FICHA TÉCNICA



Título obra Las tentaciones de María Egipciaca

Autoría Miguel Sabido

Dirección Miguel Sabido

Elenco María Douglas, Raúl Quijada, Luis Miranda, Manuel Ojeda, Ernesto Spota

Productores José Luis Martínez

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Las tentaciones de María Egipciaca de Miguel Sabido]”, en Siempre!, 28 junio 1967.




Título obra Malditos

Autoría Wilberto Cantón

Dirección Rafael Banquells

Elenco Carlos Navarro, Dina de Marco, Angelines Fernández, Gloria García, Miguel Palmer, José Alonso, Enrique Bécker, Roberto Guzmán, Humberto Dupeyrón, Jorge Ortiz de Pinedo, Mayté Carol, Magda Giner, Ana María Guzmán, Aurora Alonso

Escenografía David Antón

Espacios teatrales Teatro Virginia Fábregas

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Las tentaciones de María Egipciaca de Miguel Sabido]”, en Siempre!, 28 junio 1967.




Título obra Proceso por la sombra de un burro

Autoría Friedrich Dürrenmatt

Dirección Marco Antonio Montero

Elenco Blas García, Liza Willert, Carlos Bribiesca, Guillermo Gil,Juan Ángel Martínez, Manuel Armenta

Escenografía Leoncio Nápoles

Vestuario Guillermo Barclay

Espacios teatrales Teatro Comonfort

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Las tentaciones de María Egipciaca de Miguel Sabido]”, en Siempre!, 28 junio 1967.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   28 de junio de 1967

Columna Teatro

Las tentaciones de María Egipciaca de Miguel Sabido

Rafael Solana

De los dos asuntos principales que tenemos hoy para esta sección, hemos estado dudando sobre cuál corresponde más exactamente al rubro “teatro” con que la encabezamos. ¿El de María Douglas? Quizá sea un poco más que teatro; ¿el de Héctor Azar? Tal vez ése sea bastante menos que teatro; entre el superteatro y el infrateatro, ¿cuál está más cerca del teatro? Uno se pasa, el otro se queda corto. Como en el siete y medio, puede ser que esté más perdido el que se pasa; pero de todos modos, por respeto, nos inclinamos a comenzar nuestra reseña por ese espectáculo.

Se parece un poco a la poesía en voz alta que Octavio Paz, Juan Soriano y otras celebridades montaron alguna vez, con ayuda de Carlitos Fernández, de Tara Parra, de Pilar Pellicer y de otros genios; sólo que esto tiene mayor unidad y mayor perfección; supera a lo otro como algo de tercer año a una cosa que fue de iniciación, de kinder-garten. Estamos hablando del espectáculo, que no se atreven sus organizadores a llamar teatral, y que ni siquiera se presenta en un teatro, Las tentaciones de María Egipciaca, del que se da crédito Miguel Sabido, no solamente como director, sino como promotor y hasta autor, si hemos de entender que fue él quien hilvanó versos de muchos poetas para darles cierta continuidad; algunos de los versos suenan a remotísimamente antiguos, medievales, mientras otros son modernísimos, de Octavio Paz, por ejemplo, que es el más joven de todos nuestros poetas de más de 50 años, o de Héctor Azar, que podría ser su hijo; hay poetas del Siglo de Oro, cuyos versos son los que mejor suenan en nuestros oídos, para los que resulta igualmente duro lo muy arcaico que lo muy a go gó. Sabido logró una colcha de remiendos no solamente muy abrigadora y muy pintoresca, sino en la que el efecto de mosaico llega a perderse, para producir una cierta impresión de unidad muy extraña, y que denuncia el gran talento del joven que la ha hecho; quizás ésta sea una oportunidad como no volverá a presentársenos otra para sostener aquí, en forma que francamente disiente de la opinión de la mafia, que el mejor preparado, el más culto, el más inteligente y el de mayor sensibilidad artística de entre los directores de la más nueva ola, es justamente Sabido, el que menor propaganda se hace, el que menos se desvive por aparecer en la prensa, por llamar la atención o por asirse a la cola propagandística de ese gran cometa que es José Luis Cuevas, en cuyo seguimiento tantos marchan, como los ciegos del cuadro de Breughel que está en el Museo Borbónico de Nápoles.

