FICHA TÉCNICA



Título obra Las vírgenes prudentes

Autoría Antonio González Caballero

Dirección Óscar Ledesma

Elenco Enrique Aguilar, Carmelita Molina, María Luisa Alcalá, Marta Zamora, Graciela Orozco, Javier Ruán, Lola Tinoco, Ricardo Deloera

Escenografía Félida Medina

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Las vírgenes prudentes, de Antonio González Caballero, dirige Óscar Ledesma]”, en Siempre!, 19 febrero 1969.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   19 de febrero de 1969

Columna Teatro

Las vírgenes prudentes de Antonio González Caballero, dirige Óscar Ledesma

Rafael Solana

Se acusa la cronista teatral doña Malkah Rabell de ser “sorda para la farsa”, de la misma manera que hay personas que se duermen en la ópera. No lo creemos así; ella tiene para la farsa tan fina sensibilidad como para cualquier otro género teatral, si con una farsa se aburre, o se cansa, el defecto no es de ella, como con modestia quiere hacernos creer, sino es de la farsa.

La farsa es un género del que no se debe abusar, los antiguos lo sabían muy bien. La dosificaban con prudencia; era el postre de sus banquetazos teatrales, que ya no se usan; tras de una larga tragedia, se servían una breve farsa; o entre los actos, como bien se hace en el Japón, todavía, cuando se pone una escena de kyogen, cómica, entre dos de los 15 o 20 actos de un dramón Kabuki, de esos que duran diez horas de representación. La farsa es como algo muy azucarado, como una cajeta de Celaya, o como unos chongos de Zamora, de los que hay que tomar una cucharada o dos, porque más no es posible; hasta se destemplan los dientes.

Ya varias veces hemos hecho notar aquí cómo farsas que se anuncian felicísimas, prometedoras, que arrancan carcajadas francas en los primeros 15 minutos, después se van volviendo inocuas, luego fatigosas, y finalmente insoportables; pusimos como ejemplos La guerra de las gordas, cuyo prólogo era una viva delicia, pero que a las dos horas ya no sabía uno por cual puerta escaparse, o Cinco locos en uno, con la que se atacaba uno de risa en los primeros cuadros, y en lo últimos quisiera uno ponerse a repartir tiros.

No llega a tanto, ni en uno ni en otro sentido, Las vírgenes prudentes, de don Antonio González Caballero; pero sí va por ahí la cosa. Esta vez ese buen comediógrafo y escalofriante basurdramaturgo ha intentado (nuevamente) un género en el que ya fracasó, y si bien ahora se va con mayor cuidado, y resbala menos drásticamente (su farsa olímpica fue un completo descalabro) no deja de incurrir en errores de que la experiencia debería de haberlo aliviado. La farsa, en el tono en la que usa González Caballero aquí, es para un cuarto de hora; en el teatro de revista se ponen escenas de este corte, que duran 15 minutos, y luego viene media hora de música, en que María Victoria puja, o Lola Beltrán llora, o La Tariácuri grita, y entonces ya pueden venir otros minutos de farsa nuevamente; pero dos horas seguidas de lo mismo, embotan la sensibilidad, provocan la atonía, paralizan el diafragma.

La comedia de dos horas ha de ser más sutil; se puede sonreír durante 120 minutos; pero no se puede aguantar todo ese tiempo a carcajada limpia. Dos horas de cosquillas acabaría por dejar inerte a quien las sufriese.

A Las vírgenes prudentes les pasa lo que a otras farsas largas; que tienen que arrancar de caballo y parar de burro; se muere uno de risa al principio y de cansancio al final. Los efectos más felices son los primeros; los últimos, encuentran al espectador agotado.

Sin embargo, ha colocado González Caballero sus gracejadas de tal manera, que la caída no sea vertical, a pico; guardó algunas payasadas, sabe todo de las del papel de Córcega, de manera que reanimen al espectador, y le sostengan; pero otros personajes, como el que hace Enrique Aguilar, se van desplomando, y ya al último no hacen la misma gracia que hacían al principio.

