FICHA TÉCNICA



Título obra El rey se muere

Autoría Eugenio Ionesco

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Ignacio López Tarso, María Teresa Rivas, Diana Mariscal, Martha Navarro, Héctor Ortega, Víctor Eberg

Escenografía Leonora Carrington

Vestuario Leonora Carrington

Espacios teatrales Teatro Hidalgo

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [El rey se muere de Eugenio Ionesco, dirige Alexandro Jodorowsky]”, en Siempre!, 24 enero 1968.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   24 de enero de 1968

Columna Teatro

El rey se muere de Eugenio Ionesco, dirige Alexandro Jodorowsky

Rafael Solana

Parece ser que tiene un gran programa el teatro Hidalgo para el año actual; nombres ilustres brillarán en su marquesina; para más adelante, el de Dolores del Río; por el momento el de Nacho López Tarso, que allí ha tenido (¿y dónde no?) resonantes victorias. El primer estreno del año congregó una concurrencia distinguidísima, hasta parecían tiempos pasados, pues en el lugar de honor estaba el licenciado Benito Coquet, muy cerca del señor Lebrija, mientras el doctor Morones Prieto brillaba por su ausencia, y Porfirio Muñoz Ledo casi se escondía, con modestia y discreción. Había una verdadera plana mayor de personalidades, que nos hizo imaginar como desairado el estreno de Sonia Furió y de Héctor Suárez, anunciado para esa misma hora en otro teatro.

La función comenzó con un retardo de más de media hora. ¿Han aflojado los inspectores del licenciado Ramírez Vázquez? Recordamos un cuento muy bonito que contaba Manolo Fontanals, de cuando era escenógrafo en Barcelona; una vez se salió a la sala, para ver el efecto que causaba su escenografía y en el momento en que iba a levantarse el telón un vecino de butaca le hizo la siguiente confidencia: “Ahora va a sonar una ovación que el público no se espera”. Una ovación así sonó, a pesar de que no hay claque pagada, cuando la escenografía de doña Leonora Carrington estuvo por suficientes momentos a la vista de la concurrencia, que comprendió que aquella exhibición tenía por objeto arrancar el aplauso, y tuvo la cortesía de concederlo.

Nuevas ovaciones cierto que decrecientes, fueron saludando a los intérpretes de la obra a medida que fueron siendo presentados; muy bien que se aplauda a Nacho López Tarso, que tiene una historia; y a María Teresa Rivas; pero pedir palmas hasta para Diana Mariscal, que quién sabe quién será, fue un exceso del director Alexandro.

La escenografía, por supuesto lo único que se proponía era resultar carringtoniana; reprodujo doña Leonora algo así como una pesadilla babilónica, bastante confusa, que nos hizo pensar en Nabucco más que en Ionesco. La ropa, como de baraja, en muy variados colores, pues había personaje azul, personaje verde, personaje negro, etc.

Una de nuestras primeras sorpresas, de la que todavía no salimos, fue la de observar, a lo largo de toda la obra, sostenidamente, que Alexandro no encargó a María Teresa Rivas la interpretación del papel de la reina Margarita, sino, cosa extraña la del papel de Ofelia Guilmain en el papel de la reina Margarita. No es la primera vez que vemos este doble juego; ya una vez la señora Montoya, en vez de hacer el papel de Verónica Muro, en la obra Función de despedida, de Rodolfo Usigli, hizo el de Virginia Fábregas en el papel de Verónica Muro. Por cierto, tan magnífica es la caracterización de la señora Rivas, tan exacta en su imitación, que hubo personas, Rufino Tamayo una de ellas, que llegaron casi al final de la obra creyendo que era la Guilmain en persona quien estaba en escena; además de copiar los rasgos faciales de Ofelia la Magnífica con un maquillaje acertadísimo, María Teresa copió la voz (sobre todo en las risas) y la manera de caminar, y la de pararse, muy derecha; no acabamos de acertar con cuál habrá sido la intención de Alxandro al hacer esta caricatura, suponemos que por pura broma, por puro buen humor; pero les ha salido, a él como director, y a María Teresa Rivas como actriz, estupendamente bien esa “vacilada”.

Claro que, a lo largo de las tres horas que dura la función acaba por resultar un poco aburrido este chiste. Las imitaciones (y es tan fácil hacerlas de Agustín Lara, de María Conesa, de Pedro Vargas, de María Félix, de Palillo), siempre duran dos o tres minutos, porque más, cansa. Sólo por momentos flaqueó María Teresa y nos dejó escuchar inflexiones de su propia voz, o adivinar, tras la máscara, gestos suyos; para su desgracia, la escena buena que su papel tiene, en el tercer acto, casi no se oye, porque distrae al público el movimiento rotatorio de una parte de la escenografía; sin embargo, en sus cortas intervenciones en los dos actos anteriores, las que son francamente humorísticas, está la señora Rivas formidable.