Para Sabido es un gran triunfo este espectáculo bellísimo, ciertamente no teatral, pero sí muy artístico, muy poético, que se presenta en la nave principal de nuestro Museo del Virreinato, allí donde estuvo el convento de San Diego y donde ardieron las hogueras de la Inquisición; delante de cuadros magníficos de nuestros siglos XVII y XVIII, en un ambiente adecuado, encuentra magnífico marco esta representación, como en Tepotzotlán, que es una joya de la arquitectura barroca, lo hallaron antes otras por el mismo director promovidas. Además de componer con bellos y bien escogidos versos el poema, Sabido ha sabido, lo que tan bien nos ha sabido, componer el cuadro del que estos versos van a desprenderse, hacerlos resonar en las hermosas bóvedas, y untar los endecasílabos o los alejandrinos sobre la pátina de los óleos virreinales para crear un retablo dorado y magnífico, con trajes (en realidad, no sólo trajes) que diseñó Cirou, con luces adecuadas; quizás le faltó únicamente una pizca de incienso, cuyo efecto se podría probar en subsecuentes funciones.

Pero tan admirable como la composición del centón, y como la presentación del retablo, es el concierto de voces que el director convocó para este templo, en el que no por Sabido se calla, sino por él se habla, y en qué forma tan bella, con resonancia que las bóvedas amplifican; la voz más augusta y más poderosa de México, la de María Douglas, de la que Carlos Pellicer dijo que era “un cañón” (y la del propio Carlos es uno de tremendo calibre) cuando María actuó en Bellas Artes con la Sinfónica, fue sustraída del silencio que por años la apagó, y la hermosa figura de esta actriz, tal vez ahora más linda que nunca (aunque ya de su operación estética hace años) apoya esa voz; para llevar la mano izquierda ajustó y entonó Sabido otras dos voces espléndidas, la de Raúl Quijada, el buen actor de Rinocerontes, y la estupenda de Luis Miranda, el autor de algún auto calderoniano, y actor excelente también, que va dejando pasar su juventud sin ser aprovechada en todo lo que ella vale. Otras voces más, entre las que sobresale la de Manuel Ojeda, y pudimos reconocer la aquí inesperada de don Ernesto Spota, acompañan; pero son esas tres voces principales, la de la solista María Douglas y las de Quijada y Miranda, las que dan el concierto, en una forma que ampliamente supera lo que anteriormente se haya hecho, por lo menos en México, en esta ambigua materia.

¿Teatro? Muy poco. ¿Poesía? Sí, en voz muy alta, eso es; ¿concierto? También lo es, en cierta medida, aunque con poca música. Espectáculo, lo llama Sabido, nada más, y así está bien llamado. Algo que vale la pena de oírse.

Para Sabido, para Quijada, para Miranda, pero más principalmente para la extraordinaria, la excepcional María Douglas, que tiene una rentrée sensacional, cuando parecía olvidada y retirada, hubo la noche de la primera representación ovaciones calurosísimas, bravos entusiastas, aplausos interminables. Qué espectáculo de gran calidad es Las tentaciones de María Egipciaca; ciertamente no teatro, en el sentido en que lo buscarían los clientes de Landeta; emoción estética, primor artístico, grandeza, es lo que encontramos en este entretenimiento, que pueden enorgullecerse de auspiciar José Luis Martínez y todos sus demás patrocinadores.

Malditos de Wilberto Cantón, dirige Rafael Banquells

Por fin llegó el día del estreno de Malditos, con siete años de publicidad(1), el llenazo era, naturalmente, retumbante; y así fueron los de los días siguientes; el sábado, completamente agotadas las dos funciones, y el domingo, agotadas también ambas; el martes, 10 mil pesos, lo que está muy cerca del agotamiento. Por lo menos en taquilla, el éxito ha sido sensacional.

En crítica, no tanto; ha habido opiniones muy favorables, y aun entusiastas; otras, algo frías; y algunas francamente adversas; las viejas acusaciones: teatro comercial, melodrama, basurdrama, como si alguno de éstos fuera pecado, o existiese la obligación de escribir cosas solamente de un género, o interesar al público fuese delito, y la calidad de una obra pudiese medirse por la prisa con que el público le vuelve la espalda y le hace el vacío.

