FICHA TÉCNICA



Título obra El cementerio de automóviles

Autoría Fernando Arrabal

Dirección Julio Castillo

Elenco Dunia Saldívar, Guadalupe Vázquez, Luis Torner, Manuel Ibáñez

Escenografía Felida Medina

Espacios teatrales Teatro Jiménez Rueda

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El cementerio de automóviles de Fernando Arrabal, dirige Julio Castillo]”, en Siempre!, 7 octubre 1968.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   7 de octubre de 1968

Columna Teatro

El cementerio de automóviles de Fernando Arrabal, dirige Julio Castillo

Rafael Solana

De todas las misiones que con su carácter de jefe oficial del teatro mexicano tiene que cumplir Héctor Azar; el que mejor cumple es el de impulsor de teatro joven, moderno, hippie; quizá descuida otros renglones, porque no se puede estar en todo, porque el que mucho abarca poco aprieta; prefiere Azar abarcar muy poco, casi nada más que teatro moderno; pero allí aprieta con fuerza y se hace acreedor a fuertes aplausos.

Fortísimos aplausos fueron los que el público principalmente formado por señoras vestidas de negro y grandes peinados como gorras, tributó a El cementerio de automóviles, de Fernando Arrabal, la noche de su trasplante del teatro Villaurrutia, donde estuvo inicialmente, al Jiménez Rueda y de su muy digna representación(1). Hubo abrazos y vivas y una ovación larga; sin embargo, el público joven, adicto a estas manifestaciones artísticas no es muy numeroso, y tal vez se agote en unas cuantas funciones más. Las obras muy modernas todavía no se hacen centenarias aquí; pero por supuesto, que no creemos que sea el centenario, ni mucho menos el milenario la consagración de una obra teatral. Gigoló y La criada mal criada serían en ese caso mejores obras que La verdad sospechosa o Las paredes oyen.

La obra de Arrabal si hemos de ser francos no nos ha gustado mucho, y hasta nos ha disgustado a ratos; errática, no se sabe a dónde va; cambia de sentido a cada momento; más parece una mera diversión del autor, una boutade como son muchas obras del teatro moderno, que algo sin pies ni cabeza, como por ejemplo Rinoceronte, que siendo una obra modernísima está llamada a dudar, y a ser buscada por futuras generaciones, caso en el que no creemos que esté este Cementerio.

Sin embargo, tenemos que reconocer que contra lo que nos temíamos, nuestro interés se mantuvo vivo en el escenario a lo largo de dos largos actos; hasta ahora, las obras disparatadas, absurdas, solían retener la atención de los espectadores por 20 o 30 minutos, pero rara vez se atrevían a solicitarla por toda la duración de una obra larga, en El rey se muere el interés decaía notablemente, el espectador se fatigaba; no ocurre así en El cementerio de automóviles, que no cansa, pero lo atribuimos no a la obra que nada nuevo nos dice, ni crece en su acto segundo, como a la dirección de Julio Castillo, una dirección admirable, ingeniosa, rica, fértil, llena de juventud y de entusiasmo, de fuego; es la dirección y no la obra estamos seguros, la que mantiene el interés de los espectadores en lo que ocurre en escena; leída la pieza sospechamos que se caería de las manos.

Los casos de obras buenas echadas a perder por directores obtusos, se ve mucho, sobre todo en concursos; los de obras pobres levantadas y abrillanatadas por un director imaginativo son mucho más raros y uno de ellos es el de este Cementerio con que Julio Castillo ha triunfado; ni siquiera puede decirse que se apoyara en un reparto de experimentadas estrellas, pues sus intérpretes son estudiantes; pero saca de ellos y de algunos de ellos más particularmente tal partido, que la representación resulta redonda. Por mencionar a algunos mencionaríamos a Dunia Saldívar, una belleza en el estilo de Rosa Caloca, que está excelente; Guadalupe Vásquez, perfecta en su papel y más notablemente en la primera parte de él, a Luis Torner que lleva el papel más importante; y el que hace de mudo tal vez Manuel Ibáñez; pero todos los demás están magníficos también, pues la obra es de conjunto. Todos entran a tiempo, llenan su parte en los que llamaríamos concertantes, que se producen a menudo, y sigue el vivo ritmo de la obra, o se ajustan a las especificaciones que impuso el director a ciertas escenas, chaplinianas algunas y otras evocadoras del estilo de los hermanos Marx que en gran parte pueden ser consideradas como inspiradores de la obra creadora de Castillo.

No nos entusiasmaron mucho, en cambio las filmaciones de Marcelo Segberg, muy desiguales; pero la escenografía de Felida Medina nos pareció acertadísima.

Las representaciones de El cementerio de automóviles en el teatro Jiménez Rueda, a invitación de Héctor Azar, formaron parte del festival internacional de las Artes, como una aportación de México al programa cultural de la XIX Olimpiada.


Notas

1. La obra se había estrenado el 26 de abril en la Sala Villaurrutia y a partir del 21 de julio se presentó en el teatro Julio Jiménez Rueda. Sonia León, Julio Castillo-director. Archivo documental. CITRU-INBA.