FICHA TÉCNICA



Título obra Juegos de escarnio

Autoría Héctor Azar

Notas de autoría Miguel Ángel de Quevedo y Arcipreste de Hita / textos

Dirección Héctor Azar

Elenco Marta Ofelia Galindo, Argentina Morales, Gastón Melo, Sergio Klainer, Roberto Trejo

Espacios teatrales Foro Isabelino

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Juegos de escarnio, espectáculo teatral de Héctor Azar]”, en Siempre!, 7 mayo 1969.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   7 de mayo de 1969

Columna Teatro

Juegos de escarnio, espectáculo teatral de Héctor Azar

Rafael Solana

En el Foro Isabelino de las calles de Sullivan, feudo universitario, hemos visto el espectáculo Juegos de escarnio, preparado por Héctor Azar, y que tiene, a nuestro juicio, muchos aciertos, aunque también algunas erratas o imperfecciones(1).

El lugar es magnífico, tal como Azar lo preparó para su Higiene de los placeres y de los dolores y luego ha sido aprovechado para otros espectáculos. Su carácter de “arena” contribuye no poco a meter al público en la escena, da mayor intimidad, borra distancias, presta calor, estrecha las relaciones entre artistas y público. Sencillos e ingeniosos toques sustituyen a la tradicional escenografía de telones, o a la corpórea; podría hablarse de escenografía incorpórea, como un paso adelante sobre la anterior, que sustituyó a los viejos trapos pintados.

Para sus Juegos de escarnio, como 20 años antes hicieron Juan Soriano y socios para los espectáculos, también universitarios, Poesía en Voz Alta, y como luego hizo León Felipe para El juglarón, Azar ha escogido algunos textos de los clásicos de nuestra lengua, no siempre textos teatrales, y les ha dado vida y sentido con la representación. Esta vez como antes en Poesía en Voz Alta, versos de Quevedo, y del Arcipreste de Hita, dignísimos de ser conocidos y repetidos, y algunos de ellos no fáciles de encontrar; también utiliza unos entremeses que dice son atribuidos a Lope de Vega; y nuevamente nos hacemos la pregunta que nos hicimos cuando La gatomaquia: si Lope tiene 1 500 comedias, tantas de ellas bellísimas, ¿a qué poner cosas dudosas, que se le atribuyen o poemas que escribió sin pensar para nada en que serían representados?

En fin, arma Azar un espectáculo con un poema de Quevedo, en el que incrusta entremeses, y con un divertidísimo paso de comedia del mismo señor De la Torre Abad, y finalmente con una larga parrafada del medieval Libro de buen amor del Arcipreste de Hita. El lenguaje sale así muy barajado, muy desigual, pues con la frescura de Lope, o del que lo imitó, el culteranismo y el rebuscamiento de Quevedo y el arcaísmo del Arcipreste viene a armarse una jerigonza que a lo que más se parece es al polaco que hablaban otros artistas que recientemente representaron allí a Calderón; y no faltará en el público sencillo quien se quede ahora tan in albis como nos quedábamos todos entonces.

Pero son bellas las obras, y agradecemos a Azar que las saque del polvo de las bibliotecas en que las consultábamos pocos, y las divulgue y las vivifique; esto es positivo.

Lo que ya no lo es tanto es que, teniendo para representarlas un grupo distinguidísimo, en el que figuran muchos artistas que son ya notables, y otros que no lo son todavía, pero que son obedientes y estudiosos, haya puesto Azar a estos hermosos textos una dirección apayasada y corrientona, más propia de Los hijos sobrenaturales o de La criada malcriada que de Lope, de Quevedo y de Ruiz. Si es así como Azar concibe la representación de estas obras, y es ese el juicio que su universitario público le merece, ¿por qué de una vez no llama a Aurorita Campuzano y a Óscar Pulido, a Pancho Müller o a Emma Arvizu que para le interpreten estas obras? Nos da profunda tristeza ver a una actriz del probado talento de Marta Ofelia Galindo vociferando y haciendo payasadas que en una carpa parecerían burdas, en un sketch al lado de “Mantequilla” o de Pompín Iglesias. Ella es quien más sufre por la postura en escena tan gruesa, tan burda, en que incurre Azar deliberadamente (y no por primera vez); su sentido del humor no tiene matices; cree que para no parecer serio hay que lanzarse al circo; para él no hay término medio.

Nos gustó, en un par de papeles, menos desbocada que sus compañeros, con una bella presencia, Argentina Morales, y nos hizo gracia a veces, y a veces nos dio pena, Gastón Melo, que es un excelente caricato, pero que no deja de caer, por momentos, en el ambiente de pachanga que le rodea. Sergio Klainer, a quien a veces hemos estimado de eminente (en Viento entre las ramas del sasafrás, por ejemplo, nos pareció notablemente mejor que el actor francés que estrenó la obra en París y en La ronda de la hechizada estaba brillante y agilísimo) ahora nos parece un actor entristecido y opaco; ya en la Higiene nos desconcertó y nos dejó descontentos, ahora habla con una voz apagada, mortecina, susurra, cabizbundo y meditabajo, como solía decirse en nuestra infancia (y así lo vimos también poco después en una obra por televisión, afónico y atribulado, como perro que acaba de recibir una tunda de palos); éste no es el Sergio Klainer que admirábamos; su don Melón es un duelo, una quejumbre, una miseria, una limosna de personaje; ni por ser tan chiquito el teatro se le alcanza a oír; parece que en vez de estar haciendo al fogoso y sanguíneo Arcipreste, que si algo tiene es estar lleno de vida, interpretara el final de La dama de las camelias, en el papel de la exangüe Margarita, cuando los últimos alientos se le escapan en las toses postreras.

Hay chicas muy lindas en el reparto, pero por momentos nos sentiríamos inclinados a calificarlas de pesadas, y en cuanto a Roberto Trejo, que tan simpático estaba, casi sin papel, en Don Gil de las calzas verdes, ahora está insoportable, de falso, de diente frío y de faceto. Es otro.

Gran promotor de teatro es Héctor Azar, y autor muy estimable; pero como director, verdaderamente... en esa cuerda son más discretos Víctor Moya o Jorge Landeta.

En fin, y ya que se trata de un grupo universitario, y de difundir cultura, lo menos que podría exigírsele al director es que acentúen bien los textos, que por ser clásicos no permiten ningunas confianzas sus actores. Gastón Melo, que es escritor él mismo, y sabe bien el castellano, dice “pregúntole” donde debe decir “preguntole”, en tercera persona y en pretérito, y no en presente de indicativo y en primera persona y cuatro veces observamos que diversos artistas confundían el pronombre personal vos en nominativo, y tónico, con el acusativo, que es átono. Hablar en castellano es lo menos que puede exigírseles a jóvenes universitarios que desempolvan a los clásicos de nuestra lengua, no con el ánimo de ofenderlos, sino con el de reverenciarlos.


Notas

1. La obra se había estrenado el 19 de febrero. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.