FICHA TÉCNICA



Título obra Los albañiles

Autoría Vicente Leñero

Dirección Ignacio Retes

Elenco Luis Aragón, Mario García González, José Carlos Ruiz,, Octavio Galindo, Aurora Rivas, Alberto Gavira, Salvador Sánchez, Raúl Bóxer, Gabriel Retes, José Ramón Enríquez, Guillermo Gil, Eugenio Cobo, Esther Guilmain

Escenografía Félida Medina

Espacios teatrales Teatro Antonio Caso

Productores Ignacio López Tarso

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los albañiles de Vicente Leñero, dirige Ignacio Retes]”, en Siempre!, 9 de julio de 1969.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   9 de julio de 1969

Columna Teatro

Los albañiles de Vicente Leñero, dirige Ignacio Retes

Rafael Solana

Al cronista anónimo, a quien tan profundamente entristecen y marchitan los fracasos del teatro nacional, en cambio lo exaltan, lo enajenan sus triunfos, que festeja con mayor júbilo que si fuesen propios; así recuerda algunas noches de gloria, algunos estrenos históricos que han ido haciendo el cuerpo del teatro mexicano: Hoy invita la Güera, Cada quien su vida, Malditos, Te juro Juana, El mediopelo, Moctezuma II...

Pero pocas veces en su ya larga vida recuerda este cronista que un triunfo haya estado tan repartido, haya tocado a todos, no solamente al autor, o al director, al escenógrafo, al último de los intérpretes como en el caso de Los albañiles, de Vicente Leñero, donde no únicamente se ha montado a las mayores alturas de éxito al comediógrafo, sino con él van todos quienes participaron en la representación, que podría citarse como un modelo de unánime acierto.

Días antes del estreno(1) el cronista trató de sonsacar al autor alguna opinión sobre la obra; con una modestia franciscana Leñero dudaba de ella, daba la impresión de considerarla un peligroso experimento, una satisfactoria realización; y cabía aceptar que así fuese, a pesar de que en contra hablaba el triunfo arrollador que ese escritor obtuvo con su obra teatral inicial, Pueblo rechazado, el año pasado; porque adaptar a la escena la novela Los albañiles parecía trabajo de romanos, y bien cabía la posibilidad que no se hubiese visto coronado por el éxito.

Para sorpresa de todos, Los albañiles no solamente iguala, sino creemos que muy ampliamente supera a la obra anterior, y triunfal, del mismo comediógrafo.

Contra lo que podría esperarse de un dramaturgo relativamente neófito, y de una adaptación para la escena de una obra originalmente concebida en otro género literario. Los albañiles no solamente no faltan, abundan ferazmente los elementos teatrales que el escritor acumuló magníficamente, como quien dispone de una rica mina de ellos. Por ejemplo, utiliza, y los hace funcionar bien, aunque no sean básicos, los resortes del teatro policiaco, con lo que mantiene siempre viva la curiosidad del público, para abandonarla al fin desdeñosamente, en un gesto elegante, pero que tal vez desconcierte a algunos. Luego, ha aplicado su lupa al gremio de la construcción (albañiles, pero también ingenieros) tan escrupulosamente, que en todo momento sentimos tener entre las manos algo vivo y palpitante; particular en su acierto en materia de lenguaje; el de Los albañiles una verdadera creación literaria, del mayor rango estético; está la obra tan emparedada de palabrotas que se diría una palabra adaptación de Picardía mexicana; a algunas damas, a algunos sacerdotes (fueron el público natural de la obra anterior de Leñero) les parece que están oyendo hablar en francés o en búlgaro; pero, como dijo don Carlos González Peña de una obra de Usigli, “las palabras gruesas están engastadas como gemas”, suenan tan naturales que dan riqueza, sonoridad y eficacia al léxico, contribuyen a la verdad del cuadro y a la fuerza dramática de las escenas. Aunque haya 100, ninguna podría quitarse sin dañar la integridad artística de la obra.

Conservó el autor en la obra teatral la diversidad de espacios y de tiempo que la novela admite, pero que en el teatro crean problemas gravísimos al director y aun al espectador; todos ellos por fortuna han sido sorteados con el mayor acierto por José Ignacio Retes y esperamos que no signifiquen para el público sencillo, acostumbrado a algo más claro y llano, un escollo para la buena inteligencia de la pieza.

