FICHA TÉCNICA



Título obra Los argonautas

Autoría Sergio Magaña

Dirección José Solé

Elenco Héctor Bonilla, Claudio Obregón, Lilia Aragón, Socorro Avelar, Javier Ruán, Enrique Muñoz

Escenografía Antonio López Mancera

Coreografía Guillermina Peñalosa

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los argonautas de Sergio Magaña, dirige José Solé]”, en Siempre!, 14 junio 1967.




Título obra Punto H

Autoría Yves Jamaique

Dirección Dagoberto Guillaumin

Elenco Virginia Manzano, Carlos Ancira, Rafael Llamas, Teresa Selma

Espacios teatrales Teatro Orientación

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Los argonautas de Sergio Magaña, dirige José Solé]”, en Siempre!, 14 junio 1967.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   14 de junio de 1967

Columna Teatro

Los argonautas de Sergio Magaña, dirige José Solé

Rafael Solana

Grandes y muy calurosas ovaciones a Sergio Magaña, el consentido entre nuestros autores nacionales; él es muy simpático, se hace querer, tiene una legión de admiradores; estrena poco, no se ha choteado; se espera una nueva obra suya con interés y con buena disposición. De Los argonautas se venía hablando desde hacía tiempo. Se la había ensayado larga y cuidadosamente. Buena entrada, no con el todo México cinematográfico que va a los estrenos de Fela Fábregas, pero si con el ínbico, que va a los de la señora Xóchitl. Barbas, beatniks, intelectuales, confrontadores, bailarinas, en fin, un público muy selecto.

Grandes risas, a lo largo de toda la obra, sobre todo de la “China” Mendoza, y al caer el telón, el aplauso nutrido, largo, afectuoso. Un gran triunfo.

¿Al día siguiente? Bueno... Hay obras que son difíciles para el gran público. Tal vez ésta sea una de ellas. Pero no se trata allí de hacer taquilla, sino de hacer arte. No se afligirán mucho si las entradas son flojas. Se ha hecho buen teatro, y eso debe bastar. Para eso es el presupuesto.

En Los argonautas(1) Sergio Magaña ha querido volver a contarnos, pero en otro idioma, la misma historia que ya nos contó en Moctezuma II; tiene la obra los mismos personajes; se propuso el autor de este interesante problema tratar ahora, como comedia, el mismo episodio de nuestra historia nacional que ya trató como tragedia. Una prueba muy interesante para su propio talento.

Puede decirse, en principio, y en vista de los aplausos, que ha tenido éxito en su intento. La gente se ha reído, todo ha funcionado; pero, o bien el tema se prestaba más para lo serio que para la chacota, o bien Magaña estuvo más inspirado cuando hizo Moctezuma, o la tragedia es un género mejor que la comedia... lo que podría dudarse. En Las ranas aparecen Aristófanes y Esquilo disputando sobre quién de ellos ha escrito mejores obras; van poniéndolas, cada uno las suyas, en los platillos de una balanza, pesan más las de Esquilo; se busca por qué, y se encuentra que estaba en ellas una palabra que pesa mucho: la palabra “muerte”.

Sin dudarlo ni un instante nos quedamos con la tragedia de Magaña sobre Moctezuma II; pero no ha fracasado con su farsa; la pareja es un poco dispareja, nada más. De los dos lados de la moneda uno brilla más, aunque el tamaño de los dos sea el mismo.

La gente se muere de risa al principio, como pasaba con La guerra de las gordas; siempre resulta chistoso oír hablar a Cortés de Alianza para el Progreso, y a la Malinche de La noche de los Mayas; pero los chistes sobre anacronismos se van embotando, poco a poco, y a medida que la obra avanza hacen menos gracia. Algunas observaciones del autor son ingeniosas, agudas, penetrantes; pero no se siente que estén respaldadas, otras, por un criterio sólido, por una cultura firme; los chistes, a veces muy pesados, sobre los españoles, considerados como piratas y atracadores, como vulgares rateros, podrán hacer reír a algunos, pero acorrientan la obra, al darle un tono de libelo barato. Esos españoles después de todo son los abuelos de Magaña, y de todos nosotros. ¿O será Sergio un indigenista al estilo del general Rubén García? No quisiéramos creerlo.

