FICHA TÉCNICA



Título obra La cueva de Salamanca

Autoría Juan Ruiz de Alarcón

Dirección Héctor Mendoza

Elenco Sergio Klainer, Cristina Rubiales, José Alonso, José Roberto Hill, Adrián Ramos, Mabel Martín, José Riande, Joaquín Lanz, Octavio Galindo

Escenografía Kazuyc Sakai

Música Carlos Lyra

Vestuario Kazuyc Sakai

Espacios teatrales Teatro Xola

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [La cueva de Salamanca de Juan Ruiz de Alarcón, dirige Héctor Mendoza]”, en Siempre!, 8 mayo 1968.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   8 de mayo de 1968

Columna Teatro

La cueva de Salamanca de Juan Ruiz de Alarcón, dirige Héctor Mendoza

Rafael Solana

Nos atrajo el apellido Mendoza, no como segundo de don Juan Ruiz de Alarcón, autor de la obra, sino como primero de su director, Héctor; del ilustre corcovado de Taxco recordamos con mucho agrado otras obras, como La verdad sospechosa, con la que hace treinta y cuatro años inauguraron doña María Tereza Montoya y don Alfredo Gómez de la Vega el Palacio de Bellas Artes, o Las paredes oyen, que hizo no hace mucho Alexandro, con Elda Peralta, o Mudarse por mejorarse, en la que nos acordamos de Julissa y de Dantés; pero para acudir a La cueva de Salamanca nos arrastraba más que el recuerdo de otras comedias del primero en tiempo de nuestros grandes autores, contemporáneos y rival de Lope y de Cervantes, de Moreto y de Rojas la amable memoria que guardábamos de Don Gil de las calzas verdes, del también aurisecular fray Gabriel Téllez, a la que supo imprimir Héctor Mendoza una dirección ágil, juvenil, llena de frescura y de gracia.

Esa era la esperanza que nos sonreía al llegar a las puertas del Xola. Allí nos alegró la vida escuchar a una estudiantina, que no identificamos, y ver muchas caras conocidas, que prefirieron el estreno alarconiano(1) al debut de Antonio, que era esa misma noche. Hubo teatro lleno, modas sensacionales, en damas y caballeros de la audiencia, y mucho entusiasmo, y la mejor inclinación, pues el director disfruta de simpatías generales. Estábamos sinceramente dispuestos a pasarnos la gran noche a divertirnos en grande.

Pero...

Por desgracia una gran parte de nuestro gozo habría de irse al pozo antes de que la función terminase. Mendoza se ha cansado; no repitió su triunfo del Frontón cerrado de la Universidad, sino sólo un eco pálido de aquel éxito. En el primero de los tres actos en que ha dividido la representación, se mantuvo todavía en el tono de farsa, si bien fue perfectamente perceptible que violentó el ritmo, hasta convertirlo en vertiginoso, y llevó las cosas con una rapidez que don Ricardo del Río calificó de eléctrica, al grado de que costara trabajo seguir el texto, pues se tenía la impresión de que había sido puesto en setenta y ocho revoluciones un disco de treinta y tres; pero en fin, toda aquella velocidad algo fatigosa, podía pasarse, en aras de la juventud de los intérpretes y la del director (que puede ser que ya no sea tan chamacón); pero aquella farsa, en el segundo acto, se convirtió ya en franca pachanga, en charlotada; y todavía en el tercero, de pachanga degeneró en gatomaquia; ya aquello fue el acabose; terminamos en pleno jiménezrueda, lo que había comenzado con humorismo, con pérdida del respeto para las momias literarias, pero al menos con cierto gusto y cierto freno.

Así, nos fuimos desanimando, fuimos perdiendo interés, y hasta llegamos al disgusto, con algunos personajes. La dirección, pues, de Héctor Mendoza, se nos deshizo entre las manos como a un niño un helado que no se come lo bastante de prisa, la escenografía, que en un principio nos pareció graciosa, colorida, luego se nos desconectó por completo de la obra, al grado de interpretar “esta cueva sombría” con un decorado como de tienda de trajes de baño con mucho gas neón y luminosos plásticos; el truco de la conversión en león de la damita joven se resolvió mal, y el de la quema del libro, ese fracasó cómicamente; no fue gran cosa lo que brilló el señor Chen-Kai, a quien se da en los programas crédito como “asesor de efectos mágicos”.

Fracasado el director, que quedó mil leguas por debajo de como estuvo en Don Gil y fracasado el escenógrafo Kazuyc Sakai, que hizo una escenografía muy bonita, pero para otra obra, y sin que a nuestro juicio merezca tampoco aplauso alguno Carlos Lyra, a quien se anuncia como autor de una música que no es suya pues cuando no es “Tosca” en La verbena de la paloma u otras obras no menos conocidas, sólo nos queda ir a los actores, ya que del autor no vamos a ocuparnos cuatro siglos después de su época, porque ya ningún bien podrían hacerle nuestros consejos (si nos atreviéremos a dárselos) ni tampoco ningún gusto nuestro aplauso. Con decir que no es esta cueva una de las mejores de sus obras, habremos dicho algo en contra, y con aclarar que está tan estupendamente escrita y versificada como otras suyas, decimos algo en favor; hizo versos muy bellos, y diálogos muy teatrales don Juan Ruiz; pero no construyó su comedia con la habilidad con que hizo otras, sino la dejó débil e inconsistente en su estructura; lo que puede pasarle hasta a un genio de su glorioso tamaño.

