FICHA TÉCNICA



Título obra Los zorros

Autoría Lillian Hellman

Dirección José Solé

Elenco Arturo de Córdoba, Marga López, Carmen Montejo, Carlos López Moctezuma, María Montejo, Enrique Pontón, Rubén Calderón, Jorge Zamora (Zamorita), Freddie Fernández, Guadalupe (Lupe) Suárez

Escenografía David Antón

Vestuario Armando Valdés Peza

Espacios teatrales Teatro de los Insurgentes

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los zorros de Lillian Hellman, dirige José Solé]”, en Siempre!, 12 junio 1968.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   12 de junio de 1968

Columna Teatro

Los zorros de Lillian Hellman, dirige José Solé

Rafael Solana

Enorme expectación, y mucha simpatía, mucho cariño, por ver el debut teatral, algo tardío, de Arturo de Córdoba, en el teatro de los Insurgentes, lleno a reventar, en una de esas atronadoras premiéres de las que sólo allí (y en casa de Fela Fábregas) se tiene el secreto; todo México allí desde don Fernando Soler, a pesar de que era el día de su santo, y Dolores del Río, que fue hasta las primeras filas para saludar a la mamá de Arturo, tal vez algo nerviosa por la presentación de su hijito, hasta el arquitecto Óscar Urrutia, el licenciado Casellas y otros grandes personajes olímpicos, pues el acto estaba dentro del programa de la Olimpiada Cultural (pero no vimos a Coccioli, lo que nos pareció de buen augurio, pues parece que él no acierta sino a lo malo). Todos teníamos las manos preparadas para tocar una ovación cuando apareciera Arturo; pasó el primer acto, y no apareció; pero se oyó la llegada de unos caballos, y el rumor corrió por toda la sala: ahora. Y, efectivamente, Arturo entró. La ovación duró un largo minuto. A Carmen Montejo, en el acto anterior, la habíamos aplaudido 20 segundos, y a Marga López diez.

¿Cómo está Arturo de Córdoba en Los zorros, la obra de Lilian Hellman con la que Lew Riley lo presenta bajo la dirección de Pepe Solé? Está eminente. Perfecto en cada gesto, en cada entonación. Ni se metió sino en un par de jardines, lo que es poquísimo para quien carece de experiencia teatral, y tiene, en cambio, más de treinta años de estar oyendo decir “corte, se retoma”, en cuanto se equivoca en la pronunciación. Hizo el papel de un hombre débil, enfermizo y valetudinario con tal fuerza de convencimiento, que llegó a haber quien se preguntase si aquella perfección sería producto del talento artístico del galán yucateco o astucia del productor, que, por ejemplo, para el papel de Calvin, un negro, efectivamente escogió a un negro, Zamorita, que naturalmente, lo hizo muy bien.

Hace treinta y tres años, Arturo debutó en el cine como galancito de una cinta (Celos) en la que don Fernando Soler salía de hombre maduro. Si ahora se volviera a hacer esa película Arturo haría el hombre maduro y don Fernando el galán, aunque le quedaría un poco forzado. Con Dolores del Río hizo años más tarde Deseada. Ahora, si filmo con Dolores, por ejemplo estos mismos Zorros, la señora Del Río tendría que hacer el papel de su hija, pues para ella, que está cada día más linda, los años no se han mostrado severos, y para Arturo sí.

Su actuación es convincentísima, magnífica (¿la revelación del año?); pero Pepe Solé se olvidó de una cosa que ningún director de su experiencia tiene derecho a olvidar; de ensayar las gracias. Tendrían que haber ido saliendo adelante de un telón corto, como en la ópera (con absoluto olvido de ese que tardó un año en caer) primero el negro, luego Calderón, luego mamá Dolores, después Freddie, luego Pontón, después María Montejo, y entonces levantarse el telón para que salieran López Moctezuma, ya sobre el decorado de la obra, y luego por diferentes puertos pero al mismo tiempo Marga y Carmen, y después ellas ir a sacar, por en medio, a don Arturo. Entonces la ovación habría durado cinco minutos; más tarde habrían vuelto todos a escena, y sacado a ella a Solé, y finalmente a David Antón, que lo merecía, y quizá también a Riley; pero sólo vimos a todos, formados, como si fueran iguales, democráticamente, cuando se levantó el telón lento y morla, y Arturo tenía tal cara de mejor ya déjenme ir a mi casa, que no nos atrevimos a aplaudir mucho rato, y así pareció frío el aplauso, cuando nos consta que todo el mundo estaba encantado.

