FICHA TÉCNICA



Notas Breve historia sobre el surgimiento de las representaciones de navidad a partir del rito católico

Referencia Armando de Maria y Campos, “Cuando aparece el Niño Dios en escena...”, en Novedades, 18 diciembre 1947.




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Novedades

Columna El Teatro

Temas de fin de año. Cuando aparece el Niño Dios en escena...

Armando de Maria y Campos

El arte dramático netamente castellano empezó en el siglo XI. Hubo antes –nadie lo pone en duda–, un teatro romanoespañol, un teatro visigótico-español y un teatro árabe-español. Se tiene a Sagunto como cuna del arte escénico en España con su teatro de origen griego, y no se desconoce la existencia de los teatros españoles romanos de Clunia y Cástulo, de Mérida, de Billilis, de Acinipo, y de menciona frecuentemente a Séneca, el gran trágico cordobés; se conservan manuscritos de piezas dialogadas, de las que moros andaluces son los autores. Ejemplo: Comedia de Blaterón y Chistosos y elegantes diálogos entre maestros de varias artes o comedias jocosas y satíricas de Mohammed-ben-Mohammad-ben-Alí, natural de Vélez-Málaga.

En verdad, más "teatro" hicieron en la alta Edad Media los mimos, los jaculatores, los juglares, los bailarines de cuerda, los bufones, los remedadores, los cazurros, los segriers, las juglaresas, las troteras y las danzaderas... Pero teatro castellano propiamente no empezó a hacerse hasta que éste se representó bajo las naves de las catedrales románicas. Lo anterior fue teatro-espectáculo español, atisbos o gérmenes, como sucedió en todas partes.

El rito católico es teatro propiamente, teatro puro, con sus secuencias dialogadas, con sus tropos, con sus coros alternados. Curioso fenómeno de rectificación por... causa de utilidad pública. Primero, la Iglesia católica anatematiza farsas y farsantes, juegos de escarnio, juglares y trovadores; pero como toda prohibición engendra deseo, para distraer al pueblo que tanto gusta de las farsas groseras con figuras ridículas, se vale –según escribe sagazmente Moratín– "de la costumbre establecidaa en las iglesias catedrales algunos siglos antes, de celebrar con músicas alegres, canciones, bailes y máscaras, las fiestas más solemnes de la religión (y) determinaron (los clérigos) añadirles nuevos atractivos y dar al pueblo con más honestidad en el santuario los mismos placeres de que disfrutaba en las plazas públicas. Lejos de mitigar por este medio el escándalo, lo hicieron más grande. Unieron a la pompa católica las libertades del teatro, y los mismos que predicaban en el púlpito y sacrificaban en el altar, divertían después a los fieles con bufonadas y chocarrerías, depuestas las vestiduras sacerdotales, disfrazándose de rufianes, mujeres, matachines y botargas. Entre los pasos a que daban lugar estas figuras se mezclaban otros alusivos a los misterios de la religión, la santidad de sus dogmas, la constancia de sus mártires, las acciones, vida y pasión del redentor; unión por cierto irreverente y absurda".

Hubo disputas, alboroto, escándalo. Inocencio III prohíbe que los clérigos la hagan de farsantes; Alfonso X condena en las partidas lo que está ocurriendo dentro –y fuera–, de los templos, y Alfonso XI revalida –1348, Cortes de Alcalá–, cuanto ha condenado su antecesor. Los concilios de Aranda y Compluto juzgan aquellos espectáculos dignos de las lenguas de fuego del infierno. Inútil todo; ¡el teatro castellano ha nacido!, y no habrá ya poder humano que detenga su marcha. Las representaciones eclesiásticas dan vida a las primeras comedias; los individuos de los cabildos la hacen de primeros actores –primeros en el sentido de tiempo, no de calidad o jerarquía–; las catedrales fueron los primeros escenarios y los fieles los primeros espectadores. Los corros figuran como un nimbo de la representación, lógico anticipo de una futura ópera, de españolísima zarzuela.

Ha nacido el teatro religioso medieval, que habrá de señalarse por tres fases fundamentales: el drama litúrgico en sí, los juegos o representaciones escolares, y las piezas escritas en vulgar romance. Poco a poco, como se extiende una mancha de aceite, el teatro litúrgico propiamente amplía su órbita en ámbitos y hacia sentidos insospechados. Desde luego se forman dos ciclos de representaciones o ceremonias teatrales: el ciclo de navidad –adoración de los pastores, los santos inocentes y adoración de los reyes magos–, y el ciclo de pascua, con el drama de la pasión y la resurrección. Esto sucede –precisa decirlo para saber por cuáles siglos andamos– entre el IX y el XII. Sale el drama litúrgico de las naves a los atrios de las catedrales, nuevamente va a las plazas, entra, también, a las universidades, a los conventos, se derrama, en fin, a los cuatro vientos, porque ¡ancha es Castilla!

Los ciclos primitivos de navidad y pascua se van ensanchando –andamos ya por el siglo XV–, hasta abarcar la vida entera de Jesucristo. ya veremos, si no se nos tuerce o malogra la ocasión–, cómo Jesús nace, vive, muere, y vuelve a vivir, en el teatro español que nació en Castilla. El ciclo de navidad comprendía en aquella remota centuria: Proceso del paraíso –culpa y esperanza del hombre–; Los profetas de Cristo, la Navidad y Jesús entre los doctores; esta última representación ligaba o enlazaba con el ciclo de la pasión, compuesto por Pasión, Resurrección, Venida del espíritu santo y Misión de los apóstoles.

Cercana la fecha de navidad, clérigos y seglares iniciaban los preparativos para las representaciones indispensables. En la noche de navidad de 1492 representó su primera égloga Juan de la Encina en casa de los duques de Alba. Dos pastores, Juan y Mateo, hablan de que ha nacido un niño en Belén... A pocos pasos del lugar de la representación estaba dispuesto un "nacimiento".

En 1498, también en el oratorio de los duques de Alba, se representó la noche de navidad, otra "égloga trovada", en la que tomaban parte cuatro pastores, en diálogos por parejas, que se acaba con la aparición de un ángel, que llega a contarles a los pastores el nacimiento del hijo de Dios, y ellos se encaminan a Belén para adorarle. Se tienen noticias exactas de esta pieza: los tales pastores no son del evangelio, sino simples cabreros cristianos y españoles que hablan de los aguaceros y avenidas de aquel año 1498, por lo que resulta más que absurdo el anuncio del ángel y el premioso viaje, que los pastores emprenden para adorar al niño-Dios, hasta Jerusalén...