FICHA TÉCNICA



Título obra Picnic

Autoría William Inge

Dirección Dimitrios Sarrás

Elenco Alicia Bonet, Beatriz Baz, Humberto Enríquez,Dolores (Lola) Tinoco, Aurora Alonso, Lucia (Lucha) Palacios, María Cristina Ortiz, Queta Lavat, Felio Eliel, Rogelio Guerra

Escenografía David Antón

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Picnic de William Inge, dirige Dimitrios Sarrás]”, en Siempre!, 7 junio 1967.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   7 de junio de 1967

Columna Teatro

Picnic de William Inge, dirige Dimitrios Sarrás

Rafael Solana

Picnic, de William Inge, premio Pulitzer y premio de los críticos teatrales de Nueva York, hace años, parece por el momento, una obra anticuada; ya se acomodará en la perspectiva de la historia, y quedará como una de las piezas del teatro norteamericano de una época, cerca de algunas de las obras de Tennessee Williams a las que se parece, y de otras, que repitieron, aquella aspereza de las relaciones familiares introducida por O’Neill y aquella cruda preponderancia del sexo con que las obras de Freud tiñeron la literatura de todo un fragmento de siglo. Volvemos a ver aquí, como ya los vimos en otras obras, esos poderosos impulsos sexuales, incontenibles, que estallan en una población del sur, de los Estados Unidos, en la que contrastan los riquillos locales, (suele habler un senador) como los pobretones, que se quejan de sus casuchas de madera, etc.

Pero, aunque demasiado atiborrada de tópicos, es Picnic una buena obra, que es interesante ver, y que da ocasión a buenas actuaciones; su estilo como corresponde a su tiempo; no es rigurosamente teatral, sino tiene mucho de novelesco; el autor copia un cuadro de costumbres con diversidad de personajes, y no se limita a la presentación de un conflicto dramático, sino extiende a narrar varias vidas y sus diferentes problemas, con lo que invade el campo de los novelistas; esto requiere, naturalmente, un poco de “raconto”, siempre hay que remontarse a antecedentes y relatar cosas sucedidas antes del tiempo de la acción; en esta obra hasta hay un personaje fuera del escenario (la madre de Helen Potts), y el hecho principal de la historia, el Picnic que da título a la pieza y pretexto para algunos de sus sucesos básicos, no ocurre a la vista de los espectadores.

Pero esta buena obra de Inge, a la que David Antón ambientó con una escenografía eficaz, parecida a las que Julio Prieto o Antonio López Mancera, o el mismo Antón, han hecho para obras semejantes, da la ocasión a Dimitrios Sarrás de lucirse en forma amplísima como director de actores. Seki Sano trajo la novedad, con sus direcciones, de la gran libertad, a veces exagerada de movimientos, la de la exigencia a los actores de actos funambulescos, de atletas o de cirqueros; Sarrás es un director, recordemos otros grandes aciertos suyos, que aprieta a los actores como a limones hasta sacarles la última gota de talento interpretativo, y en esto se parece a otro gran director nuestro, que es Xavier Rojas. Lo más admirable de la dirección de Sarrás en Picnic, a la que queremos calificar de estupenda, está, no en el ritmo, dinámico y excelente, no en los movimientos, amplios y libres, no en la entonación siempre afortunada o en la completa comprensión del texto, sino en el rendimiento personal obtenido de cada uno de los actores, grandes y chicos, que están todos admirables, porque tienen con qué dar de sí, pero sobre todo porque obedecen a una concepción del director, que ha sabido imponerse enérgicamente.

Así diremos que, por ejemplo, Rogelio Guerra, que comenzó siendo una bien presentada marioneta, en obras de Santander o en la ya trece veces centenaria; La criada mal criada, revela ahora tener dentro de su cuerpo de gimnasta un actor; ya hay quien pueda quitar a Wolf Rubinski ciertos papeles; los progresos que ahora hace Guerra son admirables, y lo proponen como una posible gran figura del cine, si algún productor llega a asomar la nariz por el teatro Sullivan. Además de una gran figura, tiene, ahora lo demuestra, talento interpretativo, que ciertamente no necesitará usar si le dan papeles de doctor Satán o de hombre murciélago, pero que nunca está de más. Para Guerra uno de nuestros mejores aplausos en esta obra; otro para Alicia Bonet, también muy propia para el cine, con muy bonita figura y muy cumplida en su personaje, que no exageró en ningún momento. También nos ha gustado mucho Beatriz Baz, que dio mucho vuelo, hasta convertirlo en central, a un personaje secundario, caso en el que se puso también Humberto Enríquez, a quien calificaremos de perfecto, que es el mismo adjetivo que tenemos que usar para la actuación de Lola Tinoco, tan contenida; tan exacta, tan natural, que es una cualidad enorme en una obra naturalista.

Dos viñetas deliciosas, encantadoras, la sal y la sonrisa de la obra, son las actuaciones magníficas de Aurora Alonso y Lucha Palacios, dos pinceladas de gracia y de buen humor con las que quiso Sarrás alegrar y decorar la pieza. Encontramos acertada a María Cristina Ortiz en su papel, por momentos detonante, y demasiado actor para un papel pequeñísimo a José Alonso, que en Yo también hablo de la rosa era estrella, y aquí dice media docena de palabras.

Queta Lavat atraviesa por una situación difícil; quizá pasó ya su momento de hacer damitas jóvenes; pero todavía (lo dijimos de su trabajo en El inspector) no está para hacer madres; demasiado joven y guapa para convencernos en un personaje que hace el juego, escenográfica y moralmente, al encargado a Lola Tinoco. Resulta mal repartido este personaje, aunque lo saque la actriz con estudio y talento; en su sereno y bello rostro, sin embargo, no se lee la amargura, la preocupación o el cansancio de la madre que vive en casa inferior a sus aspiraciones un drama de miseria y de hastío. Tampoco estuvo bien escogido Felio Eliel, actor excelente y simpático, para un papel de riquillo algo pedante y antipático, de los que solía hacer muy bien Armando Sáenz (¿qué se habrá hecho?) y también le salian muy bien a Raúl Farre. Felio nos convence más como obrero mecánico (Yo también hablo, etc.,) que como universitario adinerado y de pudiente familia. Su físico resulta algo escuálido para un millonario, aunque sin duda habrá magnates anémicos. Por otra parte, nos resulta en todo momento simpático. Este personaje, que se repite mucho en las obras de la misma época, debe ser algo chocantito, para que se explique que la muchacha deje la perpectiva de casarse con sus millones por el atractivo de un hombre pobre, pero que tenga un atractivo humano del que el rico carezca. Creemos que Felio, aunque cumple con su papel a conciencia, ha sido un miscast, como Queta Lavat, que tal vez en la vida real, no lo sabemos, esté en edad de aspirante a suegra, pero que en la escena sigue dando una mujer joven, ya que no una muchachita.

Picnic es actualmente, tal vez, el teatro de mejor calidad que se está haciendo en la ciudad de México y particularmente recomendamos su estupenda dirección y sus actuaciones admirables.