FICHA TÉCNICA



Título obra El asesinato de la hermana George

Autoría Frank Marcus

Notas de autoría Margarita Michell / traducción

Dirección Dimitrios Sarrás

Elenco Mónica Serna, Rosa María Moreno, Bertha Moss, Tamara Garina

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Ofelia

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El asesinato de la hermana George, de Frank Marcus, dirige Dimitrios Sarrás]”, en Siempre!, 13 marzo 1968.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   13 de marzo de 1968

Columna Teatro

El asesinato de la hermana George de Frank Marcus, dirige Dimitrios Sarrás

Rafael Solana

Algunos empresarios le tienen miedo al teatrito Ofelia, que es chiquito, y está descaminado; piensan que tiene un corto número de butacas, que no ofrece ese paracaídas de la buena entrada los sábados y domingos, para compensar las malas de los otros días, y juzgan también que no pasan por allí líneas de tranvías o de camiones que aporten un público popular; no puede irse allí sino en coche propio, y si se vive por el rumbo, que es uno muy elegante.

Sin embargo, Basurto tuvo allí éxito con su obra Con la frente en el polvo, y ahora hay una comedia que está atrayendo a mucha gente; si se agota los domingos y los sábados, se ve obligado el público que no encuentra boletos esos días a volver, y entonces el pequeño local se llena todas las noches, y así ya no es tan mal negocio.

La comedia que ha logrado este éxito se titula El asesinato de la hermana George; su autor es el británico Franck Marcus, y su traductora se llama Margarita Michell; ella es, al parecer, coempresaria, con el director de la pieza, el griego Dimitrios Sarrás.

No nos extraña este triunfo, porque la comedia es muy buena, la interpretación que de ella hacen cuatro actrices, sobresaliente y magnífica, y la dirección de Sarrás, formidable. Sin embargo, tenemos nuestras vehementes sospechas de que el taquillazo no se debe ni a la excelencia de la pieza, ni a la brillantez de la dirección, ni a la extraordinaria calidad de las cuatro interpretaciones, sino a algo completamente ajeno a todo ello.

Marcus ha escrito una comedia deliciosa, en que con la más fina ironía se burla, muy graciosamente, de los nuevos mitos que ha creado, en la vida actual, la popularidad de ciertos medios de difusión (en la comedia, principalmente, la radio; pero en nuestro medio eso es muy aplicable a la televisión). Alguien probablemente comentó a Marcus que a su finísma y encantadora comedia le faltaba algo, para ser taquillera; aquella pimienta de la que ya a fines del siglo pasado se hablaba, cuando se decía que el público de Londres había ya acostumbrado, en el teatro a manjares tan fuertes, que se necesitaba muchísimo picante para afectar su paladar; y, a la manera de quien a un exquisito helado le pusiera una buena cucharada de salsa borracha, así Marcus le puso a su pieza admirable una fuerte dosis de aberración sexual, que para nada venía al caso, pero que probablemente es lo que está llevando a la gente; aunque la comedia sería igualmente buena, o mejor, sin esos toques que la hacen emparentar con aquella Prisionera que solían dar doña Virginia Fábregas o Mimí Aguglia hace 40 años, quizás no sería igualmente taquillera; una buena parte de la gente está yendo más por asustarse con la conducta de los personajes que por apreciar la buena literatura, la hábil construcción, el excelente humor de la formidable comedia, que no habríamos podido conocer en tiempos pasados, cuando la censura se mostraba más severa y nos privaba de admirar por esa gazmoñería, algunas obras de la magnífica calidad literaria de la que hoy comentamos.

Tal como está, la obra es, además de cómica, picante, lo que a ratos la destiempla y la dramatiza por demás, pero si eso lleva la gente, sea enhorabuena; la parte sexual nos parece un poquito exagerada, y más propia para un drama que para una comedia ligera, la parte cómica, en cambio, nos ha parecido acertadísima, fina, llena de gracia.

El director supo no naufragar en esa dualidad, tan peligrosa, y logró “emparejar las luces”, como dicen los camarógrafos, lo que a ratos era muy difícil; pero sobre todo ha acertado, como ya muchas otras veces hizo, en la dirección de actrices; gran director debe de ser este señor Sarrás que tan soberbias interpretaciones obtiene, generalmente, de artistas, unos ya consagrados, otros que no lo estaban. El que mayor sorpresa nos causa es el caso de Mónica Serna, a quien teníamos por una actricita discreta, medio bailarina, medio damita joven, que había pasado con cierto aplauso para su juventud y su belleza por varios escenarios, pero que ahora, en esta pieza, está encantadora, llena de vida, animada, cautivadora; obtiene un triunfo de actriz completísimo y resonante. Después de ella queremos mencionar a Rosa María Moreno; la conocemos desde hace años; la vimos hacer papeles de jovencita, y de niña, cuando lo era, y ya en muchas ocasiones la aplaudimos con entusiasmo; sin embargo, tenemos el que hace ahora de Sra. Mercy por el mejor de todos sus trabajos, aunque no sea, a nuestro juicio, perfecto; el de ella es el papel mejor escrito de toda la obra; sus bocadillos son los mejores, y su actuación es la más fina; estamos por momentos en pleno Somerset Maugham. Al final, en el tercer acto, le faltó, para cierta escena, cierto brillo en los ojos; estuvo como tímida, en algunos momentos de su personaje; pero en todos los demás, soberbia, entonada, y además estupendamente vestida para el tipo. Hizo nuestra delicia en la mayor parte de su actuación.

De Bertha Moss, que lleva el papel titular, no nos sorprende que haga de él una creación; es una enorme actriz a quien ya hemos visto otras veces, por ejemplo, en Jezabel (que se prohibió en la fecha misma de su estreno, y ya no vio nadie más que los que estábamos en el Caracol aquella primera y última noche); el papel de ella es el mayor, pero está muy claro, no tiene la dificultad que tienen otros; le basta con sostenerse en el tipo escogido, y muy definido que adopta desde la primera escena; en ella a lo cómico va mezclado, en muchos momentos, lo dramático; pero los artistas argentinos están muy bien preparados para la tragicomedia que es genero que en su patria gusta mucho.

Tampoco hemos de escatimar nuestro elogio a esa actriz por quien sentimos debilidad, y que, como Carolina Barret, hace grandes los papeles chicos, con su actuación atinadísima; nos referimos a Tamara Garina, que no es muy variada, no es versátil, pero el tipo que ha creado tiene tal fuerza cómica que siempre triunfa con él; ahora está eminente, en las cortas líneas de madame Xenia, y se hace sentir como un personaje importante, a pesar de la brevedad de su texto.

David Antón ha compuesto una cómoda escenografía y se inscribe también en el cuadro de triunfadores de esta soberbia pieza, El asesinato de la hermana George, que vivamente recomendamos no por las mismas causas por las que la recomienda la demás gente, sino por la calidad humorística de la pieza, por su impecable dirección y por sus extraordinarias cuatro interpretaciones.