FICHA TÉCNICA



Título obra El precio

Autoría Arthur Miller

Dirección Rafael López Miarnau

Elenco Emma Teresa Armendáriz, Ignacio López Tarso, Augusto Benedico y Carlos Ancira

Escenografía Julio Prieto

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El precio de Arthur Miller, dirige Rafael López Miarnau]”, en Siempre!, 21 mayo 1969.




Título obra Chéri

Autoría Colette

Dirección Luis Martín

Elenco Anita Blanch, Carmen Montejo, Enrique Álvarez Félix, Erna Marta Baumann, Aurora Cortés, Eva Calvo, María Conesa, Blanca Torres, Mario Delmar, Carlos Amador Jr.

Escenografía David Antón

Vestuario Eugenio Servín

Espacios teatrales Teatro del Bosque

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El precio de Arthur Miller, dirige Rafael López Miarnau]”, en Siempre!, 21 mayo 1969.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   21 de mayo de 1969

Columna Teatro

El precio de Arthur Miller, dirige Rafael López Miarnau

Rafael Solana

Un torrente de nombres impresionantes en el teatro Orientación: Arthur Miller, el mejor melodramaturgo viviente; Rafael López Miarnau, el mejor director teatral de México (premio de los críticos por cuarta vez); como escenógrafo, el maestro Julio Prieto, y como intérpretes, estos cuatro, todos ellos archipremiados: Emma Teresa Armendáriz, Ignacio López Tarso, Augusto Benedico y Carlos Ancira.

Hasta el público era de categoría; llenazo impresionante, y una clientela distinguidísima, con Dolores del Río y todo, como sólo se había visto en los grandes estrenos de Manolo Fábregas.

Y no se habrá arrepentido nadie, porque tuvimos una gran noche de teatro. Miller puso la materia prima, una obrita que no es de las mejores entre las suyas, pero que contiene escenas de gran lucimiento para los artistas; aunque escrita para ser representada corrida, si así se desea (López Miarnau le puso un intermedio), evidentemente está concebida en dos partes, de las cuales la primera es la mejor; consiste esa primera mitad en unos desvaídos prolegómenos, que casi parecen nada más “hacer tiempo” para que acabe de llegar la gente, y en los que Emma Teresa y Nacho llenan los minutos en forma un tanto insulsa, y luego un largo pero primorosamente trabajado sketch a cargo de Carlos Ancira, a quien da la réplica, como patiño, López Tarso. Escrito con mucha gracia, con mucha penetración psicológica, con verdadera maestría, puede proponerse como modelo de sketchs, como la flor y nata de las viñetas teatrales; pero sobre todo, nos impresionó por la actuación, más que por el texto. Carlos Ancira da una lección, un recital; es una delicia oírlo y verlo hacer cada frase de ese trozo de bravura para actores. Una cátedra, un espectáculo sensacional, que recomendamos amplísimamente a todo el que tenga sensibilidad para percibir la finura o la perfección de una actuación. Se trata verdaderamente de un “aria de la locura”, de uno de esos tramos que los actores antes escogían para repetirlos en la noche de su beneficio. Para los alumnos de la escuela teatral debería ser obligatorio ir a ver a Ancira en esta escena y luego estudiarla y tratar ellos de repetirla.

La segunda mitad de la obra es otra cosa, está escrita según la fórmula que ya consagró Basurto, el mejor de los melodramaturgos nuestros: dos personas o tres de la misma familia que se encuentran al cabo de los tiempos, y levantan un dedo para decir: “no habíamos hablado en 20 años, pero ahora vamos a hablar; y se desbocan, se gritan, se insultan, se preguntan que pasó en aquella época y por qué. Esta escena en obras basurtianas la hemos visto mucho a López Portillo, a Emma Fink, a doña María Tereza y a todos los demás artistas que han basurtizado con frecuencia.

Viene la ocasión de brillar de los artistas del reparto; empujan fuera de escena a Ancira, que ya les estorbaría y se valen para ello de cualquier pretexto; y entonces sí alzan la voz y gritan Benedico y López Tarso, mientras sufre, gime y hace muecas Teresa. Todos son artistas eminentes y brillan; pero con todo su brillo no logran ensombrecer la actuación admirable de Ancira en el acto anterior; Ancira es de todos modos, por mucho vuelo que tomen sus compañeros, el mejor actor de la obra.