Nuestra opinión, no vamos a repetirla, pues ya dos veces la dimos, en ocasión de un ensayo general de la obra, cuando ya iba a estrenarse en el teatro Juárez, y en la de su representación sin taquilla, inmediatamente suspendida, en la sala de OPIC, en la avenida Juárez; Wilberto ha hecho algunas modificaciones, como refundir los tres actos en dos, y Rafael Banquells, director, ha introducido otras, como dar a uno de los personajes un carácter de ambigüedad sexual que originalmente no tenía; también abusó el director de los gritos en el acto final; el autor había puesto uno, que se oye desde la calle; Banquells ha puesto muchísimos, resulta falso que los personajes de la obra no los escuchen, o sólo vagamente se den cuenta de ellos; estos chillidos aumentan el tono melodramático de la escena, lo recargan; pero conste que no son del autor. Opinó la gente al salir de la primera función que sobraba cierto estrambote, que esperamos se habrá suprimido a partir de la segunda; hay un momento en que la obra termina, y la colita que le dejaron después, estorba.

Más que saber si está bien hecha la obra, que sí lo está, si el autor la ha construido bien, que sí lo ha hecho, o si los personajes son congruentes, como en efecto lo son, importará al público saber si la obra es inmoral, o raya en esas lides, lo que explicaría que estuviese prohibida durante un septienio, ahora se puede dar cuenta todo el mundo de que, como ya muy ampliamente dijimos a su tiempo, la pieza es todo lo contrario que inmoral: es moral, es aleccionadora, es casi un sermón escénico sobre la conducta que deben seguir los jóvenes, y, muy marcadamente también, la que debieran sostener los padres. La causa de que haya rebeldes sin causa, explica el autor, está en que hay hogares sin amor, en que hay madres abandonadas, o que descuidan la casa por tener que dedicarse a otros cuidados. ¿Usted lo sabía? Muy probablemente sí; pero no está de más repetirlo, la mejor prueba de que se necesita machacarlo es que sigue habiendo esos jóvenes desorientados, que el autor ha copiado con exactitud y con verismo. Un problema vivo, un asunto interesante, aunque no sea nuevo, ni originalísimo, ni relampagueante de inesperados efectos, como, digamos por decir algo, el de Ay mamá qué triste está papá porque en el clóset lo colgaste, o como se llame aquello, que sí gustó mucho a los críticos que ahora arriscaron la nariz porque el melodrama cantoniano les pareció basurtesco.

Es teatro, y teatro bien escrito y bien armado, por quien sabe hacerlo; y al público de teatro le ha gustado, le ha emocionado, y le está enseñando algo. No importa lo que digan algunos críticos muy modernistas, que se han formado ya un prejuicio y se niegan a reconocer cuál es la realidad del teatro y del público mexicanos, y que aplauden las obras que al público no le despiertan interés.

Rafael Banquells, que es un empresario publiquista, ha cargado la mano, como ya dijimos, para lograr algunos efectos cómicos, que a la obra le faltaban, y para subrayar algunas escenas de horror; por momentos las exageraciones de Banquells, hasta en la escena de los desnudamientos, parecen indiscretas; pero desde luego son taquilleramente eficaces. ¿Golpes bajos? No, a nuestro juicio, sino legítimos. Golpes bajos son tocar el Himno Nacional, o sacar a la Virgen de Guadalupe. Y hay quien los aplauda.

Consiguió Banquells buenas interpretaciones en casi todos los papeles. Por ejemplo, la de Carlos Navarro es excelente; éste es uno de los mejores papeles que le hemos visto en años; le va muy bien, y lo dice con sinceridad y sencillez; Dina de Marco, en un papel facilote, y ese sí muy basurtiano, está muy justa, sin incurrir en vulgaridades y exageraciones que el personaje habría podido aconsejarle; Angelines Fernández está exacta en el tipo de madre que le fue encomendada; a Gloria García la vimos un poquito fría en el suyo, o sería que estábamos acordándonos de Virginia Manzano en Las alas del pez, que era una madre muy semejante.

De los jóvenes, no acaba de convencernos Miguel Palmer, a quien en este teatro le vienen dando desmedida importancia, desde Cyrano; está bien, pero no tiene todavía tablas, ni mucha simpatía; mejor está José Alonso, que ya estos papeles de jovenazo los ensayó muy bien en otros teatros, y ha llegado a dominarlos. También Enrique Bécker, que es de casa, saca el suyo muy bien, y ponen mucha gracia en los suyos Roberto Guzmán y Humberto Dupeyrón, a quien le repartieron un bombón, pues tiene las únicas risas, o casi, de toda la obra; Jorge Ortiz de Pinedo hace un papel diferente de los que le hemos visto en otras cosas, y le sale muy bien.

