FICHA TÉCNICA



Título obra Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín

Autoría Federico García Lorca

Dirección Alejandro Jodorowsky

Elenco Nadia Milton, Sergio de Bustamante, Adrián Ramos, Sergio Kleiner, Gloria García, Julio Castillo

Notas de Música Alberto Megales / guitarra

Referencia Rafael Solana, “Teatro. [Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, dirige Alexandro Jodorowski]”, en Siempre!, 10 mayo 1967.




TRANSCRIPCIÓN CON FORMATO

Referencia Electrónica

Siempre!   |   10 de mayo de 1967

Columna Teatro

Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín, dirige Alexandro Jodorowski

Rafael Solana

Nos hizo leer este Amor de don Perlimplín, hace más de 30 años, Rafael Alberti, que quería formar en México una compañía de teatro como la que Federico García Lorca había hecho en España, con Ugarte y con otros; también quería poner, de Valle Inclán Los cuernos de don Friolera; la verdad es que no le vimos, en aquel entonces, las menores posibilidades escénicas a la divertida, graciosa, eso sí, farsa titeresca de Federico. Y ya era lo último que nos quedaba por ver en escena suyo, pues la Xirgu nos enseñó Yerma, Bodas de sangre y Doña Rosita, Basurto estrenó Bernarda, en Xalapa vimos hace poco, y muy bien, Mariana Pineda, y en Coyoacán hemos conocido las dos obras grandes restantes, que parecen más modernas que las otras, y en eso engañan a la gente; ahora con este Amor de don Perlimplín completamos, o casi, la visión escénica de la obra de Federico.

Nadie habría podido sacar más partido teatral de esa farsa que el que de ella saca Alexandro, con un decorado art nouveau algo extraño a la época en que Federico escribió la obra (más cercano a la época en que nació), pero muy simpático, y que nos hizo evocar con nostalgia aquella gran exposición del Museo de Luxemburgo sobre las “fuentes del siglo XX”, en que estaban recogidas desde las puertas del Metro hasta las cajas de polvo. Una música de guitarra, bien escogida y bien tocada, con efectos musicales al estilo del final del cine mudo (campanadas, de reloj, por ejemplo) ayuda con gran eficacia, con la misma con que el clavecín ayudó al Ensueño; hasta en los colores acertó, generalmente, el director genial; por ejemplo, esa capa roja, que roja de verdad habría sido insoportable en un escenario tan pequeño, quedó muy bien en el tono de rosa de los capotes de brega; sólo encontramos un poco violento al verde del traje de Pepe Grillo que se puso don Perlimplín; un verde seco, de hoja muerta, habría quedado sin duda mucho mejor a este personaje; y no encontramos la razón por la que fue falsificada la Marcolfa, una típica criada lorquiana, de ilustre prosapia, pariente de la que en Doña Rosita hacia Amalia Sánchez Ariño o de las que ha hecho con muchísima gracia doña Prudencia Griffell, y que Alexandro convirtió en un figurín de “La moda elegante”, sin ningún rasgo de la psicología de la criada entrometida y facultosa que es como la firma de García Lorca, por lo constante de su aparición, sin mutación, en varias de sus obras. En cambio nos pareció un acierto su coleóptera interpretación de los personajes de los duendecillos, que son, según los ve Alexandro, los más propios de un jardín, donde nada tendría que ver con duendes nórdicos, a la Hans Christian Andersen, o a la Washington Irvin.

Particularmente feliz, imaginativa, teatral, poética, es la mezcla que ha hecho Alexandro, que se logró en medida perfectísima, del teatro con personajes humanos y el guiñol; quizá sea esto lo que más da el tono del drama lorquiano, lo que lo sitúa mejor. Además, luce personalmente Jodorowsky en el manejo de las marionetas.

En cuanto a la interpretación, la obra resulta un triunfo para Nadia Milton, que está en todo momento deliciosa. Sergio de Bustamante, que tan prematuramente se empeña en hacer papeles de característico, para los que le faltan 20 años, repite en algunos casos sus aciertos de Escuela de cortesanos y aunque está en general bien, quizá no es precisamente el tipo. De la misma compañía, Sergio Kleiner, lo habría dado mejor; de Sergio a Sergio nos habría parecido más perlimplinesco el segundo; en cambio no está bien Kleiner como madre de Belisa; allí habría ido muy bien un Jordán; pero a Kleiner, el gran actor de Viento entre las ramas del sasafrás, le consolará de estar mal en esta pieza el obtener un gran triunfo de aplauso en la anterior que se pone en el mismo programa, Fando y Lis, de Fernando Arrabal, en la que él es el principal intérprete. Gloria García, que vale para muchísimo más que esto, está por completo fuera de personaje en su Marcolfa (pero conste que esto no es defecto de ella, sino una concepción equitativa del director), y Julio Castillo, pero más Adrián Ramos, están excelentes de buen humor y de dinamismo en sus duendes; ¿es Alberto Megales quien toca la guitarra? Bueno, pues lo hace muy bien.

Sale uno de ver esta obra felicitándose de vivir en una ciudad en que hay tan hermosos espectáculos. Hasta se piensa, a la salida, en que ya la ciudad de México no sería la misma, si un día la dejara Alexandro; es ya parte de ella, de nuestra vida, su talento de director y de promotor escénico es ya un fragmento de la riqueza de nuestra capital, su valentía y su audacia enriquecen nuestra vida, cuando nos dan la ocasión de disfrutar, de cuando en cuando, de representaciones teatrales tan bellas como la que estamos reseñando.