El principal atractivo de El precio es este concurso de actuaciones; como obra, sin duda hay otras de Miller que le son muy preferibles (y hay una actualmente en escena, Panorama desde el puente, que ha repuesto Wolf Ruvinskis); pero ni siquiera en las mejores obras millerianas que hemos visto se ha presentado esta oportunidad de medir a artistas notables; ya nuestra opinión acerca de que el mejor es Ancira ha sido emitida; pero habrá quienes tomen en cuenta el hecho, muy cierto, de que el papel de Carlos es de los llamados “agradecidos”, mientras el que asume López Tarso es un clásico “hueso”; Ignacio no hace en el primer acto otra cosa que escuchar, que dar pequeñas réplicas, como las que Schillinsky daba a “Cantinflas”, sólo para permitirle seguir hablando; pero en el acto segundo, en su escena de las recriminaciones frente a Benedico, allí López Tarso tiene ocasión de soltar el chorro de voz; también le llega su momento, su aria, como en la ópera, y sabe aprovecharlo. No es un papel como el que hizo en El crisol; pero demuestra que él es uno de los grandes de nuestra escena; y la misma suerte cabe a Benedico cuyo papel tal vez es el más lleno de matices, pues nos parece simpático por momentos y antipático en otros, ya que en el texto se le acumulan culpas y disculpas. La actuación de estos tres artistas notables ha sido matizada por el director, que trató a cada uno de ellos como a una estrella, y le aplicó luces para hacerlo verse más y mejor; igual ocurre con el único papel femenino de la pieza que con ser el más pequeño, no deja de tener también sus momentos de brillo.

Alguien dijo que la escenografía de Julio Prieto era recargada y estorbosa; por el contrario, nos parece admirable, viviente; en la concepción del autor aquel montón de cachivaches tiene una enorme significación; el nombre mismo de la obra, El precio, alude al de todo aquel mundo de muebles y de objetos, que tienen un valor material, uno estimativo; que pueden valer mucho, poco, nada, según desde donde se les mire. ¿Cuánto vale un arpa, instrumento obsoleto, si tiene la caja rota? ¿Pero cuánto vale si la tocaba la madre, si está en el recuerdo de los hijos? ¿Cuánto vale una silla, si en ella se sentaba el padre? Julio Prieto amontonó objetos, pero cumplió con ello el designio del escritor, y dio sentido a la pieza. Nos parece estupenda, inteligente, viva, esta escenografía de Julio Prieto, en la que nada sobra; en que todo tiene un sentido y una función.

El precio es uno de los espectáculos teatrales más perfectos y más completos que podemos haber visto en México. Nadie debe perdérsela.

Chéri de Colette, dirige Luis Martín

Un estreno muy bien preparado, con mucho ambiente, fue el de Chéri en el teatro del Bosque; decimos estreno porque la nueva generación no conoce esa obra, cuya autora cumpliría 100 años dentro de cuatro si no hubiera muerto hace 15. Chéri como novela data del año de 1920, en el que muy pocos de los asistentes a esta reposición habían nacido. El teatro del Bosque se llenó por completo de la gente más distinguida, con personalidades como Dolores del Río, Gloria Marín, Marga López (que iba a ver debutar a uno de sus críos) y aun Arturo de Córdova, que sale poco.

Esta vez don Ricardo del Río, que dice que “ya sabe qué obra va a ver desde que mira en el vestíbulo cómo va vestida la gente”, se equivocó por completo, pues la gente iba vestida como para un superjodorowsky, y la obra es una ya casi semicentenaria antigualla; el peligro principal estaba en que la pieza pareciese vieja, aunque por ejemplo, la resurrección de La enemiga ha sido un éxito reciente; pero de ese riesgo la salvó... ¿quién creen ustedes? ¡El escenógrafo! De tal manera es perfecta, admirable y lucida la decoración que preparan David Antón y Eugenio Servín, tan magnífica es la ropa (de ellos mismos, excepto la de la señora Montejo que es de Dasha) que todo cuanto se ve y se oye en la escena está dentro de justo estuche que necesita para resultar necesario; la primera ovación de la noche sería para el primer decorado, y luego habría otra para el segundo, y las últimas palmas entusiastas fueron las que se tocaron a David cuando, sin su compañero, fue sacado a escena al final. Nos parece que por sólo ver ese par de decorados, y esos tres atuendos de Carmen, ya vale la pena ir a ver esta obra; se sumerge uno en “tiempo recobrado” con esos dos salones, y con aquel traje sastre, y con aquellas batas; también Anita Blanch está vestida estupendamente. No creemos que en ninguna parte se puede hoy poner esta obra con mayor elegancia, con más gracia, con mejor gusto, y con un tan completo entendimiento de la época; un golpe rojo en un sombrero verde de Carmen Montejo, en el segundo acto, es un acierto deslumbrante, como aquellas manzanas que entraban a escena en el segundo acto de La locandiera decorada por Suzane Lalique, cuando en París pusieron esa obra Rina Morelli y Marcello Mastroianni.