Tal vez el genio de Sergio está más en la tragedia que en la comedia, aunque ambas musas respondan a sus avances; Moctezuma II, obra que quisiéramos volver a ver, no flaqueaba; en la farsa pronto se cansa el autor, y se les congela a sus actores la sonrisa en los labios. La obra Los argonautas es una farsa, pero la mayor parte de sus personajes no actúan ni hablan en ese género; es seria “La Malinche”, es serio Moctezuma, es amargoso Bernal Díaz, es airada la Marcaida; ¿quiénes son cómicos, en este elenco. Tal vez Cortés, porque dice las cosas bailando...

De todos modos, como dijimos cuando se trató de La guerra de las gordas, es plausible que un autor mexicano haga subir a la escena episodios de la historia de México. Se trata de una obra ambiciosa, grande, digna de estímulo y de respeto. Nosotros aplaudimos muy fuerte y sinceramente a Sergio Magaña.

Todo esto en cuanto a la obra; en cuanto al espectáculo teatral, allí no tendremos sino alabanzas; José Solé ha compuesto las cuadros que nos presenta con vivo colorido, con equilibrios de masas muy bien resueltos; ha entonado excelentemente, mientras las voces de que dispuso se lo permitieron; una, a nuestro juicio, falló: la de Héctor Bonilla, actor a quien nadie admira más que nosotros, pero que resultó falso en el papel del cronista, hueso de la obra; su voz desaparece, se achica y se adelgaza, puesta a contrastar con la muy poderosa y bella de Claudio Obregón; creemos que el papel de Bernal necesita de un bajo, por lo menos de un barítono, nunca de un tenor. Bonilla, inolvidable en Un tranvía llamado deseo, en Puños de oro, en Tejedor de milagros, no habrá de contar su trabajo en Los argonautas como uno de sus mejores aciertos. Obregón sí, lo tiene todo, menos una sola cosa. Asistieron a su bautizo todas las hadas menos una; bella voz, gran escuela, excelente figura, proyección, autoridad escénica, inteligencia, mas... ¿Que le falta? Personalidad, únicamente. Todo el tiempo estuvimos pensando que el que estaba en escena era José Gálvez, de hace 20 años.

Bella muchacha Lilia Aragón; pero tal vez el papel de la Malinche la requería todavía más bella, y más mexicana; Buen trabajo el de Enrique Muñoz, como Carlos v; pero siempre nos lo dejaron alejado, en segundo término. Atinada, en un papel breve, Socorro Avelar; buena figura y buena voz las de Javier Ruán... es tan largo el reparto que ni siquiera enlistar todos los nombres podríamos. Adecuada y funcional, pero pobre, sin imaginación, la escenografía(2). Muy buena y muy vistosa la ropa, buena parte de la cual habrá sido préstamo de las bodegas del Seguro Social.

Es Los argonautas una obra muy importante, y una producción teatral de primer orden (agreguemos, el último, un solo nombre más, el de la coreógrafa Guillermina Peñalosa); ojalá que mucha gente fuera a verla; la más inteligente y culta que reiría mucho, por lo menos al principio.

Punto H de Yves Jamaique, dirige Dagoberto Guillaumin

Mientras en el teatro Granero, ante auditorios al parecer muy escasos, se cuenta lo que pasaba de este lado del Atlántico, digamos, Washington, con los sabios que hicieron posible la bomba atómica, hace una veintena de años, o poco más, en el teatro de junto, el Orientación, alguien ha tenido la idea de explicarnos la otra parte de la historia: lo que ocurría al otro lado del Océano, digamos, Copenhague, con otro de los sabios que hicieron posible la misma bomba, más o menos, en la misma época. Los auditorios que vayan a escuchar esta segunda parte de la bélica narración nos parece que van a ser tan escasos como los que se han mostrado interesados en la primera.

