FICHA TÉCNICA



Título obra Concierto para guillotina y cuarenta cabezas

Autoría Hugo Argüelles

Dirección Abraham Oceransky

Productores Manolo Ávila Camacho

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Concierto para guillotina y cuarenta cabezas de Hugo Argüelles, dirige Abraham Oceransky]”, en Siempre!, 3 enero 1968.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   3 de enero de 1968

Columna Teatro

Concierto para guillotina y cuarenta cabezas de Hugo Argüelles, dirige Abraham Oceransky

Rafael Solana

Ya agonizante el año, todavía la cartelera teatral nos sorprendió con el anuncio del estreno de una obra mexicana más, en este año es que se estrenaron tantas (dieciséis, había dicho pocas noches antes Robledo, pero a nosotros nuestras cuentas nos dan muchas más; de seguro el secretario general de la Unión de Autores no contó las que se presentaron en el festival de primavera del INBA).

El autor de la nueva obra, Hugo Argüelles que ya en este año había estrenado otras dos una con éxito muy honorable, la otra con un triunfo clamoroso: Las galerías del silencio y La ronda de la hechizada. El título de la pieza más reciente éste muy extraño y original: Concierto para guillotina y cuarenta cabezas(1); algo que suena entre Diálogo de Carmelitas y Sade-Marat; en el ambiente teatral se la conocía como Las cuarenta farsas, de oídas y los que las estaban ensayando hablan de ellas en Sanborn´s como de una maravilla.

Allá vamos desentendiéndonos de otros compromisos para la misma noche, de algunos de ellos con pena porque no podíamos dejar de estar presentes en un estreno del autor de La ronda de la hechizada, de Los cuervos están de luto, de Los prodigiosos, que nos habían dado noches memorables.

No estaba, escrito sin embargo, que esta fuera a ser una de ellas; nuestro primer desconcierto fue el de descubrir que la iniciación de la función se retrasaba no los quince minutos de costumbre, que las noches de estreno la gente espera fuera de la sala, charlando ni los otros quince que a veces se la hace guardar también, ya adentro, ni los otros quince que se solicitaron de la paciencia del respetable pero no siempre respetado; las autoridades bullían y dudaban, si deberían suspender ya la función, o seguir tolerando el insólito retraso o por lo menos descargar el espadazo de una fuerte multa sobre los descorteses empresarios; pero el productor, Manolito Ávila Camacho, estaba tan quitado de la pena; el director, Oceransky ¡no había llegado! Se agregaba que no se presentaba todavía el primer actor y que se estaba en espera de la pista del sonido.

Por fin apareció aquel primer actor esperado (primero el orden de salida) y la función pudo comenzar, con cincuenta minutos de retraso. Un prólogo, algo insulso y sin el humorismo habitual en Argüelles nos hizo sospechar si no sería todo el espectáculo un mero pretexto para hacerle un chiste malo a la cabeza yucateca de Magaña Esquivel. Y comenzaron a deslizarse, tomadas de la mano, en ronda, como le gusta a Hugo, las cuarenta farsas que sobre el tema “cabezas” había escrito este joven autor que, si no inventaba un género (Libertad, libertad era también una sucesión de escenas, sólo que de diversos autores, sobre un solo tema) por lo menos lo atacaba con originalidad.

Corren los innovadores el peligro de estrellarse cuando intentan buscar nuevas fórmulas artísticas; alguno acertará alguna vez; muchos fracasan; no es por ello menos de agradecerse su intento de salirse de lo trillado; en el arte, como en la ciencia, también los fracasos enseñan. En este caso le ha tocado a Hugo la suerte honrosa, pero triste, de ser uno de los astronautas quemados, uno que intentó algo nuevo, y que pereció en el intento.

Porque el Concierto para guillotina y cuarenta cabezas a pesar de la originalidad de la concepción, de la vivacidad de un ritmo, del ingenio de algunos de sus cuadros, resultó, en conjunto un desastre; no estuvo de vena cuarenta veces seguidas Argüelles para hacer un chiste feliz; algunas de las cuarenta son buenos, otros son insípidos y otros francamente desgraciados; algunos cuadros fueron entendidos, y otros ni por aquí le pasaron al público, que, por ejemplo, el del Che Guevara ni se enteró; cierto “Diálogo etéreo” no lo oyó nadie, pero a nadie le importó no oírlo; el cuadro de las hadas, en el más puro estilo “Cachirulo”, se hizo largo y arrastrado; así también pesaron otros, históricos o cultos, y los que más se salvan, los que iban más de acuerdo con el estilo de Hugo, fueron los de mero humor negro, como el de la cabeza sobre la mesa, el del querubín, y pocos más. El más filosófico, el del espejo, dejó a la gente helada. No es la cuerda de Hugo esta cuerda.

En fin, Hugo es un autor consagrado, que tiene ya en su haber cuatro piezas extraordinarias, y al que en nada afecta haber tropezado con un entretenimiento de tono menor, con un experimento audaz; para Oceransky, que había ganado un premio de dirección con una obra que nadie entendió (por eso lo habrán premiado) fue más grave el desacierto; y para los artistas de la compañía, de ninguno de los cuales vale la pena recordar el nombre, tampoco se trató de una experiencia afortunada; ni para el productor, Manolito, que tiene que pensar en algo mejor para sacarse próximamente la espina.


Notas

1. El estreno que comenta Solana, es sólo la presentación de algunas escenas. La obra propiamente dicha, sería estrenada en 1982 dirigida por Francisco Peredo, al respecto véase la crónica del 9 de junio de ese año incluida en este volumen.