La obra es atrevidísima; sucede todo en un ambiente cocoteril retratado por doña Gabriela Sidona (Colette, la autora), con el mayor desenfado y el más completo cinismo; probablemente Basurto se acordaba de esta pieza o de Gigí, cuando escribió algunas de las suyas; el amor carnal, en sus formas más desenfrenadas, y aun perversas, es el centro del asunto, y la única chica inocentona que aparece en la obra (aunque es hija de otra grulla) hace un papel desairadísimo por su inexperiencia en asuntos de alcoba; la vieja y toreadísima garza a la que interpreta Carmen Montejo lleva todas las de ganar, con sus habilidades profesionales; y todas las demás mujeres que aparecen tienen o han tenido igual oficio, y son de una desenvoltura que habrá impresionado mucho, suponemos, en 1920.

Tal vez escogió la obra la señora Montejo porque hay allí un papel fuerte, para ella, y otro muy importante para el hijo de María Félix, a quien todavía no conoce el público, ni siquiera la crítica, porque pocos lo vieron en La enemiga, obra en la que estaba sensacional. Carmen, en efecto, da el personaje, muy bien vestida y muy guapa, con autoridad y temperamento, aunque un poco sin dar la impresión de vicio, ni la de irresistible encanto venal, que su personaje habría requerido; al joven Enrique Álvarez Félix le pasa un poco lo mismo; tiene soltura, prestancia, buena voz, sabe llevar muy bien la ropa, desde la pijama hasta el frac; pero no tiene todo el encanto un tanto morboso que tendría que haber tenido, ni acierta del todo en la duplicidad de su personaje, tiránico, violento y duro con una de sus mujeres, y esclavizado, hechizado y manso ante la otra. Dista mucho de estar en este papel, que no es simpático, tan bien como estuvo en La enemiga, y los aplausos que se le tributan son correctos, pero no entusiastas.

Las ovaciones más fuertes y más justas de la noche nos parecieron las del escenógrafo y las de Anita Blanch, una en un mutis y otra muy larga al final de la obra. Anita sí que está encantadora (su papel no tiene los ribetes antipáticos que tiene el de Carmen, sino es un dulce); bien vestida las dos veces, dice su parte con verdadera gracia; sobre todo su primera escena, con Carmen, la dibuja; qué delicia volver a verla, siempre tan guapa, tan elegante, y tan actriz.

El error del reparto es, en cambio, Erna Marta Baumann, una reina de la belleza, y de la juventud (hace una niña de 19 abriles, tendrá pocos más), tal vez algo delgada por demás; pero que en materia de experiencia teatral queda a mucha distancia de las maestras junto a las que actúa; su voz resultó pequeña; a juzgar por las toses que se escuchaban durante sus parlamentos, nadie la oía en la segunda mitad del teatro; y fue notorio que hizo bajar sus escenas, con lo que arrastró a Enrique Álvarez, que comparte alguna de ellas; se salvaba muchísimo mejor el muchacho cuando quien le daba la réplica era la Montejo, muy bien entonada, muy segura.

Hay otros artistas en el reparto: Aurora Cortés, aunque no tenga tipo de francesa, cubrió bien su papel ancilar; Eva Calvo defendió honorablemente un pequeño personaje que habría sido un acierto ofrecer, como actuación especial, a María Conesa, que habría estado maravillosa; Blanca Torres hace con obviedad, pero logra con ella impresionar a la gente, un personaje hombruno, y Mario Delmar se desenvuelve con seguridad y aplomo en su viejo sentimental y delicuescente, antiguo y ya periclitado amante de la todavía luciente y activa mundana. De quien no encontramos nada bueno qué decir es de Carlos Amador Jr., que está muy al principio de una carrera que tal vez no sea la suya, y a quien vimos desvaído, comido por los compañeros y hasta por el decorado; por lo menos al hijo de María no le ocurrió eso que sí le pasa al de Marga.

Al final, entre los muchos aplausos, fue sacado a escena el director, que es uno nuevo, Luis Martín, de figura y ropa increíbles; parecía arrancado de una pieza de Alexandro, o de uno de esos anuncios que Abel Quezada dibuja para anunciar “Wildroot”, y cuyo personaje se llama Pompeyo. Este joven director todavía no tiene muy firme la mano; se le nota en que los grandes artistas están muy bien, porque vuelan solos, se atienen a su propia sabiduría (casos de Carmen Montejo y Anita Blanch) y los tiernos que quedan sin recursos, sin saber qué hacer, porque el director no ha podido enseñárselo (casos de Erna Marta y de Carlitos). Sin embargo, para Luis Martín, que tal vez cambie de peinado y de ropa en un futuro próximo, es un buen inicio de carrera el trabajar en esta obra grande y lujosa con artistas de gran celebridad y compartir con ellas largos aplausos. Ya tomamos nota de su nombre y seguiremos con atención sus futuros trabajos.