Las obras históricas tienen el defecto de que ya el público conoce el final. No hay suspense, no hay misterio. Recuerden ustedes el cuento del locutor de radio que al terminar un episodio se esforzaba por retener la curiosidad de su público con estas palabras: “¿Traicionará Judas a Cristo? No deje de averiguarlo, escuchando el próximo episodio”; o el otro cuento, mejor, de cuando el actor español José Crespo fue a ve la película María Antonieta (la de Norma Shearer, no la de Michele Morgan, que es más moderna) y daba codazos a su compañero de butaca, Armado Valdés Peza, suplicándole con ansia: “No me cuentes el final”.

El suspense de Punto H, la obra de Yves Jamaique que Augusto Benedico ha muy pulcramente traducido para el teatro Orientación, es “¿se inventará la bomba atómica?”. Pasa uno su buen rato de angustia preguntándose si se inventará o no; pero se necesita poner en juego una gran capacidad de abstracción y de olvido para no dar por sabido el final de ese problema tan terrible.

Dagoberto Guillaumin ha dirigido con cierta solemnidad. La obra es de por sí lenta, cautelosa; los personajes tienen que ir hablando por medias palabras, y algunas de las que dicen completas, como fisión, electrones, ciclotones, reacción en cadena, no están al alcance de todos los espectadores. Hay solamente cuatro personajes, que generalmente juegan de dos en dos, y cada uno de ellos tiene algo que ocultar al otro, y, por supuesto, al público. El resultado de todos estos ingredientes de cautela, misterio, secreto, cuidado, temor, es que el desarrollo de la narración se vea obligado a seguir un ritmo lentísimo. Por interesante que sea el asunto y por importantes que sean los diálogos, es imposible evitar que una cierta somnolencia se vaya apoderando del auditorio; el mismo día del estreno, en que se encontraba en la sala la gente más culta de México, se oyeron y se vieron muchos bostezos, y los cabeceos eran perceptibles; el primer acto (probablemente dos fundidos) dura una eternidad.

¿Puede una obra excelente ser soporífera? Claro que puede. Traten ustedes de leer un libro de Hegel, o de escuchar una sinfonía de Sibelius, o una ópera de Debussy. Punto H es una obra magnífica, que trata un asunto gravísimo, que está bien llevada, y que sin embargo, tumba al más pintado, como el más vigoroso de los tubos de nembutal.

Despierta a tiempo la gente para rendir un tributo de admiración en forma de aplauso, a los cuatro actores que intervienen en la pieza; la primera noche, doña Virginia Manzano eminencia de nuestro teatro, tuvo la gentileza de ceder un telón a Carlos Ancira, que ya también es otra eminencia, y que tiene una más de las actuaciones brillantísimas que le tenemos anotadas; nada pierde doña Virginia con esta cesión; en realidad, el papel de Ancira es más importante que el de ella; pero ella está perfecta en su personaje, de acuerdo con su escuela, que es de mucho bordado y muchos guiños, de entonaciones muy estudiadas, muy matizadas, lo que sin duda la aleja de la naturalidad, pero la acerca al arte del teatro.

Ancira está soberbio, aunque el papel no sea de los modernísimos que a él más le gustan. Y muy bien está también, aunque el tipo de alemán no lo dé por ninguna parte, ni tampoco el de físico nuclear, Rafael Llamas; todos tenían la obra bien sabida, y a papel sabido, dicen, no hay actor malo (en cambio con un papel no sabido, ni la propia Magda Guzmán se salva, según acaba de suceder en el Fábregas).

Hay junto a estos tres lobos de la escena una nueva actriz, guapa, y que no desmerece al lado de tan brillantes maestros; es Teresa Selma; tampoco se ve muy alemana, ni muy física, pero pronuncia muy bien y da emoción a lo que dice; completa un cuadro de triunfadores.

Nos atrevemos a aconsejar a las personas que aman el buen teatro que vayan pronto a ver esta obra, pues mucho nos tememos que no vaya a durar en cartelera tanto como La criada malcriada.


Notas

1. Estrenada el 26 de mayo en el teatro Jiménez Rueda. P. de m. Biblioteca de las Artes
2. Diseñada por Antonio López Mancera. Idem.