Vamos, pues, a los intérpretes, tras de hacer la salvedad de que una parte de sus aciertos, o de sus desaciertos, ha de acreditarse al director, al que tal vez obedecieron, cuando metieron la pata, o cuando atinaron a sacar bien alguna escena.

Los vamos a dividir en cuatro grados o grupos; el primer grupo lo forma, él solo, Sergio Klainer, gran actor, notablemente por encima del resto de la compañía, con una gran proyección, con una capacidad muy grande para identificarse con su papel, en buena figura, excelente dicción, comprensión de su personaje, y toda una serie de virtudes que pone al servicio de su falsísimo mágico, uno de farsa, que nos recuerda al alquimista de Ben Jonson o al Zarastro de La flauta mágica, a este mago de pastorela (como el de Bastián y Bastiana) Le ha impreso Klainer buen humor, fino espíritu; ha estado gracioso; roba escena a veces, un poquito por demás; y hasta se le agradece; con este trabajo, tan diferente del que hizo en La ronda de la hechizada, o del de El viento entre las ramas del sasafrás, Sergio vuelve a llamar la atención, y a colocarse como una de las máximas figuras de nuestro teatro.

En el grupo dos ponemos a tres jóvenes que comienzan las carreras, pero bajo auspicios excelentes, y que mucho prometen; sin tener la experiencia, la concha, la maestría de Klainer, brillan en la obra, y ganan aplausos; son ellos la linda Cristina Rubiales, mujer muy hermosa, y que hace con elegancia su papel, sin incurrir en las chabacanerías en que tras personas caen; está como estaba en Anfitrión, de Molière, es decir, muy bien, y no como en La tragedia de las tragedias, de Fielding, que era una capea. Los otros dos de este grupo son los actores jóvenes José Alonso y José Roberto Hill, ambos excelentes, primaverales, medidos, ágiles y simpáticos, sin desbordarse y sin caer en lo grotesco. Grandes aplausos y los mejores augurios para estos tres futuros ases de nuestras tablas.

Ponemos en el tercer grado a Adrián Ramos; pesado personaje tuvo en el Zamudio, el criado cómico, que tiene tanta importancia en el teatro del Siglo de oro; mantener la agilidad, la comicidad de este personaje, sin caer en la patochada, fue cosa que con frecuencia plausible logró Adrián; pero no siempre consiguió salvarse del peligro; tiene su actuación altas y bajas; le encontramos débil de voz, por momentos, y no lo suficientemente chistoso, de por sí, para hacer sin esfuerzo un Ciutti a la Baccaloni, ni tampoco tan fino que pudiera decirse que escapó a la tentación de incurrir en la obviedad, y aun en la vulgaridad, por su papel tan riesgoso, le descontamos algunos desaciertos, y apuntamos su actuación por afortunada, aunque quizá no tanto como la que le vimos dentro del teatro pirandelliano, que exige mayor delicadeza, no hace mucho.

El cuarto grupo, el de los condenados, lo encabeza Mabel Martín, a quien encontramos en todo momento lamentable. La volvieron loca los aplausos y los elogios que desde el fondo de la sala le hicieron Claudio Obregón y otros amigos suyos, que la marearon; imploró risotadas en la forma más bochornosa; solicitó las cosquillas del vulgo con la más descarada de las insistencias; sólo la superó en ridículo el Alcaide, positivamente fusilable de José Riande; por una actuación como la de este señor podría imponerse la pena de muerte en los países en los que tal cosa exista, y en los que no, la de destierro hacia uno de esos países más enérgicos en la represión del crimen, que no otra cosa es la exhibición de desvergüenza y descoco, de falta absoluta de honor artístico y de autocrítica con que afrenta al público, con la tolerancia, y hasta del vez el acicate del director, este artista atrevido. No muy lejos quedan Joaquín Lanz (y ahora sí echamos toda la culpa al director, que llegó a este tercer descocado y frenético, pues a Lanz lo hemos visto bien otras veces), Octavio Galindo, aceptable al principio, insoportable al final, y otros artistas más oscuros, del reparto, que es numeroso.

Nos falló Héctor Mendoza, todavía en el primer acto conservamos la esperanza de ir a ver algo tan excelente como Don Gil de las calzas verdes; en el segundo esas esperanzas languidecieron; en el último fueron asesinadas miserablemente.


Notas

1. El 19 de abril. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.