FICHA TÉCNICA



Título obra Marat - Sade

Autoría Peter Weis

Dirección Juan Ibáñez

Elenco María Luisa Alcalá, Marcos Filio de la Vera, Ernesto Vilchis, Wolf Ruvinsky, Sergio Jiménez, Héctor Bonilla, Virgilio Leos, Ana Ofelia Murguía, Juan Ángel Martínez, Angélica María, Gastón Melo

Escenografía Toni Sbert

Vestuario Toni Sbert

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Marat - Sade de Peter Weis, dirige Juan Ibáñez]”, en Siempre!, 3 abril 1968.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   3 de abril de 1968

Columna Teatro

Marat - Sade de Peter Weis, dirige Juan Ibáñez

Rafael Solana

Una gran fecha, dentro del año cultural olímpico, ha sido la del estreno doble(1), pues no cupieron los invitados en una sola función, o triple, si se tiene en cuenta que antes hubo que dar un ensayo general para fotógrafos y periodistas ansiosos, de Marat-Sade, la obra del alemán Peter Weiss que ha sido uno de los más importantes acontecimientos del teatro en Europa, en estos últimos años.

Tres entidades han colaborado estrechamente para estas representaciones que debemos calificar de grandiosas: la Universidad, el Instituto de Bellas Artes, y el Comité Organizador de los Juegos, que entre otras cosas (como parte de la publicidad) ha puesto los programas, que son los más lujosos que se recuerda haber visto en teatro alguno en México, verdaderamente impresionantes.

Juan Ibáñez, el director, ha preparado un gran espectáculo. Algo que da al público la idea de grandeza, de abundancia, de ambición. Que sobresale en forma amplísima sobre lo que usualmente se ve en México. ¡Qué mucho que los precios hayan sido doblados! Encontrará el público perfectamente justificada esta duplicación. El espectáculo mismo es más del doble de lo que habitualmente se ve en nuestros escenarios.

Difícil creemos que sea arrebatado el premio de escenografía, este año a la que firmo Toni Sbert, que es magnífica. Quizás el vestuario resulte un poco demasiado mugroso, un poquito por demás; y, desde luego, hizo caso omiso el escenógrafo de la insistente petición que el autor hace (y que en Alemania por ejemplo, le fue escuchada) de una puerta, a la que repetidamente toca Charlotte Corday. Aquí, o el escenógrafo no leyó la pieza (como suele suceder) o no se enteró de la necesidad de ese símbolo, que desdeñó. Tampoco aceptó la sugestión que le hicieron los escenógrafos europeos de poner la silla de Sade elevada, como sobre un pedestal, para que el marqués, como una estatua (vestido de blanco parece la del Comendador, o la de don Tancredo) presidiese la representación, lo que también tiene cierto sentido; a cambio de estas deficiencias tiene la escenografía en forma de panal la ventaja de que el coro de locos permanece siempre visible, pues no se tapan unos a otros, y casi el espectador tiene delante una especie de circo de tres pistas, en que reclaman su atención simultáneamente, diversas acciones.

Las entonaciones de color fueron muy justas; aplicó Sbert el sistema Lalique, de un solo color (ella prefiere el blanco) con apenas alguna nota detonante (doña Susana suele escoger el rojo); de blanco mugroso (o limpio, en el caso del Marqués y de Carlota) están vestidas casi todos los personajes (los guardianes, con capas negras encima de sus albos hábitos) de dos o tres tonos de rojo el director del manicomio, y su esposa, que así se ponen al margen, se separan del resto de los actores. Todo esto es muy acertado.

También será ya muy difícil que otro director venga a desbarrancar a Ibáñez, a la hora de los premios. Ha hecho un trabajo que impresiona al público, sobre todo, por su dificultad. Como en algunas representaciones de la ópera Nabucco, en Marat Sade quien más ruidosamente triunfa es el coro. Ibáñez dedicó lo mayor de su cariño y de su atención a mover a la turba, a la que no da un minuto de reposo. De seguro les pidió: “No paren de hacer muecas”. No sólo cuando un bocadillo los individualiza, sino en todo momento están los veintisiete orates perfectos; reconocimos a algunos por sus rostros, a María Luisa Alcalá, a Marcos (¿no que era Macros? Filio de la Vera (la errata no viene sino en el texto en inglés; en francés y en español siendo Macros); a otros, por el nombre (eso de “Ernesto Vilchis” nos suena, nos suena); todos están excelentes, entran a tiempo, dicen, cuando tienen algo que decir, dentro del espíritu de su papel, que no deja de recordarnos ciertas magistrales escenas de Peer Gynt. En el movimiento de conjuntos ha mostrado Ibáñez una maestría sin igual. Antes sólo Wagner (descontamos el teatro de masas para jóvenes que suele hacer Efrén Orozco en el auditorio) era capaz de estas hazañas; Ibáñez ha sacudido a esta turba con energía, con amor; las escenas finales son, en sus manos, un verdadero tutti orquestal que conmueve al espectador.

A cambio de su grandeza, de su inteligencia, de su gran talento, suelen tener estos directores geniales un defecto: la arrogancia; se saben genios, y su orgullo les hace despreciar algunos apoyos que habrían necesitado; Ibáñez se creyó tan grande él mismo como para no necesitar actores, en ciertos papeles; prefirió sostener a su cuadrilla de caifanes, que le ha dado un triunfo cinematográfico; pero ser actor de cine es mucho más fácil que serlo de teatro, y no siempre una estrella de la pantalla puede con un papel dramático; que se lo pregunten a... (no, para qué nos metemos en honduras).