La obra está repartidísima (en más de docena y media de papeles) y tal vez a ello se deba que Ignacio López Tarso se haya limitado a producirla, sin tomar en ella parte como actor, a veces, a lo largo del desarrollo, se siente que no eran necesarios actores tan célebres como Luis Aragón o Mario García González para los papeles que hacen; pero llega un momento en que se explica que estén allí; tienen monólogos de enorme lucimiento personal; Aragón, sobre todo emocionado conmueve con el suyo, que está dicho con maestría. José Carlos Ruiz, en el papel más importante de la obra, en el que acumula el autor con melodramático delirio todas las desgracias, brilla en todo momento, y a su lado resulta una grata sorpresa, el joven Octavio Galindo, quien dibuja con increíble madurez un personaje cargado de matices. Agrada por su palmito y su buena voz, Esther, la tercera hija de Ofelia Guilmain, cumple con un papel muy breve. Aurora Rivas, causa admiración por la perfección de su trabajo impecable; Alberto Gavira, Salvador Sánchez viven su parte con una naturalidad plausible; Raúl Bóxer tiene una parte prolongada, y la desempeña con vivacidad y brío; Gabriel Retes se identifica con su personaje y trasmite al público todos los sentimientos deseados, y todavía algunos artistas más cuyos nombres ni llegamos a saber, y que desempeñan su cometido en el más alto nivel de cumplimiento, como son los que hacen los papeles de “el ingeniero” y “el cura”, viñetas de admirable acabado, en sus pequeñas pero muy cuajadas y redondas escenas (Uno de ellos será José Ramón Enríquez, Guillermo Gil, o tal vez Eugenio Cobo, el otro).

Al plurivalente José Ignacio Retes le hemos aplaudido fuertemente como actor en Atentado al pudor y otras obras, como autor en El aria de la locura o Los hombres del cielo, como director en esa misma y en otras piezas más; pero nunca tuvo que vencer, en este respecto de su actividad teatral, mayores dificultades que las que ahora se le presentaron, ni alcanzó a nuestro juicio mayor acierto. El ritmo complicadísimo de esta obra erizada de entradas y salidas en diferentes planos, el tono muy difícil, de piezas en que abundan los conjuntos, los concertantes, en la que se va de la intimidad de la confesión al grito y al silbido, la unidad en una creación teatral que se salta de la realidad más áspera al sueño, del romanticismo a la crueldad viciosa, de la llaneza del cuadro de costumbres al acto de fuerza de la escena patética, todo eso logró superarlo y vencerlo Retes con una maestría que ha de serle reconocida. Y que no cuente como el menor de sus triunfos el haber manejado, y haber hecho brillar como estrellas, a artistas noveles, que tal vez por primera vez pisan un escenario profesional.

Queda un aplauso más, y no es el menos ferviente, para la escenografía, que es admirable. Ya vimos antes muchas creaciones de mérito de Félida Medina pero esta vez ha logrado crear una atmósfera poética, y un cuadro de belleza plástica exaltadísima, con los más realistas de los elementos, cada brizna de polvo, cada astilla de cimbra, cada cucharada de mezcla, cada ladrillo, cada desnivel en los andamios, cada varilla, cada costal de cemento tienen vida y son un documento de autenticidad, al mismo tiempo que contribuyen a crear un cuadro que tiene valores estéticos. La funcionalidad, además, es inobjetable. Creemos que esta vez ha logrado Félida Medina no pintar un telón, sino crear un ambiente, dar vida a objetos inertes. Su escenografía para Los albañiles marca una época. Si ya habíamos quedado este año admirados por la de David Antón y Eugenio Servín para Chéri, ahora abrimos tamaña boca y nos sumimos, absortos, en la mayor admiración ante Félida Medina, que se ha hecho merecedora de la más estrepitosa de las ovaciones.

A la duda ¿irá el público tan lejos, al teatro Antonio Caso, en el Paseo de la Reforma Norte, en pleno Tlatelolco, para ver Los albañiles?, respondemos: iría hasta Texcoco, o a Toluca. También El precio se estrenó en un teatro frío y de incómodo acceso, y ha agotado el papel en todas sus funciones. Los albañiles es una creación artística tan perfecta en todas sus fases como El precio, y además es nuestra. Sería sorprendente que no alcanzara también un éxito de público arrollador y sensacional. Desde luego, bien merecido se lo tiene.


Notas

1. Que tuvo lugar el 27 de junio en el teatro Antonio Caso. Jovita Millán, “Registro de obra de Vicente Leñero” en Lecturas desde afuera. Ensayos sobre la obra de Vicente Leñero. Comp. Kirstein F. Nigro, El Milagro-UNAM, México, 1997. p. 261.