FICHA TÉCNICA



Título obra La víctima

Autoría Mario Fratti

Notas de autoría Martín Rodríguez Mentastí / traducción

Dirección Fernando Wagner

Elenco Fina Basser, Narciso Busquets, Manolo García Rolando de Castro

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Virginia Fábregas

Productores Chucho Guzmán

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La víctima de Mario Fratti, dirige Fernando Wagner]”, en Siempre!, 28 de mayo de 1969.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   28 de mayo de 1969

Columna Teatro

La víctima de Mario Fratti, dirige Fernando Wagner

Rafael Solana

Ha vuelto a México Fina Basser, la bella e inteligente actriz argentina a quien ya vimos aquí antes en otras temporadas. Trajo esta vez de Buenos Aires una pieza, probablemente italiana, La víctima, de Mario Fratti, en cuya traducción al castellano intervino el marido de la actriz, el productor cinematográfico Martín Rodríguez Mentastí. El empresario del teatro Virginia Fábregas, Chucho Guzmán, se interesó en la obra, aunque se sale bastante del género a que el público de esa sala ha sido recientemente acostumbrado. La comedia ha sido autorizada para adultos, y hasta ahora la clientela de esa sala solía ser de familias completas.

Es La víctima una obra teatral hábilmente construida, con dos propósitos principales y uno secundario; los propósitos más importantes, que están perfectamente conseguidos, son el de interesar al público, y el de asustarlo; se inicia la pieza con un asesinato a la vista del público, y eso ya mantiene a la gente despabilada, pues con un cadáver detrás de la puerta es difícil conciliar el sueño. No es obra policiaca, pues no se trata de suponer quién es el asesino, que eso ya bien claro lo hemos visto, sino obra de terror, como hemos visto algunas americanas o inglesas, en que pasa cada espectador su buen susto imaginando que algo como lo que está viendo en la escena le podría a él, o a ella, ocurrir en su casa.

El primer acto, que es el más interesante, está escrito con mucha malicia teatral, y es un crescendo de terror, en el que sólo participan Fina Basser (¿será ella la víctima?) y Narciso Busquets, que fue muy inteligentemente escogido para el viril y algo patológico personaje. Por cerca de una hora dialogan estos buenos artistas, sin permitir que el público se les escape, sino manteniéndolo en todo momento muy bien adherido a la trama.

El propósito secundario de la obra no nos ha satisfecho. Quiso Fratti aparecer como un autor de ideas modernas, y ha cargado su pieza, innecesariamente a nuestro juicio, de alusiones sexuales, que por momentos rayan en la crudeza, casi en la pornografía; se incurre en un detallismo que se antoja morboso, y de mal gusto. Nos preguntamos si podrá constituir todo esto, para cierto tipo de espectadores, uno de los atractivos de la comedia.

Fina estará encantada (como Emma Teresa Armendáriz en su teatro y como Rosita Quintana en el suyo) de ser la única actriz en escena, de no tener competencia femenina, de ser la única belleza y de que no haya allí más negligées que las suyas; pero aunque su papel es largo e importante, se deja opacar, en no pocos momentos, por el que fue repartido a Busquets, que es más intenso y más llamativo, las escenas de mayor vigor son de Narciso, que, como está bien en ellas, viene a convertirse en el principal artista del espectáculo, lo que probablemente no figuraba en la intención de la actriz al traer desde tan lejos la pieza. Ciertamente ella luce también; pero en un papel más pasivo sufre las escenas, no las anima; en ella recorre la acción pero no es el motor de los actos.

Hay otro personaje más, que entra tarde pero que tiene escenas de gran responsabilidad; ese papel nos parece que fue mal repartido; Manolo García no entra en el personaje, descrito como morboso, lunático en enfermizo, degenerado, otros actores habrían penetrado más profundamente en la psicología de ese atormentado. Manolo, cuyos calcetines desentonan de su camisa, se limita a hablar cortamente, con una voz de ultratumba muy hueca y muy falsa, sin hacer sentir al público la odiosidad que el autor quiso poner en ese personaje, en el que Wally Barrón (nuestro Charles Laughton local), o Raxel o Monden, o algunos otros actores disponibles habrán puesto mayor colorido, mayor intensidad, más variados matices.

Finalmente, tenemos a Rolando de Castro en una sola escena, muy bien sacada, y que el público aplaude; nos alegra ver que este joven y valioso artista escapa de su hermética caja universitaria y se deja ver en un escenario, pues creemos que tiene, además de la buena voz de que en su trabajo habitual hace gala, una presencia agradable, y un talento histriónico del que ya más de una vez dio muestras.

Fernando Wagner dirigió con profesionalismo, pero sin perfección, puesto que dejó que se le escapara de las manos el importante personaje en que Manolo está inconvincente, su trabajo con Narciso es, en cambio, digno de todos los elogios. En cuanto a David Antón, escenógrafo, esta vez se ha limitado a cumplir, como esos toreros que se toman una tarde de descanso después de un triunfo grandioso que fue el que Antón obtuvo en Chéri, obra con la que se ha cubierto de gloria.