Porque no nada más Arturo está muy bien, la gente va a pagar veinticinco pesos, no porque se trate de un reparto numeroso, o de muchos decorados caros, ni porque haya orquesta (sólo hay pianista) sino porque en el programa aparecen cuatro nombres eminentes; y estos cuatro artistas se justifican. Marga López, que por amor al arte (digamos) aceptó un papel que no es principal, lo dibuja, lo saca con exactitud admirable, muy sentido, muy bien dicho, muy con el alma; Carmen Montejo, que ahora sí ya llegó al apogeo de su carrera, y que está lista para hacer todos los grandes papeles que hizo la Montoya (sobre todo los odiosos) está, además de estupendamente vestida (por Armando Valdés Peza) insuperable de gesto, de autoridad, de amargura; se hace aborrecible, como en las telenovelas. Cuando sepa mejor la parte dejará de cometer las pequeñas erratas de texto que cometió. Y Carlos López Moctezuma, que liga, como sólo él sabe hacerlo, lo odioso de un personaje cruel a lo humorístico de una interpretación algo irónica, está excelente también, como hacía tiempo no lo habíamos visto en teatro; pero también rayan a notable altura María Montejo, que actuó con gran sinceridad, con mucha fuerza; Enrique Pontón (nuevo para nosotros), que supo imprimir gran energía a su personaje; Rubén Calderón, por primera vez en un papel de esta importancia; y Zamorita, muy simpático. Freddie Fernández, en el papel del hijo estúpido y perverso, sólo dio la estupidez, pero no la perversidad, y Lupe Suárez, de quien comentaban algunos espectadores que más bien parecía anunciar las censadurías Aunt Jemina, se mostró algo convencional en un papel que ya otras veces le ha dado éxitos de público. “Esto sí es teatro y no fregaderas”, comentaban algunos del público, a pesar de que tenían muy cerca a Alexandro. Un teatro algo antiguo (la defensa que hace Emilio Carballido, en el programa, de la obra, no parece muy convincente), como lo son también La enemiga y en menor medida, La soñadora, que han sido grandes éxitos en el mismo local; pero teatro sólido, bien armado, bien hecho, soberbiamente presentado. Muchas razones hay para que se sostengan Los zorros en el Insurgentes... hasta que Arturo aguante.

Si Arturo de Córdoba, conocedor de la fuerza de la cronología, aceptó el papel de un hombre no otoñal, sino invernal absolutamente, en cambio Gloria Silva, desdeñosa de los calendarios, ha querido hacer uno de niña de catorce años en una obra estrenada hace dieciséis. Y allí sí que los inviernos han hecho estragos. Nos referimos principalmente a la obra. Jano es una muchacha, que en su día fue un taquillazo, porque significaba algunas cosas nuevas para la escena nacional, se ve ahora algo decrépita, como melodramón, especialmente en su cuarto acto, que se sale de quicio, y que difícilmente va a ser aceptado ahora por el público por muy telenovelesco que sea.

Tenemos presente aquel estreno como si hubiera ocurrido ayer, y no hemos podido menos que ir comparando las actuaciones presentes con las de aquella premiére. Como ocurre siempre hay subidas y bajadas; hay quienes están mejor y quienes no superan a los creadores de los personajes; esta señora Lily Inclán, que hace “Camila”, por ejemplo... sí está excelente, graciosa, muy bien; pero... ese papel lo hacía doña Prudencia. Ya verán ustedes si será difícil igualarla.

Lucha Núñez, a quien la vida ha deparado muchos papeles como el que ahora hace (hasta llegó a protestar, alguna vez, de que le vieran cara nada más para esos personajes) está en general muy bien, aunque podrían oponérsele algunos reparos, como su traje del segundo acto, que está a tiempo de cambiar, o como algunos obviedades y subrayados que no son necesarios. Por ejemplo, ¿qué falta hace que después de decir la palabra “perro” ladre?

Carmelita Molina es un encanto de actriz (ella sí que no conoce calendarios) y está monísima, elegante, discreta, en un papel que Virginia Manzano hacía melodramáticamente (como el autor lo concibió, sin duda); las muchachas de la casa mala (allí está todavía Emma Grisé, que estuvo en el estreno) cumplen (Lucha Núñez fue una de ellas en 1952; las otras Emma Fink, por increíble que parezca y Carmen Cortés). Los hombres son quienes mejor están; Raúl Ramírez convence más como galán, aunque sea madurito, que José Luis Jiménez, y Luis Aragón se pone más patético que Fernando Mendoza en ese cuarto acto que nos tememos que vaya a ser el boquete por donde este barco haga agua. En general está Aragón magnífico en toda su actuación.

Pero el papel principal es el doble de Marina-Mariana; no se lo vimos a Maricruz Olivier, pero sí recordamos en él a Rosita Díaz Gimeno, Gloria Silva creyó de buena fe que daría el complicado personaje, y lo estudió con cariño; no habrá de ser, sin embargo, uno de los triunfos que más la ayuden en su carrera. Tiene muchas facetas este papel, y Gloria solamente se aplicó a algunas de ellas. En fin, que esta vez no cobrará Gloria el premio gordo de sí misma, sino apenas una aproximación.

Dirigió Luis G. Basurto, que es tal vez el admirador más fiel que tiene todavía Usigli, y que conoce la obra perfectamente, desde su primera lectura; dio los tonos que el autor concibió; no es culpa suya el que algunos de ellos (insistimos en el cuarto acto) se vean envejecidos y ya se deshojen).