sacramental de los de don Pedro Calderón de la Barca. No vemos allí a ningún personaje de la vida real, sino a un símbolo. Y todos los demás personajes de la obra, que son pocos, también nos resultan descarnados, sin referencia a la realidad, ideales, manifiestos, meras entelequias.

Un sacerdote guerrillero... la gente echó a volar la imaginación cuando supo que de eso iba a tratar la obra. ¿Camilo Torres, acaso? ¿Se aludirá a las guerrillas colombianas, a las de Bolivia, a las de Venezuela? ¿Se tratará tal vez de una obra política?

Pues no; las guerrillas de Basurto son como las moradas de Santa Teresa, como el amado de San Juan de la Cruz; son guerrillas de la conciencia. Y cuando el sacerdote rebelde habla de Volver a la montaña no estaría pensando en la Sierra Maestra, ni en los Andes, ni en ningún fenómeno orográfico real, sino... en el sermón de la montaña, es decir, en la pureza original del Evangelio. Volver a la montaña quiere decir regresar a la simpleza de los primeros apóstoles, a la sencillez de Cristo. Se habla de volver allá desnudo y descalzo, y una montaña de verdad requiere unas botas fuertes; y se habla de volver sin armas, con sólo el amor; es decir no tiene que inquietarse ningún jefe de las operaciones militares, sino, si acaso, algún obispo. Todo está en el terreno del espíritu, de la conciencia; nada se refiere a los campos de batalla, ni de México, ni de ningún país de América, ni de otro continente.

Por su construcción dramática, a lo que más vendría a parecerse esta obra, ciertamente muy discursiva y salpicada de reflexiones, es a La ronda, de Arturo Schnitzler porque resulta que todos los personajes van dando vuelta; el director, José Solé, omitió tal vez por obvio, el cambiarlos de situación en el escenario; pero va resultando a medida que la obra avanza que todos cambian de postura y de papel; el juez se vuelve defensor, el defensor, acusado, el acusado, fiscal, y luego también defensor y también juez de sí mismo, pues todos van tomando todas las posiciones, a cada golpe que se da al caleidoscopio; lo de arriba queda abajo, lo que parecía estar a la izquierda está a la derecha. Claro que este juego, eminentemente intelectual, sólo podrá divertir a quienes se animen a seguirlo, a quienes se enfrasquen en la aventura de entenderlo; público sencillo, primitivo como el Evangelio, que vaya al teatro creyendo que va a oír chistes subidos de color o a ver lances de capa y espada, o a llorar con las perspectivas de un usurero malvado o de una esposa estricta, ése hará mejor en quedarse en casa viendo su telenovela y sus Polivoces, pues esta obra requiere del espectador el esfuerzo de irla siguiendo, de pensar, de meditar, de reflexionar, lo que no a todos parece cómodo.

José Solé, director, no ha tenido en esta ocasión mucha tela de donde cortar; la obra es de dirección áspera, poco lucida; como que se trata de una sesión académica, de una serie de discursos; pero no se arredró el inteligente y joven director, sino puso a trabajar su imaginación, concibió la obra como un auto sacramental, le agregó algunos personajes de carácter, y convirtió ciertas relaciones en escenas vivas y de otras varias suertes se esforzó por dar animación a los alegatos, hasta conseguir imprimirles una verdadera teatralidad por lo que mucho tenemos que aplaudirle.

Tampoco los intérpretes tienen muchos asideros; como los personajes son más simbólicos, y tienen más alma que cuerpo resulta difícil traerlos a la vida; lo hacen, sin embargo, los intérpretes, con atinado esfuerzo; el papel más asequible es el que fue repartido a Rafael Llamas, quien lo interpreta con entereza y sobriedad; el que tiene los parlamentos más impresionantes es el de Luis Basurto. Los dos de guerrillero, uno de los cuales hace Willebaldo López, son pequeños, y el de Gloria Mestre, extraño, y casi de mera composición plástica.