Algo pálido nos parece el cuadro de las chicas: Mayté Carol es muy linda, como seguramente ustedes ya sabían, pero como actriz no tiene ocasión de triunfar; Magda Giner nos pareció tibia en su personaje, descolorida; Ana María Guzmán fue la que nos gustó más, llena de vida, de dinamismo, mil veces mejor que como ha estado antes, lo que quiere decir que progresa. Aurora Alonso hace un papel ingrato, por completo distinto del que tuvo en la obra anterior, y lo saca excelentemente.

La escenografía de David Antón, muy correcta, y hábil en la resolución del problema de varios ambientes que la obra plantea.

No nos llamaría la atención que Malditos se quedara varios meses en la cartelera del Virginia Fábregas. Ya pueden ir pensando en quién va a descubrir la placa del primer centenario.

Proceso por la sombra de un burro de Friedrich Dürrenmatt, dirige Marco Antonio Montero

En el inhóspito teatro Comonfort (pero bueno, siquiera es un teatro), un grupo que dirige Marco Antonio Montero representó, como una de las actividades del departamento de teatro que capitanea Héctor Azar para el INBA, la obra del suizo Friedrich Dürrenmatt Proceso por la sombra de un burro. Leoncio Nápoles hizo las rampas en que ahora muchas veces consiste la escenografía, y Guillermo Barclay diseñó los trajes, unas veces muy acertados, otras algo excesivamente pintorescos, y en algún caso francamente exagerados y de chacota (como los de los bomberos, por ejemplo).

La obra, para nuestro gusto, no es de las mejores de su autor; no tiene el humorismo de Rómulo Magno o de Un ángel llega a Babilonia, sino uno mucho más tosco. Como si hubiera el escritor sufrido la influencia de Maruxa Vilalta, aunque es poco probable que haya visto o siquiera leído Cuestión de narices. Se han descosido algunos críticos elogiando la técnica “novedosa”, pero que aquí ya hace años quemaron Carballido y Luisa Josefina Hernández, de mezclar diálogos con monólogos y hacer explicaciones al público. Una técnica tan “novedosa” que ya estaba en Aristófanes, y si llega a descubrirse alguna comedia más vieja, alguna vez, tal vez también allí se la encuentre.

Menos buena que otras de Dürrenmatt nos parece porque a ratos se hace larga y pesada (como también ocurre con El matrimonio del señor Mississippi); porque algunas de sus bromas son muy poco finas, más bien gordas, y porque cae no digamos en la obviedad, sino francamente en el lugar común, en más de un momento, sobre todo en materia de ideas; es una obra simplista, para públicos trashumantes, y con chistes alemanes, pesados y pastosos como una sauerkraut, robustos y densos como una frankfurterwuertzel.

Con una obra algo tosca, con actores poco desbastados, y probablemente pensando en un público indocto, Marco Antonio, que es un director excelente, ya muchas veces probado, hizo un trabajo un poco de brocha gruesa, que hará penetrar el nada original mensaje en las molleras espesas de espectadores no muy sagaces. Se demuestra que los abogados son liosos, que más vale un mal arreglo que un buen pleito, y otras cosas inocentes, más propias para un paso de comedia de Lope de Rueda, o para un entremés de Molière, que para un autor del siglo XX, que ya ha escrito piezas mucho mejor elaboradas, más sutiles.

Toscamente interpretaron toscos papeles el tosco Blas García, siempre en ogro de cuento. Liza Willert, muy marioneta, un Carlos Bribiesca que no es el que pensábamos, un Guillermo Gil que de lejos recordaba mucho a Noé Murayama; nos gustó Juan Ángel Martínez en un papel distinto de otros que le hemos visto, y nos llegó a complacer Manuel Armenta en su personaje; el reparto se alarga mucho, inclusive con algunos dobletes, sin que sobresalga nadie más. A Marco Antonio Montero le reprochamos que dejó que la obra se hiciese pesada sobre todo al principio, en una sucesión de largos diálogos llenos de repeticiones; las escenas de conjunto, que son pocas, están bien resueltas, y son las más ligeras de la pieza.


Notas

1. En su crónica del 3 de marzo, Rafael Solana da cuenta de los antecedentes de esta obra, escrita por 1956 y cuya presentación fue censurada en varios Estados de la República.