Pero el papel central es el de López Tarso, por supuesto. La obra se llama El rey se muere (ya era hora de decirlo) y él es el rey. Por momentos se siente que lo ha forzado demasiado el director a tratar de resultar chistoso; Nacho es magnífico en el humor fino, como cuando hizo el personaje de Bernard Shaw en Querido embustero(1); en la pachanga, pues ya se vulgariza un poco, ya está como cualquier payaso puede estar; también lo obligó Alexandro a hacer una pantomima de cine en cámara lenta, que no viene al caso y que es truco que podría aplaudírsele a un muchacho principiante, pero que no resulta digno de un actor eminente, que en empresas de mayor altura debe emplear sus talentos.

El papel es largo, y brillante, y no faltan, en ciento ochenta minutos, las ocasiones de que López Tarso nos recuerde su excelencia; trabaja esta vez con todo el cuerpo (es una de las mejores enseñanzas que tendremos que agradecer a Alexandro) y no nada más con la cara; si el papel tuviese mayor consistencia, se habría visto muy bien hecha por Nacho, la desintegración del anciano rey; pero como constantemente regresa a la juventud, no hay continuidad en la interpretación de esa caquexia, de ese desmoronamiento, que se supone ser también el del palacio que habita, cosa que jamás llegó a sugerir la escenografía, que debió de ser móvil en vez de estable. Está Nacho chistoso en muchos momentos, en que hace gracejadas de viejito, y las parrafadas que tienen miga, sabe decirlas con esa admirable maestría que le hemos reconocido siempre. Sin embargo, no podrá poner este papel, cuando haga los recuerdos de su vida, al lado de los de Moctezuma II, Enrique IV, Macbeth, Edipo y otros reyes con los que ha alcanzado triunfos mayúsculos.

De Martha Navarro, actriz joven y hermosa que hace el papel tercero en importancia, oíamos decir, a nuestro lado, que está muy “mona”, lo que no negaremos; pero no es mucho más lo que en su honor puede asentarse; Diana Mariscal, tierna y bonita, también, cometió errores de dicción, y se vio descolorida en un papelito que no da mucho de sí; nos cansó Héctor Ortega con su voz siempre en sobreagudo, y con gestos pretendidamente cómicos tan subrayados, que por momentos nos sentimos en La gatomaquia o en La tragedia de las tragedias, esos dos monumentos a la sobreactuación y a la sangronada. Víctor Eberg de quien fue aprovechada la buena figura, desempeñó el papel del alabardero con voz que en ciertos momentos resultó insuficiente.

Alexandro, de quien nos hemos declarado ya en muchas ocasiones admiradores fervientes (la Ópera del orden, o el Drama Pop en que triunfó Sonia Amelio) no ha brillado esta vez a nuestro juicio, a la altura de otras veces; no se puso muy en Ionesco, sino a veces parecía estar dirigiendo Ghelderode, y hasta Dürrenmatt; y se esforzó más por arrancar risotadas, bastante corrientes, sobre todo en las primeras escenas de la obra, que en tratar de hacer que el público la entendiese; obras así requieren una gran colaboración del director para llegar hasta el público. Jorodowsky puso más atención en provocar una carcajada, por ejemplo con el reloj de la reina Margarita, o con los compases de Traviata y el gran aire de Madame Butterfly, que en acercar un poco a los espectadores hacia la esotérica obra que, nos tememos, ha de pasar incomprendida de la mayor parte de quienes asisten a su representación. Esta falta de comunicación entre autor y público habrá de hacerse sentir, a la larga en las taquillas; no podemos vaticinar a El rey se muere un gran éxito de público sencillo, ni, por lo tanto, una permanencia prolongada en la cartelera; se quedará en ayunas la mayor parte del público, y no recomendará la pieza. Tal vez Alexandro se vaya a ver obligado a recurrir al expediente de salir él en persona, delante del telón, a explicar un poco a la concurrencia, como prólogo, qué es lo que ha querido decir Eugenio Ionesco con esta pieza... si es que lo sabe Alexandro, y si es que lo sabe Ionesco.

La primera función fue muy bonita, y como no había en las butacas sino gente tan culta como la China Mendoza, pues hubo muchos aplausos, tanto al final de cada acto, como al terminar al representación, cuando todos los que en ella participaron fueron llamados a recibir largas ovaciones.


Notas

1. Cuya crónica del 18 de septiembre de 1963 se incluye en este volumen.