Teniendo en cuenta los peligros del género, y sus desventajas, hay que reconocer que Las vírgenes prudentes es una obra afortunada de González Caballero; nunca la compararíamos con El medio pelo, que de seguro es su obra maestra, ni con otras de sus piezas anteriores, en que, en géneros diferentes, ya triunfó; pero desde luego es notablemente mejor que la de los dioses del Olimpo, de la que, por fortuna, hemos ya olvidado hasta el nombre (Los jóvenes asoleados, o algo por el estilo).

Oscar Ledesma, que está picado de la araña jiménezruédica (ese es el teatro en que la farsa, ejemplos La gatomaquia y La tragedia de las tragedias, se han llevado a sus extremos grotescos más nauseabundos) no fue ciertamente el elemento moderador, que rebajarse la miel de la farsa hasta hacerla más digerible, sino permitió, por el contrario, que se espesase mucho, en ciertos momentos, a veces da la impresión de haber dejado a ciertos artistas (Córcega, por ejemplo, y también a Deloera) servirse con la cuchara con que quisieron, y otras la de no haber tenido fuerza para imponerse a algún intérprete, como se siente ser el caso de Carmelita Molina, a la que dejó hacer el papel de sí misma, que es un encanto de muchacha, linda y monísima, elegante y fina, que nada tiene que ver, absolutamente con el papel de la Brígida agiotista y sórdida que el autor concibió, y que pudieron haber hecho no sabemos si Hortensia Santoveña o Fedro Capdevila, o Conchita de los Santos, o quién sabe quién, pero nunca una hermosa dama joven, amable y dulce, como Carmen Molina, para ese caso lo hubiera hecho Bárbara Gil, que es de casa, y que ya probó en otra pieza del mismo autor, que ella sí está dispuesta a disfrazarse de vieja fea (en Una pura y dos con sal). Carmelita, sólo ella sabe cuántos años tendrá (hace treinta que bailaba en “El patio”); pero en escena sigue siendo una damita joven muy linda, muy bien vestida y bien peinada, con una sonrisa encantadora, a la que de ninguna manera pueden darse papeles de vieja antipática, porque no da ninguna de las dos cosas ni yendo a bailar a Chalma.

Quien encajó perfectamente en el género, y no abusó de él, entre otras cosas porque su papel no es tan largo que lo permitiese, fue María Luisa Alcalá, que va haciendo una carrera brillante; la acompañan Marta Zamora, que también se deja ver, y Graciela Orozco, que está algo más opaca. Javier Ruán cumple y acierta, pero pensamos por su buen tipo que su cuerda es otra, más romántica; Lola Tinoco trata de ajustarse al género que ahora hace con su gran maestría y su vasta experiencia, y da un toque de categoría a la escena; Aguilar hace bien, como artista disciplinado, en probar de todo, y hacer papeles de chile, de dulce y de manteca; pero a él también le va mejor la comedia más fina (Mamá con niña, por ejemplo) que la farsa muy burda; Ricardo Deloera, en cambio, en su vida vuelve a encontrar un papel que le venga así de bien a su tipo y a su estilo; y si lo encuentra, no será en un teatro, sino en alguna carpa.

Hemos conocido en esta obra a un nuevo escenógrafo: la señorita Félida Medina, que entendió perfectamente bien el tono de la obra y se ajustó a él, con buen humor y gracia, con sencillez y sin incurrir en la payasada; bienvenida al reino de Prieto, de Toño y de Antón esta nueva competidora.

Según están los gustos del público, no nos extrañaría nada que Las vírgenes prudentes fuese un taquillazo, lo que nos daría mucho gusto por el autor, y porque en esa casa se hace teatro con mucho cariño, con mucha dedicación, con un esfuerzo digno de premio.