FICHA TÉCNICA



Título obra Paren al mundo, quiero bajarme

Autoría Anthony Newley y Leslie Brisse

Dirección Héctor Ortega

Elenco Alfonso Arau, Virma González

Escenografía Benjamín Villanueva

Vestuario Pedro Coronel

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Paren al mundo, quiero bajarme de Anthony Newley y Leslie Brisse, dirige Héctor Ortega]”, en Siempre!, 17 mayo 1967.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   17 de mayo de 1967

Columna Teatro

Paren al mundo, quiero bajarme de Anthony Newley y Leslie Brisse, dirige Héctor Ortega

Rafael Solana

Para hacer una obra individualista, de solista, como todas las suyas, Alfonso Arau se ha rodeado esta vez de gente; ya no le basta quedarse solo en el escenario, como en otras actuaciones anteriores, sino ahora, colmo de la egolatría, busca quedarse solo entre una multitud para que su soledad se note más. Volvemos a verlo multiplicarse y desdoblarse, hacerlo todo, como en Locuras felices; pero ahora con orquesta y con cuerpo de baile; contamos ocho corifeas (esperamos que no tan feas, pero es imposible saberlo con ese maquillaje) cinco niños y niñas, un director de orquesta, 11 músicos... ahora no podrá llevárselo todo él; es mucha gente para repartirse el dinero de la entrada, que, a 12 pesos, nunca podrá ser mucho.

¡Ah! Y Virma González; porque, como en sus primeros días, ha vuelto a aceptar Arau tener una pareja, y sin embargo él es el solista. ¿Cómo así? Muy sencillo, él siempre él, y la pareja va cambiando de personalidad, es una sola actriz, pero en pluralidad de personajes.

El triunfo de Arau en esta obra sería deslumbrante y arrollador... si fuera la primera vez que lo viéramos; pero ha tenido la mala idea, o tal vez la tuvo su director, Héctor Ortega de no darnos nada más la obra que se anuncia, sino, además de ella, prologándola, desbordándola, rellenándola y enriqueciéndola todo lo que Arau sabe hacer y ya ha hecho todas sus rutinas de pantomimo, desde las más gastadas y que menos vienen al caso. Lo que hace Arau con esta obra se parece a lo que haría un tenor que anunciado para cantar Aída, nos fuera metiendo en la representación las principales arias de Rigoletto, de Tosca, de Fausto, y de todo lo que se supiera, viniese al caso o no, que generalmente no vendría (o como hizo recientemente el autor de un libro de versos al que agregó una selección de los que ya había publicado en otros libros, con lo que casi compuso una antología, más que un libro nuevo). O como esas amas de casa que además de servir la comida del día van sacando del refrigerador, y llevando a la mesa los restos de la comida y los de la cena de ayer, y los de anteayer, y algunos anticipos de la mañana, y unas latas que sobraron de la cena de Navidad.

Llevábamos ya 20 minutos de estar viendo a Arau y todavía no comenzaba la obra Paren el mundo, quiero bajarme que es lo que íbamos a buscar; todavía estaba Arau volviendo a hacernos toda su historia, todos sus números, el de la pared de cristal, el de la mariposa... más adelante nos haría el del hombre que camina contra el viento, el que sube escaleras, etc., que ya hizo en Locuras felices, y que ya le vimos no solamente a Marcel Marceau, sino a toda la caterva de sus imitadores y sus discípulos.

Así las cosas, siendo como lo es, Paren el mundo, una obra larga, ¿cuánto iba a durar la representación con todos estos agregados? Muchas, muchas horas... como si el mundo efectivamente fuera a pararse, y esta fuese la última ocasión que tuviésemos en la vida de ver teatro, y quisiéramos aprovecharla en forma exhaustiva.

Lo primero que vimos al llegar fue una pintoresca y alegre escenografía de Benjamín Villanueva, no por completo ajena a la inspiración de la que David Antón compuso para Los fantásticos, sólo que no morada, que es el color antoniano por definición, sino de otro tono; no tenía nada que ver con la obra anunciada, pero sí con el tipo de espectáculo concebido por Ortega-Arau, fuera de la obra; luego oímos una obertura larguísima, que nos hizo pensar en algunas de Wagner; más tarde tuvimos media hora de actos de pantomima de Arau y sus coristas; y hasta después comenzamos a ver la comedia que estaba anunciada.

La obra, de Anthony Newley y Leslie Brisse podría interpretarse como antiindividualista, como anticapitalista y como antiegoísta. Ahora bien, Arau es un individualista, un egoísta y un capitalista. Se describe en la comedia de la vaciedad de la vida de quien no ha vivido “para su santo”. Y ese es Arau en persona. Es decir, que ha escogido don Alfonso una pieza destinada a ridiculizar a quienes son como él es; a ridiculizarse, pues a sí mismo. El “Chiquilín” de la comedia no es parte de un conglomerado, de un mundo, sino un viajero individualista que va sobre el planeta como quien ha tomado un taxi para él solo, y nos quiere llevar por donde se le antoja, y pararse donde así lo desee. ¿No es ésta precisamente la carrera que está haciendo ahora Arau? La importante novedad con respecto a la anterior postura en escena que vimos de esta es que los cuatro o cinco papeles femeninos los hace una sola actriz, la también individualista y capitalista, capitalizadora de aplausos, Virma González, que en unos de ellos triunfa más que en otros. Y la multitud, que en aquella ocasión interpretaban las otras actrices que no eran la estrella del momento, ahora lo hace una verdadera multitud vestida por Pedro Coronel como para una versión teatral de Otra vez el día sexto, de don Miguel de Mora, es decir, con trajes de astronautas. Los traductores, y allí creemos la mano de Ortega, han insistido, en un lenguaje extrapopular agustiniano, con la muletilla del día. “D... y con “Me fregaron” y otras vulgaridades. Habrá pensado Héctor que le dan un aire moderno.

Esta vez, pensamos, Paren al mundo no será un gran éxito, no sería por falta de nada, sino por exceso. Claro que eso tiene remedio, nos da la impresión de que todos están demasiado enamorados de lo que han hecho para resignarse a utilizar con energía unas tijeras y podar las excrecencias de que ellos mismos dotaron a la obra, hasta con un museo, de todos modos, eso es lo que aconsejamos, y creemos firmemente que el público lo agradecería. Reducido a una duración de dos horas o poco más, Paren el mundo sería un excelente y animadísimo espectáculo.