Si en el movimiento de los conjuntos, y en la plástica de la escena, brilla Ibáñez a una enorme altura, no podemos decir lo mismo esta vez de su dirección de actores. Xavier Villaurrutia dijo una vez de una película famosa en su tiempo que era una “Julieta sin Romeo”, porque Leslie Howard (que fue actor tan excelente, en otras películas) no estuvo ni un momento a la altura de Norma Shearer. Ahora diremos que esta representación que comentamos ha sido un “Sade sin Marat”, porque en ningún instante se establece un equilibrio entre esos dos personajes; mientras Wolf Ruvinsky, Sade, tiene una enorme personalidad escénica, una gran estampa, y dice con atingencia y sobriedad casi todo su papel (sólo algunas inflexiones le criticaríamos como innecesariamente débiles), Sergio Jiménez no da una en el papel de Marat; ni tiene figura sino para papeles secundarios y tristes, ni dispone de una fuerte personalidad, sino es opaco y oscuro, ni intenta siquiera la menor ponderación en su actuación, sino, deleitado con el recuerdo de La gatomaquia y de Yo también hablo de la rosa, se dedica a sobreactuar, y principalmente a sobredecir, con mucho mayor descoco que cualquier Polito Ortín o cualquier Brillas. Todo lo exagera, lo violenta, lo saca de quicio. Parece tener al público por mucho más tarado que los habitantes de Charenton, y, sobre todo cuando quiere poner en alguna frase un acento irónico (sardónico, en este caso) lo mastica y lo machaca en forma abultadísima; no vayamos a no entenderle. Su actuación nos parece deplorable, y de ella culpamos principalmente al director, que le dio rienda suelta (si es que no lo acicateó, inclusive).

Tres cuartos de lo mismo puede decirse de Héctor Bonilla, tan excelente actor otras veces, y ahora recargado, subrayadísimo; es la suya una actuación como para el aire libre, patética y gruesa. En su justa medida están, en cambio, Virgilio Leos, un excelente y ponderado Coulmier, y Ana Ofelia Murguía (o Murgía, como el magnífico, pero no muy bien corregido programa dice dos veces). Juan Ángel Martínez también vocifera y hace ojos feroces, como suele; pero su papel es más pequeño.

Angélica María, ese encanto de chica, es un miscast absoluto. Tan linda, tan deliciosa en obras como Sí, quiero, un una pieza del tono de Marat Sade nada tiene que ver. Está gris, incierta, desdibujada e insuficiente. El papel pedía, hombre, si no una María Douglas qué menos que una Betty Sheridan; alguien que pudiera hacerse ver y oír entre la multitud; Angélica en ella se pierde, y su actuación de borrachita o de modorra queda muy por debajo de las posibilidades del personaje. A ella le faltó la exaltación que les sobró a otros.

Interesantísimo actor nos ha parecido Gastón Melo, a quien por primera vez notamos en escena, aunque el programa nos informe que ya actuó otras veces (sí, es verdad, ahora le recordamos en una obra de Wedekind, en un papel juvenil). Tiene poca estatura y mucha nariz, y ambas cosas le estorbarán para algunos personajes; pero en el de heraldo tiene la enorme virtud de que se hace oír siempre, se impone. Es bueno esto de que cuando se necesite un actor para un negro, se busque un negro, y para un anciano, un anciano; aquí para un hombre inteligente buscaron a un actor inteligente (no hay muchos) que sabe dar intención a sus frases; pero... ¿no exagera también Gastón? ¿No nos hace demasiados guiños, cuando quiere hacer comprender que está diciendo algo irónico? Si, también él sobreactúa. Pudo decir lo mismo con igual regocijo en sus ojillos traviesos, y sin darnos tantos codazos para que nos demos cuenta de que sus frases son satíricas. También él teme que no le hayamos entendido bien. Qué lástima.

Quiso el director poner un sello propio en su Marat Sade, y lo convirtió, a ratos, en opereta. A la manera de Brecht-Weil, y con ciertos recuerdos de Cart Orff (pero también los hay en la música, de Mi bella dama) adornó algunas escenas con música y canto, lo que le permitió ocupar a otros caifanes, y a Julia Marichal, que no cabía en la pieza. Sí, contribuye todo esto a dar riqueza al espectáculo a hacerlo más grande; pero en ningún compás nos pareció la partitura de la señorita Urreta cosa del otro mundo, ni tampoco hubo ocasión para el lucimiento de los filarmónicos.

Y a todo esto, preguntarán algunos lectores, ¿la obra? La obra es grande, es novedosa, tiene vigor, y es polémica. Despertará discusiones. La encontrarán algunos demagógica, otros llena de sabiduría y de contenido culto. Quizás incurre en lugares comunes (que siempre responden: libertad, libertad, etc), pero tiene miga, hay en ella mil temas, para reflexionar, para discurrir, y para sostener una controversia, aunque sea cada quien consigo mismo. Debe verse, y con atención. Es una base digna del excelente espectáculo teatral que con ella Juan Ibáñez ha hecho, y que tiene que ver todo el público de medianamente culto para arriba de México.


Notas

1. Tuvo lugar el 15 de marzo. P. de m. A: Biblioteca de las Artes.