FICHA TÉCNICA



Título obra Un tranvía llamado deseo

Autoría Tennessee Williams

Dirección Dimitrios Sarrás

Elenco Beatriz Sheridan, Mónica Serna, María Douglas, Dolores (Lola) Bravo, Lolita Beristáin, Juan Verduzco, Miguel Palmer, Wolf Rubinskis, Héctor Bonilla, Justo Martínez

Espacios teatrales Teatro Ofelia

Productores Peggy Mitchell

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams, dirige Dimitrios Sarrás]”, en Siempre!, 10 septiembre 1969.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   10 de septiembre de 1969

Columna Teatro

Un tranvía llamado deseo de Tennessee Williams, dirige Dimitrios Sarrás

Rafael Solana

En vista de que no pudimos ir a la primera representación de Un tranvía llamado deseo(1),el taquillero del teatro Ofelia nos castigó y no volvió a invitarnos sino para la última. Ya verdaderamente no tiene caso hablar en estas columnas de una obra que, aunque la recomendáramos, ya nuestros lectores no podrían ir a ver; sin embargo, vamos a reseñar esta última representación, para efectos históricos, pues fue de tal manera notable, que deben saber acerca de ella nuestros lectores de la provincia y del extranjero, y los capitalinos, tomar nota de por qué tal vez votaremos como votaremos cuando llegue el momento de elegir a la mejor actriz de este año de 1969.

Lo primero que tenemos que decir es que la obra de Tennessee Williams volvió a parecernos tan importante, tan vigorosa y tan magistral como el día en que la conocimos; es de esas piezas que por eso se llaman clásicas, o eternas, que a cada nueva representación ganan, que gustan y convencen cada vez más. Sólida, inatacable, perfecta en su construcción y en el logro de sus designios es sin duda una de las perlas del teatro de nuestro siglo, y hasta del teatro en general. Nunca nos cansaremos de verla.

Ahora ha sido dirigida por Dimitrios Sarrás, que tiene fama de ser un mago, un Midas, de convertir en oro todo cuanto toca; y no nos referimos a que haga mucha taquilla, sino a que logra una calidad excepcional en todos sus artistas; claro que haríamos mejor en decir en casi todos, pues siempre habrá alguno que se le resista un poco. Y habrá quienes, por propios méritos, consigan levantarse sobre sus compañeros, aunque estén todos en las mismas manos de este hechicero.

Quienes tal cosa logran en la ocasión de que estamos hablando, naturalmente que por virtud de la dirección acertadísima, pero sin duda también por sus talentos personales son las dos actrices a quienes no queremos bajar una sílaba de eminentes, Beatriz Sheridan y Mónica Serna. La actuación de Mónica es de tal manera estupenda, impecable y maravillosa, que nos habríamos quedado con la boca abierta y la hubiéramos estado aclamando durante cinco minutos, si no ocurriera la desgracia de que estaba en el mismo escenario Beatriz Sheridan, que alcanzó una actuación portentosa, y que nos atrevemos a llamar histórica. Sería muy justo que por ser tan magna la actuación de Beatriz, se olvidara alguien de que Mónica estuvo también extraordinaria.

La obra se convirtió en lo que tal vez nunca antes había sido: un mano a mano de actrices; lo normal ha sido siempre que sea un duelo entre la primera actriz y el primer actor; la segunda actriz tiene un papel apagado, sobrio, modesto, de tono menor; pero la señorita Serna lo ha hecho tan admirablemente, que lo que era en principio una desventaja, se ha convertido en una ventaja, cuando un torero triunfa a pesar de que le tocó un toro difícil, y por eso mismo su triunfo es más grande.

Tiene Mónica la ponderación de nunca querer dejarse ver más de lo que su papel lo permite, la de conservarse siempre, y sin embargo brillar, en el medio tono, en la oscuridad que el autor exige para el equilibrio de la obra; la encontramos sobre todo magnífica cuando calla, cuando solamente escucha; y los artistas y algunos espectadores, saben qué difícil es eso.

Un aplauso largo, emocionado, de pleno reconocimiento, para Mónica Serna, sensacional y prodigiosa en su papel de Stella Dubois; pero... Pero está delante la Sheridan, sol deslumbrante, que lo opacaría todo, si Mónica no hubiese dado el rendimiento excepcional que dio. Beatriz hace la Blanche, un papel que ya está en las antologías, como Medea, como Raymunda, como Juana, y que es una prueba para las actrices; tiene asideros, muchos; es un gran papel; casi cualquiera puede estar en él; pero escalar la excelencia y por momentos la sublimidad, eso está sin duda al alcance de muy pocas.

Muy bien vimos en este papel a María Douglas y a Lola Bravo; pero esto es otra cosa. No sabemos si todas las noches habrá hecho así este papel Betty, o si solamente se excedió en la noche final; pero para nosotros, que llevamos 40 años de ver teatro, a las mejores actrices de aquí y de otras partes, será inolvidable la actuación de Beatriz Sheridan, perfecta, sin perder puntada, sin flaqueza, exacta desde la primera sílaba del papel hasta la caída del telón final. Hay, sin embargo, un momento, como hay un aria en las óperas, en que brilla más, en que nos deleitó y nos hipnotizó, y es el racconto, hecho con tal emoción, con un tan auténtico pathos, que al apagar la vela y dar por terminada esta escena de cátedra la ovación estalló incontenible: después tiene las escenas más lucidas, pero que no son las que más apreciamos, las de borrachera; no esperamos hasta entonces para proclamar que estábamos viendo una actuación memorable; el solo racconto bastaría a Beatriz para postular, sin competidora a la vista, por el premio a la mejor actriz de este año.

Beatriz, sol, y Mónica, luna de esta representación, hicieron palidecer y disminuir a todos los artistas que había en el escenario; nos gustó mucho quien hizo de Mitch (perdón por no recordar su nombre)(2), y bastante Lolita Beristáin, y nos pareció que cumplían Juan Verduzco y otros artistas. En cuanto a Miguel Palmer, que tomó el papel que ha hecho Marlon Brando, y, aquí, Wolf Rubinskis y Héctor Bonilla, sin estar mal, ni muchísimo menos, sino bien y hasta muy bien a ratos, no igualó a esos dos, ni, lo que habría sido heroico, a las dos actrices con las que alternó. Pero no debe deducirse de este comentario que tengamos en escaso aprecio la actuación de Palmer; lo que pasa es que, por mucho que Palmer dé al lado de una Sheridan, y hasta de una Serna (lo que no dejó de sorprendernos, aunque recordáramos con admiración su Asesinato de la hermana George), es muy difícil brillar.

A Peggy Mitchell, coproductora, le deseamos; por egoísmo, para disfrutarlas, muchas obras como ésta. A la Sheridan quisiéramos mandarle un beso. Nunca olvidaremos la emoción que nos proporcionó con su escena magistral.


Notas

1. Se estrenó el 21 de julio. P. de m. A: Mónica Serna
2. Justo Martínez. Idem.