Magda Guzmán y Germán Robles roen valerosamente sus huesos; a ninguno de ellos le es brindada oportunidad de verdadero lucimiento; el director ha procurado que sean claros, explícitos, así en lo que hace a su pronunciación como por lo que se refiere a las intenciones de sus bocadillos.

Tampoco es muy brillante la oportunidad para el escenógrafo, David Antón, que ha cumplido con una decoración sobria y con su vestuario discreto.

Kean de Alejandro Dumas, dirige Héctor Azar

La interpretación que vio Héctor Azar, en Bellas Artes, hace pocos años, de una escena de Kean, por Vittorio Gassmann llamó su atención sobre esa vieja obra, en la que descubrió un papel teatral muy importante; consiguió la pieza original, y, naturalmente, la encontró larga y enfadosa; como lo parece hoy, especialmente a los mexicanos, todo el teatro romántico. ¿Quién se atrevería hoy con Cjatterton? ¿Quién con Antony, ni siquiera en la versión modernizada de Álvaro Aráuz? Rodolfo Usigli se atrevió con El candelero, de Musset, hace unos 30 años, y aquello fue poco menos que un completo desastre.

Sin embargo, para dejar una obra romántica a la medida de nuestro tiempo basta con acortar un poco sus dimensiones; el hombre de hoy no dispone de tantas horas para pasarlas en el teatro como las que tenía el de hace 140 años. Y su comprensión es más rápida. Con acortar algunas escenas, suprimir otras, se puede hacer una modernización de una obra vieja; no es necesario ponerle ese tono irónico que Magaña Esquivel piensa que le ha puesto Sartre. La ironía, que puede ser una actitud piadosa y comprensiva, con más frecuencia es una despectiva y orgullosa. Hacer ironía acerca de algo es a menudo no comprenderlo. Una vez Carlos Chávez quiso hacer ironía con La traviata, y la dirigió subrayando con malicia sus vulgaridades y sus chinchines. Han pasado pocos años, y el propio Chávez respeta ya a Verdi, y La traviata seguirá siendo oída con admiración y con respeto cuando de Chávez ya no se acuerde nadie.

Nos parece que sobra la ironía, y que Kean puede ser vista son simpatía, y con afecto. Con espíritu de comprensión, por lo menos. Dumas es, por mucha ironía a que se le sujete, un gigante literario, si bien su teatro es en nuestro siglo menos admirado que sus novelones. Podemos verlo no para burlarnos de él, sino para conocerlo. Héctor Azar, por fortuna, no se ha empeñado en subrayar la ironía, sino ha dado a conocer el drama (porque es un drama, para que se enteren los que se morían de risa con algunas de sus escenas) con seriedad, vistiéndolo bien, moviéndolo con agilidad, encerrándolo en decorados apropiados casi siempre; exageró el público al aplaudir hasta la forma de levantar un telón, lo que ya es el colmo, y sobre todo al premiar con aplausos la errada escenografía del penúltimo acto, muy pobre, muy falta de imaginación, y muy vieja, pues hay muchas operetas, desde El dúo de la africana, que ya la usaron. De Benjamín Villanueva esperábamos algo más ingenioso que eso para representar el Drury Lane; sobre todo, se disocia por completo del resto de la decoración de la obra, que es moderno y de buen gusto.

También tendríamos que censurarle a Villanueva un biombo 60 o 70 años posterior a la época en que la obra se estrenó, y 100 al tiempo en que se supone ocurrir la acción. Ese biombo pertenece a la obra Chéri, no a Kean; como la música pésimamente escogida, pedante, y cursi, pertenece a Peleas y Melisenda o al Combatimento de Tancredo y Florinda, pero no a una obra romántica. Hay una danza de siglos enteros entre música escenografía y obra. Anacronismos tan ridículos como habría sido poner un aparato de televisión en el camarín (o, en último caso, en italiano, camerino, pero nunca “camerín”, que está en híbrido) del actor. ¿O consistirá la ironía en barajar de este modo la música renacentista, la decoración art-nouveau y la literatura romántica?

Algo acortó Azar la larguísima obra, para hacernos soportables sus seis actos; pero hizo más, para aligerarla: llevar la representación al galope. Tal vez se pasó un poco de velocidad. Suele hacerse el reproche, en el cine y en el teatro, de lentitud; tanto se habla mal de ella que llega a pensarse que la vertiginiosidad será una virtud; pero en esto, como en todo, no hay que pasarse; para llevar la obra al ritmo vivaz que Azar ha impreso a Kean (2)hay que estudiar mucho, hay que estar muy seguro del texto, y todos lo estaban; pero un galope tan exhaustivo acaba por resultar tan cansado como un trote cansino y amodorrado.

Se habla del buen gusto de la puesta en escena de Kean; sin duda es una obra más que decorosa y que digna, hasta elegante y fina, a pesar de las disonancias que hemos señalado, pero encontramos en ella una cierta frialdad, una cierta incomprensión. Azar se ha preocupado en mostrarnos un espectáculo lujoso, y, a su juicio, limpio e impecable; pero ha descuidado poner alma en sus personajes; ni siquiera el propio Kean va a ninguna parte, sino se desmorona al final, hueco, y en mayor medida ocurre eso con los personajes que lo rodean. Carlos Bracho ha incorporado al gran actor inglés con prestancia, ha hecho gala de su buena figura, de su voz estupenda y su dicción excelente; pero se ha limitado a decir y actuar el bien memorizado papel sin llegar nunca a sentirlo; exceso de apego a la paradoja del comediante, tal vez; pero la emoción, cuando se siente, se transmite; y Bracho ha hecho el papel sin ninguna. En cuanto a Enrique Bécker, no podríamos aplaudirle su príncipe de Gales, inflexible, siempre como parado de puntas, como quien se ha tragado el asador; no hay ninguna inflexión humana en sus parlamentos, sino solamente velocidad y buena memoria. Ha hecho un títere y no un hombre; y el suyo es el papel segundo en importancia, en la pieza.

Nos ha gustado mucho, en cambio, por sí mismo y por la forma en que fue dirigido Valerio Garza, que ha hecho con mucha mesura el papel de Salomón. Azar suprimió de la obra todos los papeles de viejo; hizo jóvenes a todos, al embajador, inclusive, que interpreta Julio Monterde, y que debió de ser casi un anciano; Garza, un muchacho, hace con agilidad y simpatía personal un papel de hombre maduro o más, según entendíamos que habría debido de ser el suyo.

La obra tiene solamente tres mujeres, y las tres están magníficas. Tamara Garina, tal vez no tan joven como los demás artistas del reparto, acierta siempre plenamente en los papeles episódicos; es una actriz que jamás ha dejado de estar admirable. Carmen Molina, a quien con acierto fue repartido un papel de damita joven en el que nada deja que desear, brilla por su juventud, su belleza y su gracia (y aquí agregaríamos “que le conocemos desde tantos años” si no hubiéramos llegado a saber, por comentarios de Rosa María Moreno, que a las actrices no les gusta que uno conserve memoria de sus pasadas campañas); y en cuanto a Gloria Ortiz, verdaderamente nos da una sorpresa, y muy grata, con su actuación fresca y amable, tal vez la más espontánea de toda la obra. Particularmente nos inclinamos a aplaudirle el quinto acto, en que tiene sus momentos más felices.

Kean es una representación de alta calidad, bien cuidada, como debe exigirse del teatro oficial, que sin duda en esto cumple con rigor; pero hay algo de pedantería y de ostentación en sus perfecciones, y más orgullo satánico que humildad artística en sus propósitos. La aplaudimos fuerte, sin embargo con las anotadas reservas.


Notas

1. En el Distrito Federal se estrenó el 19 de septiembre. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.
2. La obra se había estrenado el 3 de septiembre. Idem.